- Donde se critica que al Supremo Hacedor siempre lo pinten como un hombre viejo, severo y enemigo del buen humor, se hace una alabanza a las barbas de armiño, y se cuenta la historia amable de dos barbudos, Diego Dessouroult y Melico Maldonado.
Mario Fulvio Espinosa [email protected]
Miguel Ángel pintó en la Capilla Sixtina la imagen de Dios haciendo germinar de su dedo índice al primer hombre, aquel pobre y desdichado Adán que gracias a esas contradicciones de lo divino fue puesto en un exquisito paraíso, sólo para ser condenado a perderlo.
Siempre el gesto de Dios era severo, como quien dice, poco inclinado al humor. Jamás he visto una imagen de los primeros siglos del cristianismo, ni de la Edad Media, ni del mencionado Renacimiento que presente a Dios sonriendo, o riendo a mandíbula batiente.
Posiblemente la creencia de que la risa era cosa demoníaca obligó a los artistas de la Edad Media a representar a Dios con gesto adusto, con lo que le negaban, de manera absurda, la posibilidad de gozar del buen humor que, según dicen, es la esencia de la felicidad y fuente de la buena salud.
Todo parece indicar que el Supremo Hacedor nunca conoció una navaja de afeitar, y que, además, pensaba o piensa aún que las barbas entre más largas son símbolo de mayor poderío, y mejor aún si van unidas a una melena hermosa, que flote como una nube y que sea rodeada de una aureola triangular construida con rayos de oro en acabado de filigrana.
De estas cosas hablábamos la noche del 31 de agosto en la Peña del Viejo Solitario, ese rincón fraterno donde nos reunimos periódicamente los recordadores irredentos. Entre los contertulios hay de todo como en botica, creyentes ortodoxos, cristianos críticos del cristianismo, ateos redomados, sin faltar aquellos a los que estos temas les vienen como calzón de payaso, “ni fu ni fa”, como dice Sancho.
DE ZACARÍAS ESQUILACH AL BUEN DIEGO DESSOUROULT
Claro, al hablar de las barbas del Divino, los parroquianos de La Peña ponen sobre la mesa a algunos barbudos que conocieron, como el general Tomás Martínez, que fue presidente de Nicaragua, el santo Zacarías Esquilach que pasó por Managua a principios del siglo, el hurí Raindra Watuhindra que nos visitó allá por los años veinte, y aquel tábano famoso que fue Víctor de la Traba, cuyo lema era: “En cuenta dura a cobrar, con De la Traba hay que hablar”.
—Respetados amigos míos —dice el apacible Salvador Espinoza—, yo conocí en la Managua de los cuarenta a un hombre que tenía cara de Dios. De esos dioses de estampa bíblica, con rostro anguloso, mirada severa, enorme nariz separando un par de ojos zarcos y, por supuesto, una barba larga, rizada, blanca como la cabuya nueva.
Me impresionaron su elevada estatura y su cuerpo nervudo y atlético, pero más que eso verlo pasar raudo sobre unos patines ‘Winchester’ por las recién pavimentadas calles de Managua.
Ese ejercicio lo hacía ataviado con una simple camiseta de algodón y en pantalones chingos. Para completar el atuendo usaba una gorra blanca de dril, aunque a veces cambiaba esta prenda por una boina vasca.
De él sólo sabía que se apellidaba Dessouroult, que vivía en la calle Momotombo, frente a la luneta del Cine Margot, en una casa de dos pisos donde después, en cierta época, vivieron las hermanitas Anielka y Mayra Santos, esta última eximia artista y estrella de la radiodifusión nacional.
Por pura curiosidad logré averiguar que la ruta que seguía Dessourolt en sus patines de cuatro balineras era la siguiente: salía de su casa hacia el sur por la Segunda Avenida que llevaba al Mercado San Miguel, torcía hacia el este por la Calle Central, y luego, al llegar a la Séptima Avenida o Avenida de Santo Domingo, bajaba hacia el norte hasta la esquina de la cantina “La Chispa” que topaba con la Estación del Ferrocarril, luego retomaba la Calle Momotombo hasta entrar a su residencia.
Yo también conocí a Dessouroult —dice “El Viejo” Roberto Castro Báez—. Su nombre era Diego, era belga de nacionalidad, y vino a Nicaragua allá por 1935 para dar asesoría a los agricultores nicaragüenses, de lo que colijo que era un excelente profesional de la agronomía.
No supe si tenía familia, pero sí que nuestro país le gustó tanto que decidió establecerse aquí, para lo cual adquirió una finca que quedaba cerca de Tipitapa y se dedicó al cultivo de hortalizas y frutas, lo mismo que a la industria de los derivados lácteos.
Sus productos tenían una gran calidad, y Dessouroult los vendía en Managua transportándolos en una especie de landó-carguero pintado de vistosos colores y del cual tiraba un hermoso caballo percherón blanco de trote elegante y con cascabeles atados a sus patas.
