Los primeros trabajadores de la Planta Eléctrica. Año 1934. De derecha a izquierda: Moisés Henríquez, Guillermo Fernández, Juan José Hurtado, Carlos Alberto García y Carlos Ramos.

Trabajó medio siglo en la producción de luz y fuerza

Su nombre es Carlos Alberto García Márquez. Comenzó a laborar como “aprendiz” en la empresa norteamericana Central American Power, que era la que proporcionaba energía a los managuas de los años treinta. Durante cincuenta años fue responsable de las plantas eléctricas de Los Manguitos. Hoy considera que esa institución jamás supo apreciar sus esfuerzos Mario […]

  • Su nombre es Carlos Alberto García Márquez. Comenzó a laborar como “aprendiz” en la empresa norteamericana Central American Power, que era la que proporcionaba energía a los managuas de los años treinta. Durante cincuenta años fue responsable de las plantas eléctricas de Los Manguitos. Hoy considera que esa institución jamás supo apreciar sus esfuerzos

Mario Fulvio EspinosaEspecial para LA [email protected]

Del puente El Edén media cuadra abajo, como quien va hacia La Tiendona —a mano derecha— existe una casita chiquita y metidita donde funciona un remedo de pulpería, ahí vive don Carlos Alberto García Márquez, nacido en el Barrio Santo Domingo un 17 de marzo de 1913, por cierto un Lunes Santo.

Este anciano, bajito, ladino y sin pelos en la cabeza, guarda muchos recuerdos del barrio que le vio nacer: “Dejé el ombligo en una casa situada esquina opuesta a la Iglesia, que en ese tiempo era una ermita de dos aguas construida con tablas destartaladas y una torre cuadrada anexa, con un tambo para el campanario. Frente al templo existía un patio donde se construía año con año la plaza de toros de las fiestas agostinas.

Esa iglesia fue muy concurrida, y lo fue más cuando pasó a manos de los jesuitas, que lo primero que hicieron fue botar el templo y construir otro que tenía dos torres elegantes, y en medio de ellas una gran estatua del Corazón de Jesús que tenía abierto los brazos y permanecía de pie sobre el mundo. Debajo una leyenda decía: “Venid a mí todos”.

Después nos fuimos a vivir al Barrio Largaespada, por donde después se construyó el Cine Salazar, esos terrenos eran propiedad de un tal doctor Campari. La Catedral era una construcción mediana de piedra cantera con un frontispicio de tres niveles. Al lado norte, el del lago, se le había construido una especie de torre en cuya parte superior quedaba el campanario. Esa iglesia fue demolida para dar paso a la construcción de la que actualmente está en ruinas. Frente a Catedral estaba el Parque Central, rodeado de una elegante verja de hierro y con un bonito kiosco de ese mismo metal en el centro.

Frente a la parroquia estaba el Club Managua y más para acá vivía Pablo Leal que era un famoso boxeador. En la otra esquina estaba la Alcaldía. Entre los vecinos de ese barrio estaban los Bernheim, los Bengoechea, los Leal, los Báez y los Valle, la diversión era que muy temprano en la tarde nos ponían a rezar, a veces nos daban permiso de salir a jugar el escondido, omblígate, pegue sentado, pero ya a las nueve teníamos que volver a casa porque, recuerde usted, que entonces éramos muy cumplidos los chavalos, se respetaba mucho a los viejos y se les obedecía.

Yo estudié un año donde los Hermanos Cristianos debido al apoyo que me brindó mi padrino, don Toribio Matamoros, que era casado con doña Fanny Díaz, hermana del presidente Adolfo Díaz. Después pasé al anexo de ese centro, que llevaba el nombre de Monseñor Lezcano y estaba situado frente al Campo de Marte.

Lo que pasa es que mis padres eran muy pobres. Éramos diez hermanos, cinco varones y cinco mujeres, mi papá, don Francisco Márquez era impresor, pero después se dedicó a la zapatería; mi madre se llamaba Bernabela.

LAS BUJÍAS ERAn “COSAS DEL DIABLO”Cuando yo era un niño ya había luz eléctrica, pero la gente decía que la luz era cosa del Diablo. Decían que eso no servía, que alumbraban más las lámparas de carburo, las de gasolina, los candiles y las candelas, añadían muchas otras razones. Lo que pasa es que la gente tiene temor a los cambios y se aferra con fuerza a las cosas del pasado.

Mis abuelos decían que cuando no había luz eléctrica las calles de Managua se alumbraban con candiles, había un candil en cada esquina y un empleado de la Municipalidad se encargaba de encenderlos a las seis de la tarde y apagarlos en la madrugada. Para fabricar, reparar y cargar con gas los candiles existía una casa, donde los serenos hacían esas labores, esa casa se llamaba “La Candilería”, pero no tengo ni idea en qué época fue eso.

La Managua que yo conocí de niño era muy pequeña. Pero desde aquel tiempo la Planta Eléctrica estaba ubicada en terrenos de la Quinta Nina, y sigue en ese lugar entre palos de mango y numerosas palmeras de coco.

Las primeras plantas eléctricas datan de 1902. Las trajo un señor de apellido Peña. Un día este señor se declaró en quiebra y las vendió a la empresa norteamericana Central American Power.

Ya para ese tiempo me gustaba leer y estudiar el libro de Ciencias Naturales donde había elementos de biología, química, electricidad, física y dinámica. Me interesó un apéndice que se refería a la máquina de vapor, allí estaba todas sus piezas y sus mecanismos de fuerza, yo me los aprendí porque me gustaba la mecánica y todo lo referente a la electricidad.

