Andrés OppenheimerEl Nuevo Herald
La pregunta del momento: ¿a quién se parecerá Luiz Inácio Lula da Silva de llegar a la presidencia de Brasil? ¿Será un populista mesiánico, como el presidente venezolano Hugo Chávez? ¿O un socialista abierto a la globalización, como el ex primer ministro español Felipe González?
Lula, el candidato izquierdista que en momentos de escribir estas líneas tiene buenas posibilidades de ganar las elecciones brasileñas, ha hecho campaña con un discurso más moderado que en sus últimos tres intentos infructuosos por llegar a la Presidencia. Esta vez, se lo vio constantemente de traje y corbata, y tomándose fotografías con empresarios y banqueros.
Pero nadie sabe si hay un “nuevo Lula” —o un “Lula light”, como lo llama la prensa brasileña— o es el Lula de siempre con un nuevo empaquetamiento ideado por su asesor de imagen, el conocido ejecutivo publicitario Duda Mendonca.
Hasta hoy, Lula sigue afirmando que el plan de crear un área de libre comercio hemisférica —aprobado por Estados Unidos y 33 países de la región en 1994— sería una maniobra de Washington para “lograr la anexión económica de América Latina”. Y se proclama un “amigo de Cuba”, y de Chávez.
En Washington, los funcionarios del gobierno dicen que no creen que Lula se embarcaría en una cruzada antiestadounidense. Según fuentes del Departamento de Estado, de ser elegido sería invitado a Washington como huésped del presidente Bush, en una muestra de buena voluntad.
William Barr, quien fue jefe de la sección política de la embajada americana en Brasil hasta su retiro la semana pasada, me señaló en una entrevista telefónica que no cree que Da Silva sea tan malo como lo pintan algunos conservadores en Estados Unidos. “Lula no será un Chávez, ni por asomo”, me dijo. “Tiene más perspectiva y más balance que Chávez”.
Entre las razones por las cuales Lula difícilmente dará marcha atrás a las reformas de libre mercado del presidente saliente Fernando Henrique Cardoso, según el ex funcionario de la embajada norteamericana, están:
Limitaciones económicas: La sola posibilidad de una victoria electoral de Lula ha generado una fuga masiva de capitales y una depreciación del 35 por ciento del real brasileño, por lo cual la primera prioridad del próximo presidente será tomar medidas para restablecer la confianza de los inversionistas.
Además, el próximo presidente tendrá las manos atadas: el 80 por ciento del reciente préstamo de $30,000 millones del Fondo Monetario Internacional (FMI) será desembolsado en cuotas durante los próximos tres años, sujeto a que el país siga cumpliendo con las condiciones del Fondo. Si Lula se apartara de la senda, se quedaría sin fondos.
Limitaciones políticas: En el mejor de los casos, el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula ganará 107 de las 513 bancas de la Cámara de Diputados, según un estimado del centro de estudios IBEP de Brasilia. Lula tendría que negociar con el centro, y con la derecha, para poder gobernar.
Limitaciones legales: El Congreso brasileño recientemente aprobó una enmienda constitucional que le hará mucho más difícil al próximo presidente gobernar con “decretos provisionales”. La “enmienda anti-Lula”, como algunos la llaman, exige mayores controles legislativos sobre dichos decretos.
El síndrome de Salvador Allende: Los líderes del PT —muchos de los cuales se exiliaron en Chile durante la dictadura brasileña de la década de los años 70— tienen fresca la memoria del ocaso del difunto presidente socialista chileno Salvador Allende.
Uno de los principales problemas del difunto presidente chileno fue que no pudo controlar el ala radical de su partido, que contribuyó al clima de caos que terminó con un golpe militar de derecha. Lula difícilmente permitirá que el ala radical del PT arruine su presidencia.
Todas estas razones son muy valederas. Pero tampoco creo que Lula empezaría su presidencia como un socialista moderno, al estilo de Felipe González. Quizás nos sorprenda, pero no llegaría al poder con el bagaje intelectual necesario: Lula nunca terminó la escuela secundaria, tiene poco contacto con el resto del mundo, y está más influido por la ideología que por el pragmatismo.
¿Mi conclusión? Lo más probable es que Lula perdería los primeros años de su presidencia ocupando gran parte de su tiempo en culpar a los países ricos por los problemas de Brasil, generando una aún mayor fuga de capitales, y una mayor pobreza. Entonces, quizás, se convertiría en un Felipe González en la segunda parte de su presidencia, tras darse cuenta de que los países que funcionan son los que no ahuyentan capitales y no se aíslan del mundo.
(Tomado de El Nuevo Herald, 6 de octubre de 2002).