Al sonido musical del landó de don Diego la gente salía de sus viviendas para verlo pasar. A veces la chavalada le seguía alegre por varias cuadras haciendo más pintorescas las mañanas de la ciudad. Dessouroult sonreía desde el pescante, su larga barba flotaba feliz al viento, y con las riendas hacía caracolear al perlado percherón.
Por las tardes solía sentarse en una mecedora a la puerta de su casa, y ya en plan de descanso fumaba lentamente en una pipa de marfil, algunos transeúntes se detenían a conversar con él sobre diversos temas, pues nuestro héroe era sabio como una enciclopedia, jamás tuvo problemas y su comportamiento siempre fue el de un ciudadano ejemplar.
Jamás don Diego aprovechó sus conocimientos para explotar al pueblo. Bien pudo comprar un carro o una “wicha” para trasladarse a su finca, pero prefirió utilizar su coche para ahorrar gasolina, que en ese tiempo estaba escasa a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial.
Siendo, pues, un extranjero ejemplar y gozando del aprecio de los capitalinos, me causó dolorosa sorpresa leer una tarde en el diario La Noticia que dirigía Juan Ramón Avilés, que don Diego había sido asesinado. La Policía dijo que todo parecía indicar que unos ladrones lo acuchillaron en su finca para robarle el dinero que supuestamente guardaba el buen hijo de Bélgica.
Nunca se supo quién lo asesinó. Probablemente como no tenía parientes en Nicaragua nadie se preocupó por averiguar el crimen, de modo que un día de tantos se declaró cerrado el caso.
Así terminó sus días nuestro amable patinador, el belga de la barba de armiño don Diego Dessouroult”.
DON MELICO MALDONADO, TÍO DEL PROFESOR TREJOS
—Bonito relato —respinga Sancho—, pero yo también conocí, y ustedes lo conocieron, a don Melico Maldonado, que si bien con sus barbas no se parecía a Dios, dedicó durante muchos años de su vida a representar a Santa Claus.
Yo vi actuar a Melico, primero en la Casa Kodak que quedaba en la Avenida Roosevelt, donde disfrazado de “Santa” tenía como misión agitar un cascabel navideño, hacer ampulosos saludos a los niños, cargarlos sobre sus rodillas e invitar a los clientes de don Roberto Terán a penetrar al almacén para comprar artículos fotográficos a manera de regalos navideños.
Era Melico exactamente igual a Santa Claus, gordito, cara amplia y rosada, nariz ancha, ojos celestes y cejas gruesas. Su barba era blanca, sedosa, frondosa y le llegaba a la altura del esternón, tenía un gesto agradable, sonriente, fraterno, y por naturaleza amaba y atraía a los niños.
—Pues claro, como de que no, si Melico Maldonado era mi tío carnal —dice con entusiasmo el profesor Ricardo Trejos— y por eso es a mí al que le corresponde con más propiedad hablar de él.
Era de Masaya, esa ciudad de varones notables que nunca doblegan la cerviz ante nadie. Vivía con su familia en una casita humilde situada en las cercanías de las Siete Esquinas, era medio farandulero y medio periodista así que se le ocurrió tener un programa radial de amenidades que se transmitía por Radio Masaya, allí lo visitaba allá en mis tiempos de corresponsal de LA PRENSA.
Un día le dio la “puntada” de dejarse crecer la barba, y en esas trazas lo vio la señora Alma Barreto de Zúniga, esposa del doctor Hernaldo Zúniga. Se aproximaba la Navidad de no sé qué año y ella lo convenció de que trabajara como Santa Claus, le compró la tela, le hizo la gorra y el traje. Esta señora, que es la madre del cantautor “Hernaldo”, tenía un pequeño supermercado donde comenzó a operar aquel Viejito Navideño Comeyuca.
Le fue bien esa navidad a Melico, y al año siguiente fue contratado por empresarios de Managua para que amenizara las noches de compras navideñas, que todavía se realizan en el Centro Comercial Managua.
Casi todos los años para la Pascua los periodistas lo entrevistaban y le hacían contar historias y fábulas, tarea que él cumplía con deleite. Al día siguiente le encantaba mirar sus fotos y sus declaraciones en los diarios del día.
Poco a poco fue adquiriendo fama, y con ella contratos con exclusividad de parte de almacenes famosos, como Sears Roebuck, Casa Kodak y Carlos Cardenal. Nunca se le subieron los humos, siempre fue el viejito bueno y bonachón trasladado de la vida real a la imitación virtual.
Falleció hace pocos años, querido de todos los masayas, y más que eso, amado por todos los niños de Nicaragua.
RELATOS EN LA PEÑA
Estos relatos surgen en la Peña del Viejo Solitario donde suelen reunirse los “recordadores irredentos” de la vieja Managua.
Diego Dessouroult recorría las calles de la capital en patines, y mientras se deslizaba sobre ruedas fumaba una pipa de marfil.
A principios del siglo XX un hombre de barbas larguísimas y túnica blanca caminó en las calles de Managua predicando paz y fraternidad.