René Cárdenas*
En 1939, cuando la Tercera República de Alemania (Reich) hizo estremecer a Europa con sus avances bélicos que culminaron en la Segunda Guerra Mundial, nuestro personaje de hoy, Andrés Reiner, apenas tenía seis años, y en vez de practicar deportes, se las arreglaba para sobrevivir con su familia en aquellos aciagos días llenos de incertidumbre.
Andrés, que naciera en Budapest, Hungría, una de las más grandes y bellas ciudades del Este de Europa, situada en la ribera del Río Danubio, proviene de una reducida familia compuesta de sus padres y su hermano mayor. Su papá fue jugador profesional de fútbol soccer, y el chico jugó algunas veces, cuando había menos sobresaltos en aquella era de futuro incierto.
La familia de Andrés Reiner, al igual que millones de otras familias, abandonó la convulsionada Europa de entonces, para encontrar paz y bienestar en los confines del continente Americano. En 1946, los Reiner, llegaron a la tierra del Libertador Simón Bolívar, Venezuela, donde fueron graciosamente acogidos, y donde el joven Andrés, ya de once años, aprendió la lengua de Cervantes a las mil maravillas.
En el conocido y sabroso ambiente deportivo venezolano, Andrés fue flechado por uno de los amores de su vida, el béisbol, gusanillo que lleva orgullosamente en su sangre y sin el cual no podría vivir. Durante años fue ávido lector de las páginas deportivas y de las narraciones de béisbol, de las cuales no se perdía una sola. También lo jugaba, y cuando dejó de hacerlo dedicó el resto de su vida al mismo deporte, pero en diferentes capacidades.
Dicen sin seguridad que el padre de las Academias de Béisbol en la América Hispana fue el que una vez manejara las riendas de los Dodgers, Al Campanis, y su brazo derecho, el cubano Rafael Ávila, en Guerra, República Dominicana.
Lo que el dinero de Peter O´Malley hizo de ese centro deportivo fue un pequeño paraíso en medio de ninguna parte, y estableció el modus vivendi de lo que se conoce como Academia de Béisbol en nuestros días. En otras palabras, la modalidad quedó establecida para emularse.
Más tarde, cuando los otros equipos aprendieron que por una módica inversión era factible producir y obtener peloteros de habla hispana, se dieron a la tarea de seguir el ejemplo de los Dodgers. Tan bueno es el plan, que hasta los japoneses están en la onda de producir peloteros y venderlos al mejor postor como hacen con las cámaras y otros productos.
¿Academia? Para mí, una Academia es una sociedad científica, literaria o artística. Mi diccionario que me respalda, también dice que fue una casa con jardín, cerca de Atenas, donde enseñaron Platón y otros filósofos. Agrego que también es un establecimiento donde se instruye a los que han de dedicarse a una carrera o profesión; en este caso, los aspirantes a ser jugadores ligamayoristas.
“Realmente creo que el nombre Academia es un poco exagerado. Fue el sistema del béisbol que inventó eso”, dijo Reiner. “Yo diría más bien que es una escuela de béisbol. Simplemente se trata de instruir al pelotero que tiene condición para jugar; cómo debe comportarse dentro y fuera del terreno, si es que está decidido a hacer de la pelota una carrera profesional,” dijo, con un digno aire de maestro y un sentido de profunda credibilidad.
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Es columnista independiente, contratado por los Astros.