Eduardo Enrí[email protected]
“Si es que hasta de las piedras se sirve uno, hijo” me decía mi abuelita. Y después de esta semana yo puedo agregar, “y de las víboras también”. Si no pregúntenle al cardenal Miguel Obando, que con una breve conversación con Daniel Ortega consiguió que su protegido saliera libre de todo pecado y hasta logró que lo eligieran de nuevo Presidente del CSE.
Todo eso montado en los sandinistas. Los mismos que motivaron aquella decisiva homilía de 1996 en la que Obando advirtió sobre los peligros de dar calor a una víbora.
Francamente me quedé boquiabierto por la desfachatez con que Obando y Ortega “arreglaron” el caso del doctor Roberto Rivas en el CSE. Sobre todo porque hacía pocos días había salido un Editorial en un boletín de la Arquidiócesis de Managua en la que el padre Pablo Villafranca advertía sobre los riesgos en que nos estaba metiendo el presidente Enrique Bolaños por apoyarse en los votos sandinistas para luchar contra la corrupción del gobierno anterior.
El domingo, el propio Obando salió dándole un apoyo tácito a la posición del padre Villafranca, y 48 horas después se estaba sentando con Ortega.
Y ahí no hubo disimulo alguno. Obando y Ortega no habían terminado de salir de la reunión cuando se recompusieron las fórmulas para presidir el CSE y apareció una resolución de la Contraloría eximiendo de responsabilidad penal a Rivas. Se arregló, pero de la peor manera.
Nadie en el Consejo tuvo problema al firmar un documento el jueves en el que autorizaban a Rivas a donar casi 300 mil córdobas de los fondos electorales a la Iglesia Santa Marta, sin importar que la donación la hizo Rivas hace meses. Y nadie en Contraloría tuvo problemas para “reexaminar” la resolución que encontraba presunción penal contra Rivas por ese hecho. Uno de tantos que le son cuestionados.
Alguno podrá decir que lo que ha hecho Obando es igual que lo que hizo Bolaños. Pero hay una gran diferencia.
Es cierto que el voto sandinista se usó para destituir a Arnoldo Alemán de la presidencia de la Asamblea Nacional, que son votos sandinistas los que eligieron a Rivas en el Consejo Supremo Electoral y los que lo absolvieron en la Contraloría.
Pero mientras en el primer caso la alianza se hizo para garantizar que Alemán responda ante la ley , en el segundo se hizo para limpiar las acusaciones contra Rivas. Y mientras en el primer caso era Alemán y su directiva rebelde los que estaban obstruyendo la Justicia, en el segundo, es precisamente este “acuerdo” el que se encarga de bloquearle el camino a la Justicia. Mientras una movida es para consolidar el Estado de Derecho, la otra es para demolerlo, al mejor estilo del pacto Alemán-Ortega del año 2000.
El Cardenal salvó a Rivas de sus propias travesuras, pero a Nicaragua le hizo un gran daño, pues demostró que aquí las cosas todavía se arreglan en una encerrona. Y para colmo, ahora le debe una a los sandinistas.
Daniel Ortega debe haberse reído a carcajadas todo el camino desde la Universidad Católica hasta la casa de don Jaime Morales Carazo.