- Dos kilómetros al este de la Mina El Limón, viajando sobre la ruta de “balastre” que conduce a Santa Pancha, al bordear el cerrito El Bonete se forma una curva que los lugareños llaman “La vuelta del Zorro”. A ambos lados predominan los arbustos, en tanto que en la loma hay árboles de mediano tamaño que crecen en medio de matas de zacate jaragua. Si pasa por ahí, vaya con el Credo en la boca… porque ahí sale el mismísimo Demonio
Mario Fulvio Espinosa/Especial para LA PRENSA [email protected]
“Yo no digo que me salió el Diablo, pero usted juzgará, por lo que voy a contarle, si era o no el mismo Satán el que nos asustó —a mi hermano y a mí— cuando transitábamos por la Curva del Zorro una noche sin luna del año 69”.
Nos volvemos todo oídos ante el relato que hará don Tomás Vílchez Barrera, ex alcalde de Malpaisillo, hombre que pertenece al clan de los “Cabezas de Plata”, alto blanco, ojos zarcos y bigote entrecano.
Desde la Mina El Limón nos llegó el cuento de la visión horrorosa que tuvo don “Tomasito”, y pese a que la existencia del “Uñudo” ha sido cuestionada por el mismísimo Papa, nos fuimos en busca del vidente. Íbamos optimistas a pesar de que don Arnoldo Centeno, un campesino al que le preguntamos la dirección de don Tomás, nos respondió: “De balde van ahí, porque el ‘Cachudo’ no existe. ¡Por ésta! Yo no creo ni en la chancha que asustó al Diablo”.
También antes de su visión don Tomás era un escéptico. “Me reía de los cuentos campesinos sobre ánimas en pena, luces misteriosas y aparecidos, aunque respetaba a los que creen en esos asuntos”.
Con mucha parsimonia don Tomasito Vílchez nos cuenta su historia. “Los hechos que voy a narrar ocurrieron en la Mina El Limón, a 29 kilómetros al norte de Malpaisillo.
UN PEREQUERO CONSUMADO
Usted sabe que cuando uno es joven le gustan las fiestas, y yo era un fiestero consumado. A eso contribuía el hecho de tener numerosas amistades en las comarcas, las que me invitaban a sus parrandas.
“Yo vivía en el barrio ‘El Papalón’, en ese tiempo era solo, no me había acompañado, estaba chavalón. De ‘La Mina’ me iba a las comarcas a cualquier hora de la noche como si fuera de día, y volvía al amanecer. Eso lo hacía los fines de semana y días de fiesta.
En ese tiempo en ese lugar vivía bastante gente, y, además, otras que llegaban de diferentes lugares como Pueblo Nuevo y Cinco Pinos. Con el tiempo la mina vino en decadencia por falta de empleo.
Yo nací en San Antonio, y ya cuando tenía 16 años pasé a trabajar en las cavernas auríferas donde estuve 36 años.
Esa tarde salí con mi hermano menor —que en ese entonces tendría diez años— rumbo a Tecomapa, que está a unos seis kilómetros de distancia.
Antes de llegar a Tecomapa estuve en La Palanca. Platiqué con unos amigos, y ya de ahí salí como a las 9 ó 10 de la noche para Tecomapa, donde estuve conversando con unos primos y un tío.
Era un poco más de la una de la madrugada cuando decido regresarme para ‘La Mina’. Mis parientes me pedían que no me viniera y que me quedara a dormir, pero yo, terco, decidí partir con mi hermano para El Limón.
Había frecuentado tanto esos lugares de noche que me vine de lo más natural, bueno y sano porque no había tomado ningún trago.
Pronto dejamos el camino que viene de las comarcas y agarramos la carretera que va para Santa Pancha. Veníamos conversando animadamente.
En la carretera de tierra que va de La Mina El Limón a Santa Pancha hay un cruce que le llamamos del Cerro El Bonete, tomando esa ruta se sale más cerca de donde está mi casa. Pero no me vine por ahí, sino por la carretera que tiene más vueltas.
Vengo pensando en llegar a dormir un rato y por la mañana salir a vagar un poco. Pero al caminar, más adelantito de la “Vuelta del Zorro” de pronto veo en la parte recta del camino que sale del monte una cosa en el aire. Algo así como un tizón que está bien “embrasado”, como que alguien lo vuela así en el aire y cae en medio del camino.
Primero eso no me sorprende. Pero casi inmediatamente veo que se desprende del tizón un gran chisperío que se desparrama, y sobre la luminosidad de las chispas veo un bulto, un bulto horrible.
Al ver eso mi hermano pegó un grito y comenzó a llorar. “¡Mirá, mirá qué horrible!”, dijo. “Calmate, que no es nada”, le respondí, y seguí caminando despacio. En ese momento el bulto se hizo más visible, era como un hombre grande, recio, de brazos cortos y gruesos, y como que tenía algo sobre la cabeza que yo no pude distinguir.
Como yo siguiera caminando mi hermano me gritó: “¡Parate, parate!”, me decía, y se corría para atrás como queriendo que lo siguiera.
