Esperanza

Luis Sánchez [email protected]

Se dice que “las esperanzas no llenan, pero mantienen”, y que “la esperanza es lo último que se pierde”.

En la mitología greco-romana, la Esperanza era la divinidad que se encargaba de consolar a los mortales. Elpis, le decían los griegos, y los romanos la llamaban Spes. Era hija de la Noche —que a su vez era hija del Cielo y la Tierra— y hermana del Sueño, cuya misión consistía en dejar en suspenso las penas, y de la Muerte, que les ponía fin para siempre.

La Esperanza estaba en el fondo de la Caja de Pandora, una mujer que fue hecha especialmente por Hefaistos o Vulcano y dotada por los dioses de gran belleza, inteligencia y sabiduría, pero también de la mayor falsedad, astucia y perversidad. Pandora fue dada como esposa a Prometeo, el Titán que hizo al hombre con el barro de la tierra y robó el fuego del cielo para darle inteligencia.

Como dote de bodas Pandora dio a Prometeo una Caja que le entregaron los dioses para ese propósito, con la condición de que no la abriera. Pero el Titán, instigado por los mismos dioses que querían castigarlo por haberles robado el fuego celestial, abrió la Caja y de ésta salieron todos los males que desde entonces y para siempre afligen a la humanidad (muerte, dolor, enfermedad, guerra, hambre, conflictos, calamidades, etc.). Mas en el fondo de la Caja de Pandora quedó la Esperanza, como una benevolencia de los dioses hacia los humanos.

Para el catolicismo la Esperanza es una de las tres virtudes teologales (las otras son Fe y Caridad) y se representa con una figura femenina alada, con los brazos alzados hacia el Cielo y el apóstol Santiago el Mayor a sus pies. Le corresponde el color verde, y sus atributos son el ancla, la cruz, la golondrina y un ángel en actitud de oración.

Según el Catecismo (versículo 1813), la Esperanza y las otras dos virtudes teologales: “Fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna…” Y el nexo de este concepto con las antiguas creencias greco-romanas se advierte en el versículo 1681 del mencionado Catecismo: “El sentido cristiano de la muerte es revelado a la luz del Misterio pascual de la muerte y de la resurrección de Cristo, en quien radica nuestra única esperanza. El cristiano que muere en Cristo Jesús “sale de este cuerpo para vivir con el Señor (Co 5,8)”. Es decir, la Esperanza es el consuelo de que, bajo ciertas condiciones, después de la muerte se podrá vivir eternamente.

La palabra Esperanza se incorporó a la lengua castellana en 1140, derivada del latín sperare, que significa esperar, tener esperanza. Y su acepción actual, según el Diccionario de la Lengua Española, es: “Estado de ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos”.

Y a propósito: ¿se puede esperar que habrá justicia en Nicaragua? ¿Qué por fin se podrá gobernar honestamente, de manera duradera? ¿Se recuperará lo que se robaron en el gobierno anterior? ¿Se terminará de pagar algún día la piñata sandinista? ¿Y hasta cuándo los nicaragüenses seguirán moviéndose entre la esperanza, la desesperanza y la desesperación?  

Editorial
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