Democracia: Primera etapa

Alfonso Argüello Argüello

Los menos indicados para hacer justicia resultaron siendo factor determinante para lograrla, Dios hacedor de la Historia confirmó una vez más que puede escribirla rectamente aún con líneas torcidas, como nos decían antaño.

La “conciencia nacional” demostró su existencia real absoluta e independiente fuera de todo partidarismo, sectarismo o ideología y supo poner en su lugar las cosas aún careciendo de un estricto procedimiento, por la falta sostenida y perpetuada, no sin aviesas intenciones y desde antes, de un ordenamiento claro y preciso para tales circunstancias.

Ya con anterioridad se nos había obligado a tener que decidir entre lo malo y lo peor, ese ha sido el tradicional juego político de los que se han apoderado de los conglomerados mayoritarios imponiendo sus planchas de representantes seleccionados por su incondicionalidad a toda prueba, no importando ni su incultura, ignorancia, falta de conexión con las masas populares y dudoso comportamiento, ni siquiera su nacionalidad y buena conducta les fue investigada a pesar de que la voz popular ampliamente refería antecedentes ridículos o deshonestos, de algunos de ellos, entre bromas y verdades.

Los ensoberbecidos caudillos, cada uno en su patio imponían sin escuchar a nadie sus inapelables dictados, incluso violentando los reglamentos y principios de sus respectivos estatutos partidarios.

Nuestra Ley Electoral sólo permite que los partidos políticos con personería jurídica reconocida puedan interponer quejas, acusaciones o recursos en contra de las violaciones reales o supuestas, de la ley cometidas por los otros partidos y que les acarrean perjuicios, siendo únicamente posible establecer el imperio de la ley entre partidos políticos reconocidos, los cuales, por pertenecer casi en propiedad a sus respectivos caudillos, están identificados con el interés personal más que con el ideológico político de los mismos.

Tal circunstancia entre muchísimas otras impone la necesidad de una nueva Ley Electoral, que modernice y democratice todos el sistema, que suprima tanta iniquidad y ambigüedades que contiene y sobre todo, y este es el punto único, por su trascendencia que por hoy queremos señalar, que transforme al ciudadano en sujeto de derecho político partidario, pudiendo hacer reclamos, usar recursos y hacer valer sus derechos en general y los dictados de sus estatutos en particular de manera personal y sin necesidad de usar la persona jurídica del partido para enfrentarse y recurrir en contra de cualquier autoridad que a lo interno de su agrupación violente los estatutos de la misma.

La democracia nace y principia en la práctica cotidiana de cada partido, se aprende en el hogar y en la Escuela, pero se perfecciona, practica y propaga dentro de ellos, haciendo funcionar sus comisiones especialmente las de ética y justicia, cada partido debe ser una escuela permanente de democracia, por eso cada miembro de los mismos debe tener la capacidad de enfrentar todo acto de despotismo de las autoridades internas y agotados los recursos que dan sus propios estatutos poder personarse al Consejo Electoral que corresponda usando los recursos correspondientes para poder obtener pronta justicia y detener a tiempo a los nuevos amos que se entronizan.

Los nicaragüenses hemos logrado una democracia, digamos, de segunda etapa, puesto que tenemos elecciones libres, honestas y hasta súper vigiladas, pero la primera etapa, la que se cocina y aprende dentro de cada partido estamos lejos de gozarla y es allí precisamente donde radica toda nuestra desgracia: caudillismos, perpetuación en el poder, diputaciones impuestas, designados por el caudillo y no electos por los partidarios, cargos y alcaldías que violentan el verdadero sentir popular, líneas de conducta aberrantes y la instauración de verdaderas claques politiqueras en sustitución de los hombres sinceros, serenos y doctos y apreciados por sus connacionales.

El autor es abogado, historiador y ex diputado al Parlacen.  

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