- El 20 de octubre de 1972, un grupo de intrépidos hombres, viajó de Puerto Cabezas a los
Cayos Quitasueño para colocar la bandera de Nicaragua, como un acto de iniciativa patriótica.
LA PRENSA reunió, después de 30 años, a tres de los hombres que hicieron esta hazaña
Roberto Orozco B. yWalter Treminio [email protected]
No fue fácil reunir a un puñado de hombres 30 años después que se conocieron. De hecho, la mayoría de ellos ya falleció, sólo tres pudieron verse esta semana, luego que el 20 de octubre de 1972 realizaron una de las hazañas más patrióticas de la historia reciente: colocar la bandera de Nicaragua en los Cayos Quitasueño, reclamados entonces y ahora por nuestro país a Colombia.
Roberto Sánchez Ramírez, Juan Peters Paiz y Danley Thompson Nelson, son los tres “héroes silenciosos” de esa hazaña que el tiempo hizo olvidar, y cuya historia sólo guarda las páginas de LA PRENSA del 24 de octubre de ese año.
LA PRENSA quiso reunirlos de nuevo para conmemorar esa gesta que nació, como dice Sánchez Ramírez, “de la casualidad”, en medio de una agria y tensa disputa entre Nicaragua y Colombia por la posesión del archipiélago de San Andrés, Quitasueño y Serranía.
Los primeros en reunirse fueron Sánchez Ramírez y Peters, aquí en Managua, en la casa donde actualmente vive Peters, originario de Puerto Cabezas; 30 años después todo cambia. Peters, con 84 años ahora, tenía reservado para el encuentro un atlas mundial. Luego de la algarabía del reencuentro y ya con más calma, Peters señala en el mapa de Centroamérica el área donde están ubicados los cayos reclamados y dice enérgicamente: “Aquí pusimos la bandera”.
Sánchez Ramírez, de cabellera blanca, 30 años después, se asombra por la energía y lucidez de recuerdo de Peters, cuyo patriotismo aún mantiene.
Luego, tocó el turno de la reunión entre Sánchez Ramírez y Danley Thompson, en el terreno donde está ubicada la antena de la radio Voz del Atlántico Nicaragüense (VAN) que él cuida de día y de noche, camino a Lamlaya, Puerto Cabezas.
Thompson atisba la llegada de Sánchez Ramírez, quien lo saluda con voz alta unos 30 metros antes de acercarse a él. Lo reconoce por la jocosidad de su voz; 30 años después, el rostro de Thompson está grabado por los surcos de la edad, pero su mente está tan clara como antes. Con 73 años, también recuerda con nostalgia la hazaña.
Atrás quedó el pesar de no haber podido contar con Eusebio Lacayo Waldan, Waggy Rigbby, Juan Germán Castro, todos fallecidos; Carlos Argüello y Noel Molina. Éstos eran parte de la tripulación de la embarcación La Gazelle, propiedad de Ernesto Hooker, amigo y correligionario de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director mártir de LA PRENSA, la cual sirvió para la expedición patriótica.
EL VIAJE EN 1972
Las reuniones entre Sánchez Ramírez, Peters y Thompson, sirvieron para reconstruir la hazaña impulsada por estos temerarios hombres.
A inicios de octubre de 1972, Nicaragua vivía un clima político internacional tenso. Versiones periodísticas que provenían de Bogotá, Colombia, informaban sobre la inversión privada en los cayos que Nicaragua pretendía entonces, y, a la vez, decían que Colombia “no admitía ninguna pretensión extranjera sobre la propiedad de los cayos”.
Unos 200 estudiantes de la Universidad Centroamericana (UCA) marcharon en protesta, días después, frente a la sede aquí de la embajada colombiana con mantas que decían: “La soberanía no se discute, se defiende con las armas en las manos”.
Los destructores colombianos “Caldas” y “Boyacá” patrullaban los cayos Roncador y Quitasueño, mientras el gobierno del presidente de ese país en 1972, Misael Pastrana Borrego (padre del también ex presidente Andrés Pastrana), mantenía una ofensiva diplomática y pública sobre el dominio de la islas, y el gobierno de Nicaragua, por medio del canciller de entonces, Lorenzo Guerrero, mantenía un “lesivo silencio”, según consta en los diarios de ese entonces.
Fue en esos días que en la Redacción del semanario de LA PRENSA, denominado Semana, su director Horacio Ruiz consultó a sus periodistas dónde quedaban los cayos disputados. Roberto Sánchez Ramírez, periodista de Semana para entonces, decidió hacer una miniencuesta entre los redactores de LA PRENSA, para confirmar, luego, que había un desconocimiento casi total sobre la ubicación de los cayos Roncador, Quitasueño y Serranía.
“Fue Horacio Ruiz el que me planteó la necesidad de ir”, contó Sánchez Ramírez. “Yo lo acepté”, agrega.
De inmediato se dispuso a viajar a Puerto Cabezas, donde nunca antes había ido. Se embarcó en el vuelo regular Managua-Puerto Cabezas, que cubría un avión tipo “Douglas” de la línea aérea La Nica, sin saber dónde se hospedaría ni cómo haría para comer. No conocía absolutamente a nadie y sentía temor por la gira.
“La primera cosa de importancia que me pasó fue coincidir en el vuelo con Carlos Argüello, con quien había estudiado en el Ramírez Goyena. Me preguntó qué iba a hacer, y yo le dije que un reportaje, pero después de confirmarle que era la primera vez que viajaba a Puerto, él me dijo que no me preocupara, que me quedara y comiera en el hospedaje de su mamá”, cuenta Sánchez Ramírez.
