- Marlon nació con el béisbol en la sangre
Wilder Pérez [email protected]
La vida del receptor de la Selección Nacional de béisbol y de los Indios del Bóer, Marlon Abea, cambió repentinamente el día que murió su madre. Fue un golpe tan esperado como doloroso.
Hoy, a pocas semanas del fallecimiento, Abea sigue sufriendo, y como él mismo dice, “si llorando pudiera revivir a mi madre, estaría todavía haciéndolo”.
En el camino rumbo a su casa en Masaya, en la búsqueda de sus sueños y en las noches solitarias de televisión, Abea encuentra a su mamá. Y llora. Lo hace como cuando se arrodillaba al pie de su silla de ruedas. Tiene motivos de sobra para hacerlo.
“Tuve una madre guerrera, que no le daba pena limpiar una casa o un plato, son cosas que las madres hacen por sus hijos y de ella aprendí muchísimo”, comenta, no obstante, sin derramar una lágrima sobre la grama del Estadio Nacional “Denis Martínez”. Ése es su refugio.
Desde que doña Paz Leonor Membreño Gadea pasó a descansar, Abea se puso a la disposición de la Selección Nacional después que se había negado a integrarse para trabajar en el exterior.
Fue la mejor idea, según el atleta, porque “no me estoy alejando refugiándome en el béisbol, porque a ella le gustaba mucho este deporte”. Y Abea no puede relegarse de su mamá porque “olvidarme de mi madre sería como olvidarme de Dios y eso no lo voy a hacer nunca”.
El mejor recuerdo
A Abea, como a cualquier hijo que pierde a su madre, se le hace imposible quedarse con una sola escena para recordar si así se lo pidieran.
Sin embargo, sobre el gran momento de aquel primer campeonato con los Dantos en 1991, “el momento más grande, pero más grande que con ella viví en este campo fue el día que conecté el imparable número mil. Ése fue un momento grandioso, es el que más voy a recordar de ella, verle la cara, esa felicidad, su hijo había conseguido una hazaña grande”, comenta viendo hacia todos los rincones del Estadio Nacional.
Al preguntarle qué cambiaría por doña Leonor, como se le conoció popularmente, Abea suspira profundo y tarda en contestar. “Hubiese querido ser yo el enfermo y no mi mamá, realmente me dolió mucho desde que descubrimos la enfermedad ¿qué cambiaría? Es una pregunta muy difícil porque en numerosas ocasiones yo hablaba con ella y le decía que yo quisiera ser yo el que tuviera esa enfermedad. La madre es la madre, no hay precio”, responde.
Y para él fue muy especial. Se manejaba todas las estadísticas del hijo que siguió los pasos de su esposo, el reconocido Octavio Abea, y jamás lo dejó ni cuando necesitaba dinero ya adulto en Estados Unidos, por incapacidad para trabajar por una lesión.
Abea la admira al punto que si su papá fue su héroe, su mamá fue madre y también padre, desde que él tenía 12 años de edad. Ahora tiene poco más de 30.
Por eso el receptor más fuerte de este béisbol luchó con todo contra la enfermedad de su mamá. Así se volvió en un hombre ducho en el cáncer y aprendió a estar lejos de su familia y del béisbol trabajando responsablemente y saliendo de dificultades disciplinarias.
Pero perdió la batalla. “No es fácil batallar con una enfermedad tan tuda como el cáncer, vi cómo en el año y seis meses que vivió la enfermedad mi madre cómo fue deteriorándose”, reconoce, no sin agradecer a Nemesio Porras, Sandy Moreno, Hubert Silva y Renzo Bagnariol por su apoyo.
Y no es que Abea no haya estado claro de luchar contra lo invencible, pero sólo tenía un deseo que pedirle a Dios: “que ella muriera cuando yo estuviera aquí”. No le fue concedido. Creyó que era mentira hasta que le vio el rostro por última vez. No funcionaron los calmantes.
Hoy el pelotero es otro. Su soledad solamente es interrumpida por su esposa e hijo. “Esto me ha servido mucho a madurar como padre, como persona, como hijo, darle el valor necesario a la madre… la tendré siempre en mi pensamiento y mi corazón”.
«NO SÓLO DEL BEISBOL»
-A sus 12 años de edad, Marlon Abea ya era el “brazo derecho de su padre”, pero éste murió. Cuando enterraron a su mamá los restos del papá fueron exhumados y el atleta recogió uno de los huesos.
-“Puede que sea una locura pero mi mamá me dejó una cadena gruesa y ya tendré algo de los dos”, justifica.
-Pero lo más grande que tiene es un consejo de antaño: “Siempre me dijeron que no dependiera sólo del béisbol, porque esto pasa y eso hice”.
-Además, están los genes. “Nunca voy a olvidar sus consejos, sus locuras, porque (mamá) era loca igual que yo, como digo, entre dos locos me procrearon y salí yo”.