El ferrocarril recorría toda la orilla del Lago de Managua, y ya en tiempos de Emiliano Chamorro, creo que allá por 1917, circulaban unos pocos carros, pero el transporte citadino era en berlinas tiradas por caballos. Durante el día había mucho movimiento entre los dos mercados, el San Miguel y el Central. Del San Miguel una cuadra al norte estaba un edificio de dos pisos propiedad de don Max Borge, allí estaban las oficinas de la Central American Power. Esquina opuesta quedaba la Ferretería Mendoza, de ahí una cuadra abajo la Librería Alemana, donde un día compré esa estampa de San Rafael que usted ve ahí y que está volando los pedazos.

Después del terremoto de 1931 comencé a trabajar como aprendiz en la Planta Eléctrica.

¿De ese terremoto qué recuerda?
Mis padres ya habían caído en una etapa más pobre todavía, y vivíamos frente a donde es ahora el Granero Nacional, ahí había un estadio donde jugaban el San Fernando, El Bóer, El Managua y El Granada. Después estuvo por ahí el Hospital de la Guardia.

Entré a la Planta Eléctrica por recomendación de un amigo de mi padre, don Teodoro Montalbán, yo tenía 16 años. Conste, que ya a los once años era un zapatero consumado, porque en esa época uno tenía que buscar oficio porque no podía andar de balde… ¡Ahora qué capaz! Todos andan de vagos de un lado a otro buscando vicios y diversiones.

Mi maestro en la Power fue don Moisés Henríquez, que era el que manejaba las unidades eléctricas, tendría para entonces unos cuarenta años, era alto, negro, mal encarado, me decía: “Aquí vos venís a aprender y no a perder el tiempo, fijate bien en lo que estás haciendo y sacá conclusiones de cómo hacer mejor las cosas”.

La planta la manipulaban seis hombres, ese era el personal, dos operadores, dos ayudantes y dos mecánicos.

¿Qué tipo de plantas tenían a su cargo?
Trabajábamos con tres unidades de generación eléctrica marca “Busch Shultze”. Se suponía que generaban 500 kilovatios, pero no desarrollaban ni 300, en el día trabajábamos con una unidad, en la noche con dos, pero un ratito, de las seis a las siete para mientras levantaban “el pico”, después quedaba una. Así se cubrían las 24 horas, porque había que mantener operando una bomba de la Aguadora.

¿Cómo era la demanda de energía en ese tiempo?
Casi nadie ocupaba la luz, sólo ciertos individuos. El alumbrado de las calles estaba dividido en tres secciones, norte, sur y centro, las bujías de cincuenta estaban para el centro, los barrios se alumbraban con bujías de 25 wats. El problema era la poca potencia de la máquina, que hacía que esas bujía alumbraran como candelas.

¿Y con esas máquinas se movía la industria de Managua?
Sí, pero era muy poca, sólo los talleres de la Sin Fin, los de Sajonia, los talleres del Ferrocarril y otros pocos. La Casa Presidencial tenía un swicht especial que nadie podía tocar. Era más alumbrado que otra cosa lo que había.

Allí, en la planta, trabajé durante cincuenta años. Recuerdo que la Power tuvo dos momentos tristes, sufrió un terremoto en El Salvador que desbarató todito el alumbrado, y aquí otro terremoto en 1931 que la dejó en la calle. Entonces vendió al Gobierno lo poco que le quedaba, porque ella tenía una concesión de cincuenta años que no pudo aprovechar.

Las máquinas eran de diesel rubio y generaban 13 kilovatios por galón. Por aquellos tiempos nunca hubo los problemas que se plantean ahora con los precios y la escasez del bunker o petróleo.

Cuando el Gobierno compró la empresa, uno de los periódicos que siempre atacó ese proceder fue “La Prensa” que en un titular decía “La destartalada Diesel”, en referencia a la mala compra hecha por el Estado.

Esa venta ocurrió como en 1938 ó 39, ya en 1941 se instaló la primera máquina “Wortingthon”, de ocho cilindros de 700 y mil caballos de fuerza. En Managua el alumbrado comenzó a generalizarse rápidamente, lo que obligó a la Empresa a comprar otra máquina de 1,500 caballos para mil kilovatios. Pero eso fue poco, ahí nomasito se tuvo que comprar otras dos máquina más grandes para satisfacer la demanda.

Nicaragua fue progresando aceleradamente, y ya después se compraron unidades de setenta, mil y hasta doscientos mil kilovatios, pues para decir algo, en los hogares ya se utilizaban planchas, refrigeradoras, mantenedoras, y toda clase de aparatos movidos por electricidad. La gente le había perdido el miedo a la energía y gozaba de las facilidades que ella le daba.

Cuando abandoné el trabajo, la empresa tenía dos unidades diesel, cuatro unidades Wortinghton, dos unidades de cuatro mil caballos marca “Norbert”. Dejé de trabajar en 1980 después que entraron los sandinistas.

COSAS PERSONALES

-“Me casé el 17 de marzo de 1947 con una señora de León llamada Emma Martínez, ella murió el 4 de agosto de 1975”

-“Tuvimos varios hijos pero todos murieron, sólo quedó uno, Rafael, que vive en Estados Unidos, y quien tuvo dos hijas: Martha Lidia y Bernabela

-Ahora vivo con mi nuera, que es la que me cuida y me da todas mis cosas.

VIDA DE TRABAJADOR

“La vida es injusta. Le hablo de la mía porque siempre fue un calvario. Trabajé con amor, con devoción y con todo lo bueno que puede dar un hombre, sin embargo la empresa me pagó mal. No me pudieron apreciar. Cuando me cesantearon después de cincuenta años de labor, sólo me dieron 17 mil córdobas, y ahora sobrevivo de una miserable pensión”.   

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