Marcela Sánchez
En medio de su actual crisis económica, Latinoamérica hace bien en mirar al norte, pero no precisamente a la Casa Blanca, la banca multilateral, el Consenso de Washington o Wall Street.
A la sombra de esos pilares del poder político y económico, en forma silenciosa y desinteresada, viene surgiendo una fuerza económica que no tiene comparación. Es la fuerza de millones de inmigrantes cuyos miles de millones de dólares en remesas para familiares y amigos en sus países superan ya, por mucho, los niveles de ayuda exterior oficial a la región.
Considere, por ejemplo, la propuesta del presidente Bush de aumentar en un 50 por ciento, a 15,000 millones de dólares, en los próximos tres años, la ayuda exterior para desarrollo. En sólo este año, las remesas de inmigrantes a Latinoamérica probablemente superarán los $24,000 millones.
Colombia, el principal receptor de ayuda exterior de Estados Unidos en la región, recibió el año pasado más en remesas ($1,600 millones) de lo que obtuvo en el año récord de ayuda estadounidense ($1,300 millones) al Plan Colombia.
Para El Salvador las remesas representan $2,000 millones, más que para todos los demás países del hemisferio con excepción de México y Brasil, y 33 veces más de lo que recibe en ayuda exterior estadounidense.
Por extraño que parezca, hasta hace poco los inmigrantes eran en general ignorados e incluso rechazados en sus propias tierras. Sus problemas eran asunto de consulados y no de embajadas.
Por mucho tiempo, fueron simples criaturas del subdesarrollo, producto de carencias económicas o inestabilidad política en sus países de origen.
De repente, se han convertido en una fascinante fuerza económica, cortejada por gobiernos e instituciones bancarias, estudiada por organismos multilaterales financieros, académicos y los célebres centros de pensamiento de Washington. Sus aportes son ahora considerados gestores de desarrollo económico. Y algunos economistas los citan como el modelo de progreso que merece ser imitado.
El embajador colombiano Luis Alberto Moreno, personifica en parte el cambio. El sábado pasado y bajo la lluvia se unió a sus conciudadanos en una vigilia cerca a la Casa Blanca para pedir un permiso temporal de trabajo para colombianos en Estados Unidos. Sólo dos años antes había descartado esos esfuerzos como una distracción en su propia campaña destinada a obtener ayuda para el Plan Colombia.
En gran medida las remesas han demostrado ser el amigo en las buenas pero especialmente en las malas. En tiempos de crisis, la prescripción de Washington para Latinoamérica es a menudo imponer mayor austeridad y restricciones; los inmigrantes, en cambio, se vuelven más generosos. Después del 11 de septiembre, el flujo de remesas a la región en vez de disminuir aumentó.
Las remesas también parecen ser el flujo de capital dispuesto a tomar riesgos en Latinoamérica. Los inversionistas extranjeros han huido despavoridos y el incumplimiento de Argentina en el pago de su deuda al Banco Mundial la semana pasada seguramente continuará erosionando la credibilidad crediticia latinoamericana. Pero las remesas a Latinoamérica este año suplirán prácticamente los 25,000 millones de dólares de inversión extranjera directa que la región perdió entre 1999 y el 2001.
Clave de la confianza de quienes envían el dinero es el simple hecho de que las remesas eliminan el principal factor disuasorio de la inversión, el crédito y la ayuda internacional: la corrupción. En la mayoría de casos, las remesas no requieren de intermediarios gubernamentales.
Los gobiernos e instituciones multilaterales de desarrollo continúan siendo comprensiblemente cautelosos. Hasta ahora apenas tocan la superficie concentrando esfuerzos en asegurar que los fondos lleguen en forma más eficiente y menos costosa, especialmente desde la adopción de nuevos controles internacionales en la guerra de Estados Unidos contra el terrorismo.
Pero también hay líderes como Héctor Silva, el alcalde de San Salvador, quien ha advertido en su paso por Washington que los gobiernos deberían estar más preocupados por esta nueva fuente de ayuda financiera. Para Silva el hecho de que una sexta parte del producto interno bruto de su país proviene de remesas quiere decir que los indicadores macro económicos tradicionales de El Salvador contienen una “mentira”.
Ciertos líderes, como el presidente salvadoreño, Francisco Flores, han convertido en prioridad nacional la búsqueda de las mejores condiciones laborales para sus conciudadanos en este país. Los colombianos en Estados Unidos esperan que su nuevo presidente, Álvaro Uribe, siga ese ejemplo.
Es claro que el futuro de El Salvador, Colombia y Latinoamérica, no podrá —y no deberá— basarse tanto en exportar su capital humano. Pero hasta cuando las condiciones económicas mejoren, el flujo de inmigrantes hacia el Norte y de remesas hacia el Sur seguirán siendo un irreemplazable sustento de doble vía.