René Grimaldi
Hace unas semanas se publicó en LA PRENSA un artículo titulado “Los cristianos y sus biblias”, en el que se vertían afirmaciones sobre la formación del canon del Antiguo Testamento; me gustaría, por tanto, aportar algunas aclaraciones, en un tema en el que —por ser tan antiguo— aún se postulan diversas hipótesis.
En el artículo de afirma que “alrededor de los años 90-100 d. C algunos líderes judíos se reunieron para tratar el tema del canon… y su objetivo era regresar al canon hebreo y distinguirse así de los cristianos”, pero hay que señalar que esa reunión era principalmente de líderes de la secta de los fariseos, y su finalidad —según lo señala un estudio reciente (cfr. J. M. Sánchez Caro en “Biblia y Palabra de Dios”, Verbo Divino, 1995, pp. 83-88)— era solucionar un conflicto de autoridad entre rabinos, que disputaban si el Cantar de los Cantares y Eclesiastés eran libros sagrados o no.
De todas formas, “distinguirse de los cristianos” en cuanto al Antiguo Testamento no era la única preocupación de los rabinos fariseos en los siglos I y II, sino que pueden enumerarse tres más: 1) Distanciarse de una naciente literatura apocalíptica hebrea, pues el apócrifo Libro IV de Esdras hablaba de otras 70 obras inspiradas; 2) Encontrar un aglutinante de la propia identidad judía, después de la destrucción del Templo en el a. 70 por los romanos; y 3) Diferenciarse de una nueva literatura cristiana que se tenía por sagrada, es decir, el Nuevo Testamento.
Por otra parte, es útil saber que los judíos samaritanos, aproximadamente desde el siglo III a.C, sólo aceptaban como inspirados los 5 Libros del Pentateuco, conocidos más bien como la Torah o la Ley. Éste era también el caso de los judíos saduceos en la época de Jesucristo.
La referencia a San Jerónimo puede ser completada en el artículo, diciendo que había también Padres de la Iglesia o Escritores que utilizaban los libros deuterocanónicos, considerándolos parte de la Biblia, como Orígenes (S. III) y S. Agustín (S. IV), junto con toda la tradición africana. Además, ésta era la práctica común en la mayoría de las iglesias de la primera época.
El artículo afirma también que “Martín Lutero y los demás reformadores decidieron seguir la decisión judía de basar el canon del Antiguo Testamento sobre el idioma hebreo”, y cita, además, a un reverendo que sostiene que “los libros apócrifos o deuterocanónicos no aparecen en la Biblia hebrea y, por lo tanto, no son de inspiración divina”.
A lo anterior habría que decir que la historia del canon en el judaísmo es importante, pero no definitiva: aquí, como en toda la Revelación, la palabra última y culminante les corresponde a Cristo y a los Apóstoles, enviados por Él. Pues resulta que las citas al Antiguo Testamento, tanto de Jesucristo como de sus Apóstoles, están tomadas —en su mayoría— de la Biblia de los Setenta, escrita en griego y que incluía a los deuterocanónicos. La Iglesia Católica, siguiendo esta costumbre apostólica y estando asistida siempre por el Espíritu Santo (Jn 14,26), recibió como inspirados tanto los libros protocanónicos como deuterocanónicos.
Por otra parte, si los protestantes aceptan el criterio de los judíos, habría que ser coherentes y rechazar también todos los libros del Nuevo Testamento y a Jesucristo, cuya divinidad no aceptan los judíos.
El autor es sacerdote.