- “Respeto mucho a Beethoven y creo que fue el más grande músico en cuanto a la calidad de sus sinfonías y conciertos para piano, pero mi preferido es Mozart por más ameno, juguetón y variado. Mi padre prefería los románticos, Listz, Chopin y Debussy, que marcaron para siempre su producción musical” (Carlos Tünnermann Bernheim)
Mario Fulvio Espinosa/Especial para LA [email protected]
Una hora antes de la salida del Sol y bajo el embrujo marcial de una diana ejecutada por la Banda de los Supremos Poderes, despertaron los managuas el cuatro de marzo de 1933 para festejar el cincuenta aniversario de haber sido ordenado sacerdote el obispo de la capital, monseñor José Antonio Lezcano y Ortega.
Personas piadosas y elementos distinguidos del gobierno habían preparado un programa solemne que despuntaba con una misa de revestidos que tendría lugar a las seis de la mañana en la Iglesia del Perpetuo Socorro, en la cual cantaría un coro de jovencitas del Colegio La Inmaculada, acompañado por la orquesta del maestro Tomás Urroz.
A las doce del día se ofrecería al prelado un banquete que estaría amenizado por la Orquesta Urroz, que entre otros números interpretaría la Obertura “Pique Dame”, de Franz Von Suppé; “En un mercado persa”, de Albert Ketelby; y “Serenata”, de Ruggiero Leoncavallo.
Sin embargo, el punto culminante del festejo era un concierto de música clásica que se realizaría a las cuatro de la tarde en el salón de recepciones del Instituto Pedagógico, en el que participarían los mejores maestros músicos de esa época, que eran, sin lugar a dudas, don Carlos Tünnermann López, Humberto y Luis Urroz, Arturo José Medal y Luis Abraham Delgadillo.
El discurso de ofrecimiento fue pronunciado por el Excelentísimo Señor Vicepresidente de la República, doctor Rodolfo Espinoza R., “cuyas palabras fueron una verdadera explosión de elocuencia y apoteosis de talento y de cariño para monseñor Lezcano”, según lo registró el periódico “Los Hechos” en una crónica firmada por la periodista “Nubia”, que al referirse al concierto certifica:
“Tomaron parte en este concierto: el Liszt nicaragüense Arturo José Medal; Carlos Tünnermann López, pianista y compositor conocidísimo que prestigia el bello arte de Beethoven; Humberto y Luis Urroz, don Jesús Cano y Sra., concluyendo el acto con la Danza de Kukulkán, composición del artista don Luis A. Delgadillo, verdadera apoteosis de nuestra música regional…”
Tres años antes, el 25 de julio de 1930, el maestro Tünnerman López había participado en un recital en homenaje a la esposa del Ministro de la Legación de Estados Unidos en Nicaragua, Matthew E. Hanna, en ese evento le correspondió alternar con la pianista Justina Huezo de Espinoza, con el flautista Rafael Huezo, y con el violinista Tucho Montealegre.
Entre las melodías interpretadas esa noche figuraron la “Obertura Triunfal”, de C. Broutin; el “Sueño de amor”, de Franz Liszt; y la “Sinfonía Oberon”, de Von Weber. Vale decir que los artistas conquistaron prolongados aplausos de la concurrencia y tuvieron que hacer repeticiones.
Sobre los músicos notables que deleitaron a los habitantes de la vieja Managua continuamos conversando ahora con el doctor Carlos Tünnermann Bernheim, hijo de don Carlos Tünnermann López, el pianista laureado que actuó aquella tarde del cuatro de marzo de 1933 en el concierto a monseñor Lezcano.
MAESTRO DE PANTALÓN CHINGO
No vacila el doctor Tünnermann Bernheim cuando afirma que el buen gusto musical que pretende tener le viene de su padre, “que era hijo de un alemán llamado Whilhen Tünnermann, quien había llegado a Nicaragua en 1888 con la idea de crear una casa bancaria para habilitar a los agricultores alemanes que residían en nuestro país, pero falleció en el último de los tantos viajes que realizó a Europa para consolidar su empresa. Don Whilhen había contraído matrimonio con doña Guadalupe López Piura, persona muy conocida en el barrio del Perpetuo Socorro, porque todas las tardes se sentaba en la acera de su casa —casa donde yo nací— y conversaba con toda la gente del barrio que por ahí pasaba, esa era una sana costumbre de los habitantes de la Managua que desapareció con el tiempo.
“Doña Guadalupe, ya viuda, puso a estudiar piano a mi padre, encomendando esa misión a viejos profesores de música de Managua. Salió muy aventajado el chiquillo, y al poco tiempo, cuando todavía andaba de pantalón chingo, doña Chepita Toledo de Aguerri, que ya para entonces tenía su Escuela Normal Central de Señoritas, admirada del talento del jovenzuelo lo invitó a formar y dirigir una estudiantina para su centro de estudios.
