Sobre el término “guaca” y sus diversas acepciones

Jorge Eduardo Arellano

Utilizado por don Enrique Bolaños en su última declaración presidencial, el término “guaca” es una de las herencias léxicas de la lengua quechua al español de América. Llamada originalmente “runasimi” (“lengua de seres humanos, gente”), el quechua es una de las más importantes lenguas amerindias. Difundida por un vasto territorio de Sudamérica, incluso a raíz de la conquista española, su número actual de hablantes es de unos siete millones. Hablantes de quechua —lo comprobé hasta pocos años— todavía se localizan en los puertos chilenos de Arica e Iquique. “Guaca”, sin embargo, no se registra en Colombia (Haensch y Werner, 1993).

El vocablo procede de waca: dios de la casa; y su primitiva acepción es “sepulcro de los antiguos indios, principalmente de Bolivia y Perú, en que se encuentran a menudo objetos de valor”. Así se lee en el DRAE (1992: 1062), donde figura otra acepción más concreta, “tesoro escondido o enterrado”, con la marca indefinida de América meridional. También el Diccionario oficial de la Lengua Española lo define como “sepulcro antiguo indio en general”, vigente en la América Central.

Carlos Mántica informa que “guaca” llegó a Nicaragua durante el segundo cuarto del siglo XVI, cuando fue desarrollado un comercio intensivo con el Perú. Otras palabras quechuas la acompañaron: cacho, chácara, chintano, guarapo, guaro, papa, pipián, tanda y tambo, por citar las de mayor uso en nuestra habla. Pero “guaca” no sólo tiene en Nicaragua esas acepciones. Tampoco, por supuesto, el vocablo es privativo de nuestro país.

Por extensión, aquí se ha identificado más con “escondrijo” / [u] “hoyo en que se ponen a madurar frutas cubriéndolas con hojas”, de acuerdo con el capital Diccionario del habla nicaragüense (1948: 143) de Alfonso Valle; acepción que se mantenía en los primeros años noventa, especialmente en medios rurales: “lugar tapado para madurar frutas”, según el Vocabulario popular de Nicaragua (1994: 111) de Rabella y Pallais. Esta obra también la define como “lugar tapado para guardar cosas” y como “escondite”. El DUEN (2001: 90), o Diccionario de uso del español nicaragüense —elaborado y editado por nuestra Academia— confirma ambas acepciones y proporciona un ejemplo: unas líneas del cuento de Mariano Fiallos Gil: “El coyote y la Elsita” (datado en los años cuarenta del siglo XIX): “-Alguna guaca tienen”.

Otra acepción que adquirió “guaca” fue el de buzón o depósito de armas. Es lógico suponer que este significado ya debió interrumpirse, mas en nuestro insólito país uno nunca sabe. Tal contenido semántico se localiza en otro cuento, “En tinieblas”, de Lizandro Chávez Alfaro, perteneciente a su galardonado libro a nivel latinoamericano Los monos de San Telmo (1963: 21): El agua va a borrar mis huellas. Pero también es malo para la “guaca” […] te voy a decir un secreto. Como a veinte kilómetros de aquí enterramos un lote de armas, bien engrasadas, y municiones para barrer a toda la Guardia. Igualmente, la misma acepción se halla en la novela Cuartel general (1988: 54) de Jesús Miguel Blandón: Los machos [gringos, JEA] andaban escurcando cosas buscando alambiques y ni quiera la virgen que encontraran alguna “guaca” porque mataban a un cristiano sin mayores averigüaciones.

Naturalmente, esta acepción belicista nunca ha surgido en Costa Rica. La que predomina en el hermano país vecino es la de tumba de indios. De ahí que se les llame “guaqueros” a quienes se dedican, por cuenta propia, “a descubrir y desenterrar tumbas indígenas” (Quesada Pacheco, 1994: 122). Por otro lado, “guaca” se extendió a parte del Caribe: Panamá, Cuba y Puerto Rico. En el país ístmico —afirma el DRAE— no es sino “una vasija, generalmente de barro cocido, donde aparecen depositadas las joyas y objetos artísticos, en las sepulturas indígenas”. En la ex-Perla de las Antillas, al igual que en una de las acepciones “nicas”, se le denomina el “hoyo donde se depositan frutas verdes para madurar”; y también, simplemente, a la alcancía. Y en la antigua Borinquen —sostiene Augusto Maralet (1917 y 1999: 205)— la frase verbal “hacer uno su guaca” tiene su correspondencia en “hacer su agosto”, es decir: robar.

De aquí se deriva el contenido que le ha otorgado a “guaca”, en su eficaz comunicado, el presidente Bolaños: dinero mal habido. No hace falta señalar a los sujetos a quienes alude: nuevos “guaqueros” o “hacedores de nuevas guacas”. Ya todo el mundo sabe que de quiénes se trata.

Lo que sí considero puntualizar es la grafía del popularizado vocablo. Todas las prestigiadas fuentes referidas lo escriben con / g /. En cambio, dos de nuestros diarios optaron por la / h /, entrecomillándolo correctamente. Ambas formas son válidas. Pero debería imponerse el uso ya generalizado o suficientemente documentado. ¿Acaso escribimos Nicaragua con / h /?

El autor es historiador.  

Editorial
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