A José Isidro Ñurinda, de La Bolsa, lo que más le interesa es la comida. Si se la quitan, llora.

“Pajarito” ahora goza de la libertad

Un muchacho que padece retraso mental pasó cuatro años encerrado en una jaula que le construyó su padre, porque era “muy necio” Es huraño. Si no está con una pana de comida entre sus manos, huye despavorido de los desconocidos. Otra de sus reacciones es recorrer lento, con sus transparentes ojos celestes, a los que […]

  • Un muchacho que padece retraso mental pasó cuatro años encerrado en una jaula que le construyó su padre, porque era “muy necio”

Es huraño. Si no está con una pana de comida entre sus manos, huye despavorido de los desconocidos. Otra de sus reacciones es recorrer lento, con sus transparentes ojos celestes, a los que tiene cerca. Si no puede irse, corona su paneo con una mano puesta en su cara. Es su forma de esconderse. No está habituado a la bulla de la gente.

De sus 22 años, José Isidro Ñurinda pasó los últimos cuatro encerrado en una jaula que le construyó su padre en la parte trasera de la casa.

Desde la celda estrecha, que medía menos de un metro de ancho, alrededor de metro y medio de largo y de alto, José Isidro, que sufre de retraso mental, transcurría la vida. Como un pájaro en cautiverio al que le cortan las alas, allí comía, bebía, dormía.

Su abuela Aurora, dice que el papá de José Isidro, un señor que murió el año pasado a los 90 años, lo sacaba en algún momento del día para que “correteara”, pero luego lo volvía encerrar “porque decía que era muy necio”.

COMO UN PAJARITO

Al morir el papá, José Isidro, la mamá y la abuela decidieron acabar con el encierro. Pero el calabozo hizo mella en el muchacho. Además de cierto temor a la gente, adoptó particular forma de comer. Frunce los labios y con sus manos en igual posición picotea la comida. En La Bolsa, comunidad vecina a Las Flores, le encajaron por eso “El Pajarito”, aunque no se parezca en lo más mínimo a un ave, a no ser por su fragilidad.

Distintos medios de comunicación han visitado en los últimos 15 días al discapacitado que apodan “El Pajarito”.

Ajeno a esa curiosidad y concentrado en su pana terrosa se ve a José Isidro. “¡Viera qué come!”, dice la abuela, la más conversadora de la familia. Mientras el muchacho agarra con urgencia el traste, en una esquina y con muda paciencia lo observa su mamá, Aurora Gaitán, quien a sus 34 años, pudiera ser su hermana.

JUEGA EN UN CARRETÓN

Gaitán tuvo dos hijos más, Carlos Manuel y Ezequiel de 18 y 8 años, respectivamente. Por falta de dinero ninguno va a la escuela. Ambos son callados, pero atentos como la madre. Carlos Manuel, el mayor es el único que trabaja en la casa. “En lo que sea, quitando monte, aporcando, de jornalero”, dice la abuela.

Ezequiel, que permanece en la casa, es quien juega con José Isidro. Lo divierte dándole vueltas en el carretón que sirve para halar leña.

Cuando Ezequiel lo arrastra por la media manzana de la finca, el hermano mayor de mirada celeste, no puede menos que mostrar sus arruinados dientes. En ese espacio, la libertad que ahora experimenta José Isidro parece tan grande, que no repara en saciar necesidades como orinar en el sitio que sea.

Del lugar donde existió la jaula, sólo queda la fecha grabada en el cemento, y, probablemente, los recuerdos en la mente tardía de José Isidro, quien ahora acomoda su cuerpo de adolescente en una tijera.   

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