Ana María Ch. de Holmann
En julio de este año se publicó en este Diario LA PRENSA un artículo escrito por el historiador don José Joaquín Quadra Cardenal titulado “Para el mal de la corrupción, la medicina: honradez”. En él relata las vicisitudes de la Guerra Nacional y de las debilidades entre los nicaragüenses debido a la división entre ellos y más aún entre los partidos por la lucha del poder; fue esta debilidad la razón por la que fue llamado el filibustero William Walker por el Partido Demócrata con el objeto de combatir a su adversario, el Partido Legitimista.
El historiador relata una historia de honestidad de parte del gobierno de don Tomás Martínez, digno de tomar ejemplo. La estimada dama granadina doña Julia Arellano de Pasos escondió sus joyas y dinero para protegerlos del pillaje de los filibusteros de Walker, pero este secreto escondite fue descubierto por un oficial del ejército, quien se lo entregó a don Tomás Martínez y a don Fernando Chamorro, quienes eran jefes del comando. El dinero sumaba $35,000.00 pesos duros. Don Tomás Martínez al asumir la Presidencia de la República le retribuyó el dinero a doña Julia, quien se sorprendió pues no sabía quién lo había tomado. Este dinero contribuyó al triunfo de la Guerra Nacional en 1856.
En el período de 30 años del Partido Conservador fue Presidente un hombre recto, emprendedor, muy austero y sencillo, experto en finanzas, pero sobre todo honesto y fiel a los valores y principios cívicos, morales y cristianos. Este hombre fue don Vicente Quadra (1871-1875); su período fue arduo y difícil por la recuperación que dejó la crisis de la guerra. Don Vicente no logró ver los resultados visibles de su gestión durante su período. Sin embargo, su sucesor don Pedro Joaquín Chamorro Alfaro (1875-1879) sí logró los frutos del gobierno anterior, instalando la red de telégrafos, lo mismo que la red de ferrocarril en la costa del Pacífico. Éstos eran otros tiempos…
En una ocasión, tuve oportunidad de comentar con el Presidente de la República, Enrique Bolaños, ese pasaje de nuestra historia, y le advertí que lo mismo le podría pasar a él, puesto que este país había sido saqueado por la guerra de la ambición con los fusiles de la corrupción, tanto en lo económico como con el afán del poder. El presidente Bolaños me contestó: “Yo sé que así será, pero la semilla está sembrada, tarde o temprano dará frutos. Tal vez esos frutos no los recogeré en mi período”.
Creo que ha comenzado la “Nueva Era” en Nicaragua (no la sectaria “New Age”, la que algunos maliciosamente quieren confundir con la criolla). Esta Nueva Era está hecha de intenciones saneadoras, limpiadoras y renovadoras de los vicios de más o menos siete décadas en que los gobiernos anteriores se han venido instituyendo. Ya es tiempo de honestidad, de lealtad, honradez cívica hacia la patria, de servirla y no servirse de ella para lucrarse del Estado. Para comenzar una bonanza que nuestra Nicaragua tanto merece.
Se ha venido observando un ambiente de valor cívico y de apego a la justicia a raíz de los fallos de las jueces Gertrudis Arias y Juana Méndez, las que, hasta hoy, han cumplido con su deber, con su responsabilidad a pesar del riesgo que ello significa y esto ha abierto una gran esperanza. Ha creado un ambiente de confianza y credibilidad, lo que contribuye para que don Enrique pueda cumplir sus compromisos que desde su campaña prometió al pueblo, que: “la corrupción, la perversión en el uso del poder y el caudillismo son los tres grandes vicios de nuestra cultura política y social, que hay que erradicar”.
Esta lucha contra la corrupción es de todos. Como dice Pedro Joaquín Chamorro Cardenal: “El problema de Nicaragua, comienza por recordar que estamos frente a un segundo naufragio de la idea republicana, y en ese naufragio, si ocurre, se irán también al fondo del mar, todas nuestras incipientes instituciones sociales y económicas. Juntarse para evitar eso, no es por lo tanto cuestión de personalismo, sino cuestión de principios”.
¡Adelante en su lucha don Enrique, el pueblo está con usted y contra la corrupción!
La autora es miembro de la Asociación Sor María Romero.