- Cuatro personas resultaron también heridas por una granada lanzada la noche del sábado contra una discoteca
- En esta zona se registra una fuerte presencia de milicianos de las fuerzas guerrilleras
AP
BOGOTA.- Diez bombas de escaso poder estallaron durante la madrugada del domingo en Medellín, la segunda ciudad de Colombia, sin que hubiera víctimas, según informó la Policía.
Las explosiones afectaron algunas casas de apuestas que de tiempo atrás son víctimas de extorsión por parte de los grupos de milicianos de las guerrillas que operan en Medellín.
Las sedes de la Casa de Apuestas Betancourt sufrieron daños materiales considerables. Afectaron sedes del sur de Medellín y de municipios aledaños como Sabaneta, Envigado e Itagüí.
En Medellín también cuatro personas resultaron heridas por una granada lanzada la noche del sábado contra una discoteca. La Policía dijo que no se conoce el origen de este atentado.
Medellín, que tiene 3.4 millones de habitantes incluyendo los municipios anexos de su zona metropolitana, registra una fuerte presencia de milicianos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN), las dos principales guerrillas del país, y de los grupos paramilitares que libran frecuentes combates entre sí y con la Policía por el control de los barrios periféricos.
DESPLAZADOS DE LA GUERRA
Por otro lado, una lancha llamada “Arca de Noé” avanza lentamente por el río llevando a bordo a centenares de desplazados que regresan a sus casas con unos pocos víveres, muchas esperanzas, y las cicatrices dejadas por una de las peores matanzas del largo conflicto armado local.
Esta sencilla embarcación de nombre bíblico, y cuya multicolor madera no para de crujir, zarpó la mañana de este nublado domingo como parte de un convoy fluvial que tiene como destino Bojayá y sus alrededores, un pobre caserío del noroeste del país que hace cuatro meses fue escenario de la muerte de 119 personas en medio de un cruento combate entre guerrilleros y paramilitares.
“Ya se me pasó el susto. Ahora estoy contento de volver a casa, porque ahí es donde debo estar”, dijo Nelson Chavera, un agricultor que perdió a su hijo Juan, de 24 años, durante la pasada incursión rebelde.
Este colombiano, de 55 años, es una de las cerca de 6,000 personas que huyeron de sus humildes hogares, dejando atrás el horror y una sencilla vida en el campo.
Tras permanecer casi cuatro meses en Quibdó, en casa de familiares, decidió regresar convencido de que la situación ya no puede ser peor que en la capital del departamento del Chocó, donde conoció el hacinamiento y la cesantía.
“No es mucho lo que tengo, pero allá sacamos plátanos y pescado del río. Al fin es mi tierra”, aseguró Chavera, en medio de sacos de papas, gallinas, y sus vecinos que llenan la embarcación.
GUERRA DESGASTA AL PAIS
La guerra de casi cuatro décadas que desangra a Colombia a un ritmo actual de 3,500 muertos por año, ha arrasado con vidas y comunidades enteras, y Bojayá, localidad ubicada a 380 kilómetros al noroeste de Bogotá, es uno de los casos más dramáticos.
El 2 de mayo pasado, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y los paramilitares combatían en el caserío, en una de las tantas disputas por el control de estas despobladas selvas que son utilizadas para sacar drogas e introducir armas al país.
En el fragor de la batalla, las FARC lanzaron un cilindro de gas relleno de explosivos que hizo impacto en la iglesia donde los habitantes buscaban refugio. La explosión dejó más de un centenar de muertos, entre ellos 45 niños.
Mientras el entonces presidente Andrés Pastrana habló de un “genocidio” y las Naciones Unidas de un “crimen de guerra”, la principal guerrilla de Colombia lo calificó de un “daño involuntario”.
El párroco Antún Ramos todavía recuerda el dolor de ver morir a sus feligreses, pero sabe que tiene una tarea más difícil por delante: ayudar a su comunidad a superar el trauma sufrido.
“Cuando volví a pisar el pueblo después de la tragedia sentía que algo me impulsaba a devolverme… pero ahora quiero regresar a trabajar con la comunidad”, dijo el joven sacerdote, que tuvo que ir un mes y medio al psicólogo para dejar de ver a los muertos en sus pesadillas.
GUERRILLAS AUN PERSISTEN
Aunque muchas personas ya están regresando a sus casas, los que han recorrido la zona aseguraron que la presencia de las FARC y los paramilitares sigue firme. Es una vida difícil, reconocen los desplazados, pero ahora están alegres. Los que ayudan a organizar su regreso lo han apodado operación “retorno con dignidad”.