“La única referencia que yo llevaba era que buscara allá a Ernesto Hooker, un buen amigo de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, pero a nadie debía decirle la verdadera misión”, agrega.
MISIÓN PELIGROSA
El clima político en Puerto Cabezas era rígido. Al mando del comando de la Guardia Nacional estaba el coronel Ulises Carrillo, uno de los pocos “GN”, que cuando se retiraron se le podía señalar de malo, según Sánchez Ramírez. Sin embargo, él era como el cacique mayor en la zona. “Los militares de antes en estos pueblos, y la misión se hubiese considerado entonces como un acto político de izquierda y no como un acto patriótico. Por eso era delicado, el silencio era el mayor aliado”, resaltó.
Sánchez Ramírez llegó a Puerto Cabezas una semana antes que zarpara al mando de la expedición el 18 de octubre de 1972. “Cuando llegué allá, La Gazelle (la embarcación para el viaje) estaba mala. Juan Peters era el hombre que nos podía ayudar, y luego se convirtió prácticamente en el jefe de la logística, porque pensó hasta en el más simple detalle”, afirmó.
En ese ínterin, cuando se acercaba el día del zarpe, el coronel Carrillo mandó a llamar a Sánchez Ramírez para invitarlo a almorzar en El Cortijo, un hotel restaurante propiedad de las hermanas Jarquín, muy conocidas en Puerto Cabezas.
“Yo me asusté cuando supe que Carrillo sabía de mi misión. ‘Mirá —me dijo— ya sé en lo que andás. Eso que vas a hacer me pone a mí en una situación embarazosa. Primero, si te dejo ir, voy a tener problemas con el general Somoza (Debayle, Presidente de Nicaragua entonces) y si no te dejo ir y te pongo en un avión, LA PRENSA va a hacer un escándalo”, dice Sánchez Ramírez sobre el comentario que le hizo el coronel GN.
“Sin embargo, el coronel Carrillo solucionó él mismo el problema: ‘Vamos a hacer una cosa. Yo no te he visto, vos te vas, pero cuando pasés por el puesto de control de la Guardia en Wawa Bar, ellos te van a pedir el documento del zarpe. Vos le decís que se te olvidó y le regalás a los guardias cigarros y ron, con eso ellos te dejan pasar”, fue la recomendación.
Algo parecido le había dicho Carrillo a Juan Peters, quien, ahora y en Managua, reflexiona que el jefe militar de Puerto Cabezas “colaboró con su silencio”
Sánchez Ramírez hizo lo que le recomendó Carrillo, según recuerda. “Les regalé paquetes de cigarros Esfinge, sin boquilla, que existían, y varias botellas de ron. Ellos me dejaron pasar”, explicó.
LA NAVEGACIÓN
Eso ocurrió el propio 18 de octubre de 1972, después de zarpar del puerto lacustre de Lamlaya, varias millas náuticas atrás.
Ya embarcados en La Gazelle iban Sánchez Ramírez, jefe de la expedición; Danley Thompson Nelson, como contramaestre, Waggy Rigbby, como cuque; Eusebio Lacayo Waldan, capitán; y Carlos Argüello y Noel Molina, marineros de experiencia que estaban a cargo de la ruta. Navegaban sin instrumentos y sólo su pericia pudo hacer que los nave-gantes llegaran a su destino.
Juan Germán Castro se había quedado en Puerto Cabezas, pero tuvo el honor de fabricar el asta que sirvió para colocar la bandera nacional en el faro de Quitasueño dos días después. Peters también se quedó en la ciudad, pero había solucionado todo los obstáculos.
De Wawa Bar se enrumbaron a los Cayos Mískitos para “despistar”. Pasaron la noche anclados allí, y al día siguiente se dirigieron a los cayos Quitasueño.
Al amanecer del 20 de octubre, mientras navegaban acompañados a veces por traviesos delfines, divisaron a lo lejos el faro. También supieron lo peligroso de navegar la zona. El agua cristalina dejaba ver grandes rocas como puntas de montañas que se perdían en la profundidad, y si la nave hubiese chocado con ellas, sin duda se hubiese hundido.
Las barracudas que pululaban en la zona se habrían dado un banquete con los cuerpos de la tripulación. Hasta entonces valoraron el riesgo, pero eso no los detuvo.
A escasos 100 metros del faro anclaron. Bajaron el cayuco de Thompson, el cual había llevado el mískito por precaución, y éste se enrumbó al faro para poner la bandera.
La tripulación sacó de en medio de un “pullman” —un enorme bollo de pan al que le habían sacado la “carne”— la bandera de Nicaragua, que había viajado clandestina en su propia tierra, para amarrarla al asta y colocarla en lo alto del faro.
Thompson llegó arriba del mismo, ahuyentó con su presencia a los pelícanos que allí descansaban y colocó la bandera para que ésta ondeara donde nunca lo había hecho antes, y tan alto como nunca. Se reafirmaba así la soberanía de Nicaragua sobre los cayos en disputa.
Desde La Gazelle, Sánchez Ramírez tomo la foto histórica en la que aparece Thompson al pie del faro y con la bandera azul y blanco como cielo.
OTROS HÉROES
Para el cumplimiento de esta misión, apoyaron otros hombres a quienes Roberto Sánchez Ramírez pidió apoyo económico.
Ellos son: el doctor Luis Pasos Argüello, Jomo Parodi Basset, ambos fallecidos; Ernesto “Tito” Carrillo Martínez y Horacio Ruiz.
“A ellos hay que hacerles justicia. Sin ellos nunca se hubiera podido hacer el viaje”, apunta Sánchez Ramírez.
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