Margarita, María Constanza Chavarría y Cristian, madre, abuela y nieto, reunidos en el patio de su casa en la entrada de El Coyol, Masaya.

Madre e hijo con retraso mental

Un niño de 11 años y su madre de 27, que padecen retraso mental, viven al cuidado de la abuela que está coja La casa de María Constanza Chavarría se alza en alto, a la entrada de El Coyol, en el kilómetro 37 y medio carretera Granada-Masaya. Unos arbustos franquean la entrada. Se sube al […]

  • Un niño de 11 años y su madre de 27, que padecen retraso mental, viven al cuidado de la abuela que está coja

La casa de María Constanza Chavarría se alza en alto, a la entrada de El Coyol, en el kilómetro 37 y medio carretera Granada-Masaya. Unos arbustos franquean la entrada. Se sube al patio de la casa, donde permanece la gente, por un lado. Al visitante lo anuncia un incansable perro negro, que aun cuando la dueña de la casa ya ha permitido pasar, sigue ladrando.

Tras el perro aparece un niño moreno en botas de hule, que no termina de ver a los que llegan. Con su boca abierta y babeante de cansancio, corre al otro extremo de la casa.

Una mujer que parece retrato del niño, pero dos veces mayor, también sale al encuentro. Su expresión también es la misma, nada más que menos chispeante. Son madre e hijo, Margarita y Cristian Díaz Chavarría. Ambos nacieron con retraso mental.

La mamá de Margarita, María Constanza Chavarría, dice que Margarita es la cumiche de sus nueve hijos. Todos excepto ella, vinieron al mundo sin problemas. Ella no tiene una explicación para la enfermedad de su hija, más que el haber tenido una numerosa prole.

Chavarría nunca se ha separado de Margarita excepto en la época que salió embarazada. En ese tiempo, a ella la había corrido de la casa, su marido. “Me dijo que ya no le servía y que me fuera”.

Años atrás, cuando Margarita tenía tres años, Chavarría había perdido en un accidente automovilístico su pierna derecha. Acostumbrada a viajar hasta los mercados de Managua a vender verduras, su vida cambió. Con el tiempo su esposo se hartó y la despachó de la casa sin sus hijos.

“Me acuerdo que como a los tres meses yo les dije a mis hijas: ‘Ve, la Margarita, hace como tres meses que no ensucia ropa’”, dice y aclara que se refería a la menstruación.

Fue así como se enteraron de que estaba embarazada. Vano fue el intento de indagar quién la había violado. El niño nació, y la repetición de la cara impidió esclarecer el delito.

Más que madre e hijo, Margarita y Cristian son hermanos criados por la misma mujer. Aunque Chavarría es quien los cuida, la que los mantiene es una hermana de Margarita, quien como su madre, vende en los mercados capitalinos.

Además de su sobrino, su hermana y su madre, esa hermana mantiene a sus cuatro hijos. “Ella es sola”, dice Chavarría, queriendo decir que no tiene marido.

Margarita se ve siempre sonriente, pero Chavarría dice que si no toma una pastilla diaria le daría un ataque de epilepsia, la que padece de un tiempo a la fecha.

Cristian por su parte, no tiene las complicaciones de la madre. Como una terapia ingeniada por la abuela, colabora en algunas actividades domésticas, como acarrear la leña del patio a la cocina, dirigido por la abuela, que espera tener vida hasta que esos niños dejen de respirar.  

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