La “cultura” del plástico

Fernando Centeno [email protected]

La diferencia entre una ciudad limpia y una ciudad sucia sigue siendo la cultura de sus habitantes, y las ciudades más limpias no son precisamente las que más se barren sino las que menos se ensucian.

En las ciudades de Alemania, por ejemplo, es hasta envidiable observar que los clientes de los supermercados llevan sus bolsas o recipientes para las compras, y no porque estos establecimientos no las ofrezcan, sino porque una bolsa menos por cliente, disminuye considerablemente el volumen de desechos plásticos en esas ciudades y, por lo tanto, mantiene más limpio y sano el medioambiente.

El gobierno de Irlanda decidió este año establecer un alto impuesto a las bolsas plásticas, lo cual además de aumentar los ingresos del Estado en tres millones de euros en menos de cinco meses, redujeron el uso de bolsas plásticas en más de un 90 por ciento, lo que equivalía a un millón doscientos mil bolsas en menos de cinco meses.

Las medidas de control de desechos plásticos que están asumiendo los europeos especialmente, no tiene relación con la tecnología, ni con los avances en las comunicaciones, ni con el sistema político, ni con la antigüedad de la ciudad, ni el color, raza o religión de sus habitantes.

La diferencia es únicamente de cultura, porque mientras ellos desarrollan una cultura conservacionista y de protección a su ambiente, en nuestro país, más bien promovemos la cultura del plástico, que se manifiesta desde en una bolsita para tomar agua en las calientes y traficadas calles de la capital, hasta en las que se utilizan en las tiendas y supermercados, tiendas de comida rápida, gaseosas, licores, distribuidoras, y en cualquier tramo de los mercados, donde se abusa del envase o la bolsa plástica de todos los tamaños, y colores, con cualquier tipo de material, algunos de ellos biodegradables hasta las futuras tres generaciones de nicaragüenses.

Se calcula que sólo en Managua se lanzan a las calles, cauces, aceras, botes de basura, en fin, en cualquier lugar, un promedio de 400 mil bolsas plásticas diariamente.

En 1999, nuestra contaminada capital contaba con una población de un millón 133 mil habitantes, que generaban más de 900 toneladas diarias de basura, de las cuales sólo se recolectaba un 60 por ciento. Para 2010, tendremos más de dos millones de personas, que producirán casi el doble de basura de la que se genera actualmente. Más grave aún es conocer que el cuarenta por ciento que no se recolecta, se esparce por la ciudad, entre basureros clandestinos, tragantes, calles, recipientes, mercados, e incluye, miles y miles de bolsas y otros envases plásticos o de vidrio, etc., originando una situación ambiental que se empeora por el desordenado crecimiento de la ciudad, el déficit de equipos de recolección, la falta de iniciativas locales, el uso cada vez mayor de los recipientes sin retorno, y la falta de educación higiénico sanitaria.

A esto hay que sumar el desagradable espectáculo en las calles de la capital, especialmente las ubicadas cerca de las paradas de buses o semáforos, plagadas de bolsitas azules descartadas por sedientos e irresponsables peatones, conductores o vendedores de la calle, imagen que además de reflejar un completo desaseo revela la falta de una conciencia ambiental, y más preocupante es saber los años que tarda un envase plástico en destruirse o el daño que produce en nuestro ya contaminado lago, donde desembocan las corrientes de los cauces, que arrastran estos desechos, y en los bosques circundantes que nos quedan, donde el viento enflora las radiografías de árboles que nos han heredado la deforestación y la negligencia.

En nada resultó la cacareada campaña de la Alcaldía de Managua para controlar, limitar y ordenar el mercado de las bolsas de agua en la capital, porque más bien ha proliferado ensañándose en nuestra ya fragmentada y desaseada capital.

Mientras no haya una cultura ambiental, y leyes más drásticas contra las industrias productoras de bolsas plásticas y envases no retornables, seguiremos siendo mudos testigos de un país que deberá escoger, entre crecer ecológicamente sano o heredarles a las futuras generaciones, la funesta y dramática cultura del plástico.

El autor es abogado y periodista ambientalista.  

Editorial
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