“Eran treinta señoritas que además de cantar se acompañaban con mandolinas, bajos, ocarinas y guitarras, con la misión de amenizar los actos culturales que ahí se realizaba. Por esa razón él figura entre los fundadores de la Normal de doña Chepita, al lado de otros eminente educadores como. Doña Leonor García de Estrada, Salvadora Tijerino, Concepción Alegría, Víctor M. Zúñiga, Ignacio Fonseca, Soledad Rostrán de Arriola, Leonardo Montalbán, Edelberto Torres y Luis A. Delgadillo.
“Pronto estuvo brindando clases a domicilio y también en la casa, en la vieja casona ubicada en el Barrio del Perpetuo Socorro, en la misma manzana de “La Número Uno”, que era la residencia de Zelaya. Como vecinos próximos teníamos a las famosas señoritas Salvatierra, que eran ricas casatenientes, y también a los Vega Téllez y a la familia Estrada.
“El terremoto de 1931 derrumbó una pared de esa casa y mi padre y mi tío Guillermo Tünnermann, que fue gerente del Banco Nacional, la restauraron. En términos técnicos, esa casa quedaba en la Primera Avenida Sureste, Número 404, y esto lo recuerdo muy bien porque mi hermano Guillermo y yo, muy temprano comenzamos a coleccionar estampillas, y se nos ocurrió tener canje con coleccionistas de otras partes del mundo. Un día publicamos un anuncio en la revista argentina “Rojo y Negro”, y nos llovieron cartas solicitándonos estampillas de Nicaragua, que en ese tiempo eran muy apreciadas. En esa correspondencia usábamos el nombre de mi padre, pero sólo poníamos “Casa 404 Managua”, se nos olvidaba poner Primera Avenida Sureste, pero las cartas nos llegaban porque vivíamos no muy lejos del antiguo correo que quedaba en la siguiente manzana, en una vieja casa donde más tarde se construyó el almacén Sears.
“Como dije, durante su vida activa mi padre daba clases en la casa, su figura es recordada por muchas personas porque vistió siempre de lino o dril blanco, también usaba su sombrero de pita, y era muy puntual con sus clases. A la casa llegaban muchos alumnos”.
Esa casa quedaba en la que después fue Avenida del Centenario, siendo yo un cipote me encantaba pasar por ahí a eso de las tres de la tarde, cuando don Carlos interpretaba música de Chopin y sus Romanzas que a mí me encantaban.
Cierto, pero no sólo él tocaba. También se desarrollaban conciertos de piano de sus alumnas y conciertos de canto que mi padre acompañaba, porque entre otras cosas vendía pianos y métodos para piano, el más famoso de éstos era el Beyer. Todos pasaban por él, aunque ahora se aprende a tocar con otros métodos que contienen versiones fáciles para niños del “Para Elisa”, de Beethoven, y de los preludios y valses de Chopin. Otro método obligado era el de ejercicios digitales de Hanon, que hacía desistir a muchos aspirantes a pianistas ante las dificultades que presentaba.
LA ESCUELA NACIONAL DE MÚSICA
Por los años cuarenta ya transitaban Managua varios profesores de piano, mi padre era maestro titular de la Escuela Nacional de Música, que nace adscrita a la Escuela de Bellas Artes en tiempos de Genaro Amador Lira, que era un gran escultor y dibujante, pero se disgustó con Somoza García y se fue. Después ocupo la dirección el maestro Rodrigo Peñalba, y en ese tiempo ocurre la separación de la Escuela de Música del resto de Bellas Artes. El primer director de la Escuela de Música fue el maestro Luis Abraham Delgadillo, y el subdirector mi padre.
Entre los alumnos de mi padre recuerdo a Luis Urroz, hijo de Luis Felipe Urroz. Los Urroz fueron una familia de músicos connotados, recuerdo a Tomás Urroz, el primer violinista nicaragüense que estudió nada menos que en el Conservatorio de Bruselas, otro genio musical fue Luis A. Delgadillo que fue becado —igual que Urroz— por el gobierno de Zelaya, para estudiar en el Conservatorio de Milán.
El maestro Delgadillo escribía en “La Noticia” una columnita que titulaba “A manera de Suite” y por las tardes llegaba de impoluto traje blanco a sentarse en la puerta del periódico para mirar con aire indiferente a los que pasaban por la acera. Llamaba la atención por su rostro severo y por su larga melena blanca. ¿Cómo fue becado este señor?
Ocurrió así. En cierta ocasión doña Chepita ofreció una velada a la que fue invitado el presidente Zelaya, al que le llamó la atención la perfecta ejecución musical que hizo el jovencito Luis Abraham Delgadillo.
“¿Quién es ese jovencito?” preguntó Zelaya. Ese jovencito se llama Luis Abraham Delgadillo, le respondió alguien. “¿Y de quién es hijo?”. Pues del doctor Teodoro Delgadillo y de doña Manuelita Rivas, “Ah —dijo Zelaya—, esa es una familia conservadora, pero no importa, que venga para acá”. Se acercó Luis Abraham y Zelaya le pregunta: “¿Desea usted estudiar música a Italia?” “Es mi mayor anhelo”, respondió Delgadillo. Y ocurrió que Zelaya lo mandó a estudiar al Conservatorio de Milán por cuenta del Gobierno de Nicaragua.
