¿Qué se logró en la Cumbre de la Tierra?

Responder a la pregunta que encabeza esta opinión editorial no es fácil. Las posibles respuestas están en función de las expectativas que tenían los diversos participantes que asistieron a la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible en Johannesburgo, República Surafricana. Así, por ejemplo, el cabildeo ambientalista que esperaba grandes resoluciones apoyadas por compromisos legalmente obligatorios que incluyeran montos de financiamiento y calendarios de ejecución específicos, se sienten muy decepcionados. Esa decepción se refleja con claridad en la opinión del Fondo Nacional del Ambiente, uno de las ONG ambientalistas más influyentes de Washington, D. C. Su vocero, Brandon MacGillis, declaró al final del evento que “si Ud. hiciera un puntaje, tendría que decir que Estados Unidos consiguió todo lo que quería. El lobby ambientalista está extremadamente desilusionado. La Administración Bush ganó el juego 44 a 0.”

Es obvio que las ONG ambientalistas más radicales ven a Estados Unidos —erróneamente, por supuesto— como el enemigo número uno del ambiente. No en balde, el secretario de Estado, Collin Powell, que asistió a la cumbre en representación del presidente George W. Bush, fue abucheado cuando hablaba ante el pleno de esa reunión. El problema de fondo es que los grupos ambientalistas —que en su mayoría están constituidos en países ricos— tienen una visión del mundo que no es conducente a resolver las necesidades de desarrollo de los habitantes de los países pobres. Tal como lo señala, James Shikwati, director de la Red Económica Interregional de Kenia: “El contraste es severo entre muchas de las ONG de los países desarrollados y la gente que ellos dicen representar: los países ricos quieren que la Tierra sea verde, mientras que los subdesarrollados quieren una Tierra alimentada.”

Shikwati dice que mientras los delegados a la cumbre en Johannesburgo discutían dentro del recinto complicadas alternativas de solución al problema de la pobreza mundial, los pobres finqueros afuera, junto con los vendedores ambulantes y otros grupos, “demandaban algo mucho más simple: libertad de crear riqueza en la forma en la que a ellos mejor les parezca, sin las exigencias del Primer Mundo y de gobiernos altamente estatistas.” Según Shikwati, muchas de las propuestas llevadas a Johannesburgo por las ONG ambientalistas del mundo desarrollado —en caso de que fueran aplicadas— “condenarían a los finqueros, en nombre del desarrollo sostenible, a prácticas agrícolas medievales, restringiéndoles el uso de pesticidas y de semillas genéticamente modificadas.” El africano le recuerda a esas ONG que los países ricos son también los más limpios, pero porque pueden pagar las tecnologías que reducen la contaminación, que hacen el agua potable, que preservan los bosques, los ríos y los habitats naturales, y les recuerda también que para llegar a ese estado de riqueza tuvieron que usar, en sus primeras etapas de desarrollo, prácticas que ellos ahora no considerarían “amigables al ambiente”, y que por eso quieren impedir que los países que buscan desesperadamente cómo salir del subdesarrollo, puedan usarlas.

Ayer publicamos en nuestras páginas de opinión un artículo del profesor Tibor R. Machan, titulado “Pobreza y Propaganda”. El autor se lamenta de la forma como algunos medios de comunicación de cobertura mundial reportaron la cumbre, y dice que “El mensaje difundido por estos supuestos canales de noticias es que lo que el mundo necesita no es desarrollo económico y tecnológico, sino algún tipo de transferencia de riqueza, de aquellos que la tienen, a los que no la tienen.” Y agrega que “Los reporteros no hacían más que quejarse de la maldad de Estados Unidos y de otros países ricos, especialmente en lo referente al medio ambiente, insistiendo que la tecnología hace daño y que hay que eliminar la pobreza con algún tipo de magia.”

Quedaron tan decepcionados unos y otros de los resultados de la Cumbre, que el prestigioso diario, The New York Times, tratando de poner la mejor cara posible dijo editorialmente que: “De hecho, el simple reconocimiento de que el desarrollo económico y la protección ambiental pueden trabajar en tándem, puede que sea la más grande contribución de la cumbre.” Pero, ¿acaso eso no se había ya decidido en la Cumbre de la Tierra en Brasil hace 10 años?  

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