- “La escasez y la miseria en su máxima expresión constituyen un polvorín que vale la pena desactivar”, advierte el sociólogo
José Adán Silva [email protected]
En los llamados “Plantones de los Hambrientos”, de Matagalpa, se está gestando un efecto negativo que está más allá de la evidente muerte por hambre de un niño campesino, y que de no controlarse a tiempo, podría rendir sus malos frutos al cabo de varios años: la violencia social rural.
Así lo alerta el sociólogo Juan Carlos Santa Cruz, catedrático de Sociología Rural de la Universidad Centroamericana (UCA), para quien el fenómeno del hambre que viene azotando desde hace dos años, aproximadamente al país, puede tener repercusiones sociales que llevarían a un estallido social en las zonas más afectadas.
Los lugares donde más se han dado muertos por este fenómeno son especialmente en los municipios rurales de Matagalpa, como El Tuma-La Dalia, pero se extiende hasta los municipios noroccidentales, como Macuelizo, Santa María y Mozonte, donde la sequía ha destruido los cultivos y sumido en pobreza extrema a sus habitantes.
¿ESTAMOS PREPARADOS PARA UN ESTALLIDO?
“Qué impotencia mayúscula se debe sentir cuando se tiene que permanecer de brazos cruzados ante el hambre de nuestros hijos, de demás familiares y de nuestros propios vecinos. Entrar en contacto con la gente de municipios y comarcas áridas, muy pobres de Nicaragua, da una desagradable sensación de ansiedad, y nos lleva mentalmente casi a la desesperación. Lugares en donde se ha perdido toda la cosecha y ya no existen posibilidades de sembrar, por falta de lluvias o recursos, abundan en la Nicaragua rural. Sin pretender asumir posturas alarmistas, cabría preguntarnos si estamos preparados para enfrentar estallidos sociales por hambrunas”, expresa Santa Cruz.
“No nos referimos a la mejora de condiciones de vida ni a reivindicaciones ligadas a la justicia social, estamos aludiendo a estallidos sociales por hambre; es decir, ocasionados por escasez de alimentos en expresiones extremas”, señala el sociólogo.
Cabe destacar que las zonas de El Tuma-La Dalia, donde se desarrollan los plantones, están entre los municipios más pobres del país (más del 90 por ciento de pobreza), según el mapa de pobreza de la Secretaría Técnica de la Presidencia de la República.
NO COMER PODRÍA IMPLICAR VIOLENCIA
Tradicionalmente, y por diferentes motivos, estas zonas montañosas del norte y centro del país han sido canteras de grupos armados políticos, escenarios de guerra y criaderos de bandoleros.
“No hablamos de guerras ni revoluciones, nos referimos a acciones espontáneas, en donde hay un solo propósito: comer y que la familia coma. Este propósito tan concreto y noble (comer) puede desviarse con gran facilidad y derivar en saqueos indiscriminados”, señala Santa Cruz.
¡CUIDADO CON LA POLÍTICA!
“Una de las formas de lanzar chispas incendiarias es condicionar políticamente la entrega de alimentos. El hambre es hambre y no necesita de promesas de nadie. La escasez y la miseria en su máxima expresión constituyen un polvorín que vale la pena desactivar”, advierte el sociólogo.
GLOBALIZAR SOLIDARIDAD
“Estamos a tiempo de salvar a nuestros hermanos que sufren por hambre. Existen suficientes rubros y voluntad política seguramente también; porque en tiempos de globalización acelerada, la primera que debe globalizarse es la solidaridad con los necesitados. Y, mientras tanto, aceptemos el reto de quienes divulgan la consigna de que estamos en una nueva era, y démosles la oportunidad de demostrarlo con hechos y que por fin las obras eclipsen las palabras”, expresó el analista.
PROPUESTAS
El sociólogo Juan Carlos Santa Cruz propone medidas concretas para solucionar el problema.
“Que el primer paso urgente sea el de paliar el hambre de estas familias, y particularmente la de los niños, aquí el gobierno tiene la palabra”.
“Paralelamente se debe lograr convencerlos de que regresen a las fincas de café donde trabajaban y brindarles opciones de trabajo en cultivos y labores alternativas”.
“El tercer paso que proponemos es que se globalice la solidaridad de los cafetaleros con estas familias y que les proporcionen temporalmente —mientras se resuelve la crisis—, una parcelita de tierra para que ellos mismos siembren para su autoconsumo y no se siga contribuyendo a la cultura generalizada de la mendicidad que existe en Nicaragua, y que por cierto no es de ahora”.