No me quedó otra que encomendarme a Dios y prepararme para enfrentar la situación. Veo que el hombre se hace más grande, lo veo más alto, más recio. Fueron instantes, y lo que a continuación me da repelo es mirar que de repente el hombre hace como que le va a dar el sorbo a un cigarro, sube la mano hacia el rostro y de su boca sale otro enorme chisperío que él esparce por el aire con un ademán violento. Eran chispas grandes, candentes, rojas, brillantes como brasas pequeñas.
Ya eso me puso más tenso. Pero sigo caminando despacio y el hombrón hace como que va a enfrentarme. A estas alturas el chavalo lanza gritos. Yo le digo que me pase el foco con que nos alumbramos, pero él aterrado no me lo pasa. No había luna, todo estaba oscuro a excepción del lugar donde estaba el chisperío.
CAMINABA COMO BALANCEANDOSE
“No te corrás —le dije al chavalo— que eso no es nada. El hombrón viene a mí, en ese momento observo otra cosa terrible. No era un paso normal el que daba, sino que lo hacía balanceándose de un lado a otro, como un péndulo que avanza.
De repente mi hermano como que sacó fuerzas del mismo miedo, se lanzó a la carrera y logró pasar a un lado del bulto. Pasó gritando: “Las tres divinas personas me favorezcan”, pero cuando ya estaba detrás del aparecido, le vociferó: “¡Apartate, hijo de la gran puta!” Y buscó la forma de recoger piedras.
Yo sentía la piel pura carne de gallina y fríos los brazos y el cuerpo. Hasta entonces me acordé que llevaba machete, agarré mi “Collins” con fuerza, dispuesto a dejárselo caer al menor movimiento.
Insisto, yo nunca he creído en esas cosas… Pero me acordé que los señores de antes me recomendaban que nunca se debe dar la espalda a un bulto o fantasma, sino que seguir el viaje que uno lleva o buscar cómo tirar el bulto al lado izquierdo, nunca por la derecha.
Viendo que el bulto viene más cerca, balanceándose, aprieto más mi Collins… Cada vez que me acerco más lo veo más grande y más horrible. Ya estaba como de aquí a esa pared, y casi automáticamente rezo en vos alta: Las tres divinas personas me amparen… Y el espanto balanceándose.
A zancadas busco mi derecha, tiro al bulto por mi lado izquierdo. No voy a ser ‘fachento’ si digo que en ese momento si ese espanto ha hecho algo así como agarrarme, yo le hubiera tirado un filazo con todas mis fuerzas. Pero no intentó nada, pasé al otro lado y el hombre se quedó balanceando, como mirándonos con furor. Pasé, pero me acordé que no tenía que darle la espalda, retrocedía sin dejar de verlo, sin perder ninguno de sus movimientos.
Ya estábamos a varios metros uno del otro cuando los focos de una camioneta que venía a la distancia medio lo iluminaron. En ese instante veo que se hace a un lado de la carretera siempre buscando la orilla del monte.
La camioneta que venía era la que sale a las tres de la mañana de la Mina El Limón y llega a Santa Pancha a buscar pasajeros para llevarlos a León.
Con la luz del vehículo logré ratificar más detalles del hombrón. Llevaba algo así como una sotana que me pareció era de color plomo. También determiné que la cara era negra, brillante, cruel, muda y salvaje.
Pasó la camioneta, el chavalo le hizo parada pero no se detuvo. Seguimos caminando y mirando hacia atrás. Pero el terror no ha pasado, pues creo que el hombrón podría cruzar el cerro y salirnos por el otro lado de la curva.
Pero no ocurrió así. Proseguimos casi a la carrera. Mi hermano va como descontrolado. Llegamos a la casa. Mi papá al verme llegar comenzó a regañarme. Les conté lo que había pasado. No me reclamaron nada. Me preguntaron si había tomado y les dije que no.
Mi hermano por varios días estuvo padeciendo de insomnio y pesadillas. No lo llevamos al hospital, y con el tiempo poco a poco se fue mejorando.
Yo me llevé muchos días sin poder dormir. Una vez soñé que miraba en el camino a un hombre alto, negro, delgado. Le pregunté lo tradicional: “¿Sos de esta vida o de la otra?”… Pero ya en esos términos me desperté.
Así, sólo en sueños tuve el valor de conversar con una aparición.
EL CASO DE DON GOYO
En la mina trabajaba un hombre de Cinco Pinos llamado Gregorio. Hombre sereno y calmo.
Él contó que una vez, antes de llegar a La Vuelta del Zorro se sintió como perdido y cercado por alambres de púas.
Sentía las canillas bien gruesas y pesadas. En ese lugar estuvo escuchando ruidos y voces extrañas.
En la madrugada volvió en sí y se vio a la orilla de la carretera. Recuperó los sentidos y se fue a su casa.
COSAS EXTRAÑAS DEL CAMINO
Hace varios años en la Vuelta del Bonete se volcó un “yucle” cargado de broza. Murió el conductor, que en la Mina El Limón era conocido con el mote de “El Zorro” porque era muy “chilero” y de pelo parado. Por eso ese tramo tan peligroso de carretera ahora es conocido con el nombre de “La Vuelta del Zorro”. Allí han ocurrido muchos acontecimientos extraños con visos de diabólicos.