José Israel Núñez Henríquez
De las riquezas de este módico globo dependen 6,100 millones de personas. Y nos estamos enterando de que no hacemos más que retirar más fondos de una cuenta con un saldo limitado. Las cosechas, los animales y la demás biomaterias que extraemos de la tierra, sobrepasan en un 20 por ciento aproximadamente la capacidad de reciclaje del planeta. Este despilfarro es catastrófico: tardamos 14.4 meses en recuperar lo que usamos durante 12 meses. Pero en este planeta en donde sólo una cuarta parte es tierra y las otras tres están constituidas por agua existen patentes dificultades para consumir agua dulce. Es decir que para un mundo cubierto de agua un 70 por ciento, todo se está secando. Sólo un 2.5 por ciento del agua es dulce, y sólo una fracción de ella es accesible. Pero cada uno de nosotros necesitamos al día unos 50 litros de agua para bañarnos, beber, cocinar y otras necesidades básicas. En la actualidad, 1,100 millones de personas no tienen acceso a agua potable limpia y más de 2,400 millones no tienen un sistema sanitario adecuado.
La concepción de administrar las cuencas hidrográficas no es exclusivamente nuevo ni discutido. Es un intento de comprender la función que desempeña el agua como parte de un sistema natural y hallar seguidamente maneras para lograr que el agua desempeñe una función más eficaz. La idea es que en lugar de sacar más agua del sistema, el agua que está en el sistema se utilice mucho mejor.
Observemos el agua no solamente como elemento de importancia decisiva del desarrollo sostenible, sino que en muchos casos como el factor limitante más importante. Por lo tanto, al examinar cuestiones como el crecimiento económico, la sostenibilidad del medio ambiente, la diversidad biológica, la seguridad alimentaria y la salud y la supervivencia infantil, siempre volvemos a la pregunta: ¿Cuánta agua existe disponible para todos? Con todo, el consumo mayor de agua, en todo el mundo, es la irrigación. La agricultura consume aproximadamente un 70 por ciento del agua que existe en todo el mundo, generalmente para fines de irrigación. Eventualmente la mitad de esa agua se desperdicia antes de llegar a los cultivos, debido a sistemas de irrigación ineficientes y anticuados. Alternar a tecnologías más eficientes, como la irrigación por goteo, el forrado de los canales de irrigación, o la aspersión de precisión, es una manera de aumentar agua en el sistema –porque se desperdicia menos- y eso puede hacerse sin sacrificar la producción de alimentos. Según las perspectivas actuales, para el año 2025, vivirán de 3,500 a 4,000 millones de personas en países imposibilitados de producir su propio alimento.
En las regiones más pobres del planeta, en particular África, las enfermedades infecciosas como el Sida, la malaria, el cólera y la tuberculosis aquejan a la población a escala maltusiana. La degradación de los terrenos cultivables confinan a la gente hacia las ciudades, donde el hacinamiento y la contaminación son aderezos de cultivos ideales para las enfermedades. Se espera que hacia el 2020 mueran de Sida al menos 68 millones de personas, incluyendo 55 millones en el África Subsahariana. Sin embargo, cualquier factor que acorte las presiones del exceso de la población puede favorecer el medio ambiente, la situación sería mucho menos funesta si las naciones ricas ayudaran al mundo en desarrollo a subyugar su crecimiento demográfico y disminuir la propagación de enfermedades.
Aunque sea difícil de suponer para los occidentales habituados a la abundancia de comida, cerca de un tercio del mundo corre riesgo de morir de hambre: 2,000 millones de personas no tienen un acceso asegurado a una comida nutritiva, y 800 millones de ellos —incluyendo 300 millones de niños— sufren de malnutrición crónica.
Las políticas agrícolas efectuadas en la actualidad definen la noción misma de crecimiento sostenido. Sólo 15 cultivos industriales para la venta inmediata como arroz, maíz, trigo proporcionan el 90 por ciento del alimento mundial, pero plantar y volver a plantar lo mismo agobia los recursos del terreno y los vuelve más expugnable a las pestes. Las técnicas agrícolas incisivas de cosecha y siembra y el uso excesivo de pesticidas degradan la tierra aún más.
Solventar el problema es difícil, en gran medida por el acre debate sobre la condición en que debe hacerse. Los fervorosos de la biotecnología dicen que la solución es modificar genéticamente los genes para mejorar su crecimiento y contenido vitamínico. A los ambientalistas les preocupa que estos genes puedan procrear engendros monstruosos. Sin embargo, ambas proclamas podrían hacer mejores contribuciones en aras de solventar esta difícil situación.
El tema crucial para el siglo XXI serán las leyes tolerables que regulen lo ambiental. La escasez de los recursos bióticos y naturales y la necesidad de dosificarlos entre las naciones y grupos sociales entrañan la posibilidad de crisis y pugnas que no imaginamos. Se verá si el ser humano puede entender que los temas ambientalistas serán centrales para las relaciones políticas y financieras, mientras que su seguridad consistirá intrínsicamente de cómo se ocupe de ellos.
El autor es ingeniero agrónomo generalista.