Cabos de hacha

Hortensia Rivas Zeledón

El 2 de septiembre los militares nicaragüenses celebraron el 23 aniversario del actual Ejército, que fue fundado con el nombre de Ejército Popular Sandinista en 1979, y después de la derrota electoral del FSLN, en febrero de 1990, se cambió el nombre y ahora se llama Ejército de Nicaragua.

En el día de su aniversario, los militares enumeraron todas las cosas “buenas” que hacen por los pobres mortales nicaragüenses que sólo Dios sabe qué harían sin su valiosísima colaboración.

Tantas alabanzas y saludos a los militares me recordaron una historia que contaba mi abuela paterna.

Decía ella que a principios del siglo pasado, vivía entre San Marcos, Jinotepe y Diriamba, un campesino muy astuto que tenía doce hijos, y que se dedicaba a hacer cabos de hacha que casi nadie le compraba. Un día, al campesino se le encendió “la bujía” y mandó a los doce hijos a todas las ventas que había en las tres ciudades, a que preguntaran si había cabos de hacha. Y es claro que no había. Entonces el campesino fue él mismo a todas las ventas que habían visitado sus doce hijos, a ofrecer los cabos de hacha, y por supuesto que no sólo los vendió todos, sino que hasta le encargaron más.

Eso precisamente es lo que han hecho los militares de Nicaragua, pues primero, en la década perdida de los años ochenta sembraron gran parte del territorio nacional de minas antipersonales, sin preocuparse por quiénes serían las víctimas, porque para ellos lo más importante era “defender la revolución popular sandinista” y preservar “las conquistas” de la revolución.

Pero lo tragicómico de este asunto es que ahora los militares se presentan como arcángeles salvadores que están liberando a los nicaragüenses de esos destructivos y mortales artefactos, que han dejado a muchísimos nicaragüenses mutilados e inválidos. Ahora los nicaragüenses deben estar sumamente agradecidos por el gran favor” que les hacen los militares con esa gran labor patriótica de destruir las minas antipersonales.

De esa manera los militares justifican la existencia del cuerpo castrense, aunque el favor verdaderamente más grande y patriótico que harían por este desdichado país, sería disolverse, para que no se siga desperdiciando el escaso dinero del pueblo y se pueda invertir en algo útil, como educación y salud, pues un país pobre no puede cometer la insensatez de desperdiciar sus pocos recursos en el militarismo.

La autora es profesora.  

Editorial
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