Wilder Pérez R. [email protected]
Mario Moncada nunca olvidará el 19 de julio de 1979. Tenía cuatro años de edad y Masaya acababa de celebrar la huída de Anastasio Somoza. Entonces aprendía a escribir sus primeras letras con su mano derecha, cuando un artefacto se la hizo pedazos.
Era una bomba de contacto. El niño la encontró tirada en la calle y por minutos vivió la misma experiencia del protagonista de “El chechereque”, el cuento del escritor nicaragüense Fernando Silva, en el cual un joven encuentra algo tirado en el suelo y nadie se explica lo que es, pero le atribuyen distintos significados.
Sólo que a Mario no le dio tiempo de liberar su imaginación y ¡boom!. Era una bomba de contacto. Hoy, 23 años después de aquel accidente, obligado a hacerse zurdo por esa burla del destino, quiere lanzar en Primera División.
Contrario a lo que podría esperarse, nunca se creyó Jim Abbott y mantuvo los pies en la tierra, pero reconoce que el lanzador big leaguer que nació sin su mano derecha lo inspiró a practicar lo que más le gusta en este mundo, el béisbol.
“Sufrí mucho, no porque me diera pena mi defecto, porque no fue por gusto que me lo hice, sino por las burlas de mis amigos, que ni siquiera me permitían jugar con ellos”, comenta.
Pensó que nunca sería deportista hasta que en 1989 vio al lanzador de sus mismas características en las Grandes Ligas. Intentó jugar nuevamente pero no fue fácil, hasta que en 1992 un equipo evangélico del barrio que participaba en una liga de Mayor A lo aceptó.
“Empecé pitcheando, pero como vieron que era buen bateador me alternaron en ambos roles, desde entonces he sido lanzador, primer bate y centerfielder en diez años que tengo de jugar”, afirma.
Ese año bateó .380 de promedio. Por su doble rol casi nunca tuvo suficientes turnos al bate para ser reconocido como el mejor bateador, ni suficientes partidos ganados para estar entre los mejores. Pero asegura que promediaba 4-1 en victorias y derrotas, y un año ganó siete de forma invicta. Mientras que al bate logró un subcampeonato con .390 de average.
Este año llevaba 0.56 de efectividad en la Mayor A de Tipitapa y .290 en bateo, cuando fue fichado por el equipo de Rivas. “Estoy viviendo mi sueño, si lo logro no tendré más que pedirle a la vida, y si no, me queda la experiencia y las cosas que he aprendido en pocos días”, aduce.
¿Por qué diste el salto a esta edad (27)?
Porque hasta ahora me dan la oportunidad. Un día vine a probarme con el equipo de mi ciudad, el San Fernando, pero no me dejaron ni entrar al terreno, me vieron mi defecto y me dijeron que así no querían a nadie, no creyeron en mí.
¿Cómo lograste una oportunidad con el Rivas?
Después que doña Martisabel Barrios me hizo una entrevista para Al Rojo Vivo, Germán Espinoza (pelotero activo) habló con ella para que me dieran un chance, doña Martisabel habló con los directivos del Rivas y me dijo que no llegaba fijo, sino que tendría que ganarme el puesto.
¿Luchaste por este sueño?
Realmente me había dado por vencido después que el San Fernando me dijo que no, además mi edad no me ayuda. Sólo me quedó el sueño de probarme algún día, pero no la esperanza.
¿Lo estás logrando?
Sí, aunque en realidad ya me había acostumbrado, pero no dejaría de jugar en Mayor A, porque los equipos siempre me buscan para ganar algunos partiditos y dar unos batazos.
Ahora que cumpliste tu sueño ¿aspirás algo más?
Bueno, quedar en el equipo, aquí me siento realmente bien, hay mucho compañerismo, me tratan bien y saben que mi defecto no impide que realice jugadas defensivas porque tengo mucha habilidad manejando el guante.