LA FAMOSA ORQUESTA VEGA MATUS
También venía con frecuencia de Masaya a Managua la famosa orquesta de don Alejandro Vega Matus. Se dice que Zelaya le daba prioridad a los músicos de don Alejandro, que también fue un notable compositor. Había una competencia de calidad en ese arte, pues también estaba la orquesta de los Hermanos Urroz, compuesta por toda una familia, lo mismo que el Conjunto de Cuerdas y Piano de don Carlos Tünnermann.
Otras orquestas más recientes fueron la de don Paco Fiallos, el padre del actual Procurador, y la que dirigía el maestro Julio Max Blanco, ya con más sentido de recreación popular y menos clásica. De ese género también fueron notables la Marimba Orquesta de don José Abraham Sánchez, la de los Hermanos Barrios y otras que fueron más contemporáneas.
No debemos olvidar que en la vieja Managua tuvimos una Orquesta Sinfónica que ensayaba en el Liceo de Lolita Soriano.
Lolita fue la benefactora de las artes y lo sigue siendo aún en espíritu, porque en su casa siguen ensayando los músicos. Todos los filarmónicos le guardan gran respeto y admiración.
Me cuentan que su papá acompañó al famoso tenor costarricense Melico Salazar, cuénteme algo de eso…
Ésta era una de las anécdotas de mi padre que más enorgullecía a mi madre. Ella me contaba que aquí vino el famoso tenor costarricense Melico Salazar, que tenía una voz tan buena en registros y armonías como la de Caruso. Melico fue un talento que se desperdició por su afición a la bohemia. Pues ocurre que vino y dio un concierto en el Teatro Variedades, y hay una crónica que escribió el periodista Octavio Delgado, en el año 55 —muchos años después del concierto—, donde da cuenta que lo acompañó al piano don Carlos Tünnermann López, y que ambos ensayaban en el Teatro Variedades donde fue el concierto.
Pero en una segunda visita Melico ya no pudo cantar. En esa ocasión lo fueron a buscar al Hotel Lupone donde se hospedaba, entre otros, mi padre, don Elías Argeñal, don Fabio Delgado y mi madre, lo encontraron impotente porque estaba totalmente ebrio.
Otro músico destacado fue Luis Urroz, alumno distinguido de mi padre y que más tarde se fue a los Estados Unidos. Me dicen que murió no hace mucho en San Francisco después de una carrera musical de éxito. También recuerdo a Evenor Zúñiga, el hijo del maestro Víctor Manuel Zúniga, que estudió piano con mi padre y que ofreció excelentes conciertos, pero era bohemio y murió en plena juventud, prematuramente.
Otros profesores de música del siglo pasado fueron, mi tía Rosalpina Espinoza de Bernheim, hija del doctor Rodolfo Espinoza, Vicepresidente de la República. Rosalpina, era una pianista excelente. También Arturo José Medal, que era pianista concertista, y que emigró a Chile donde llegó a ser profesor del Conservatorio de ese país; treinta años después volvió a Nicaragua cuando yo ya era rector de la Universidad, y en homenaje a la vieja amistad que él conservó con mi padre lo invité a dar un concierto en el Auditorio Ruiz Ayestas de la UNAN (León), fue un concierto maravilloso, pues era un pianista de primera, se casó con una dama chilena y no sé si al ocurrir su muerte la familia se habrá regresado a Chile o vivirá aquí.
Puedo mencionar a los alumnos de canto que mi padre acompañaba al piano, entre ellos a Julio Ruiz y Thelma Carrillo. Julio alguna que otra vez creo que recibió lecciones de canto del maestro Ramón González.
Hay una escena que no puedo olvidar, la mañana en que se juntaron en mi casa Luis Abraham Delgadillo, Víctor M. Zúñiga y mi padre. Los tres tenían la misión de parte del Gobierno de adaptar la letra del Himno Nacional de Nicaragua, escrita por don Salomón Ibarra Mayorga, a la partitura, cosa que era difícil, pues la música de nuestro himno tiene sus problemas para el canto.
Zúñiga era el que cantaba para probar si la letra quedaba o no adaptada. De manera que allí en la sala de mi casa se realizó una de las sesiones de trabajo de la Comisión que nos legó el Himno Nacional, no sé si habrá sido la última o una de tantas.
DERECHO POR MUSICA
Carlos Tünnermann pensaba así: “A mí me hubiera gustado ser pianista por adorno, pero también tenía vocación para estudiar una carrera universitaria, mi padre me comenzó a enseñar, llegué a dominar el primer método Beyer y el Hanon, pero tuve que elegir entre mis estudios de Derecho y el aprendizaje musical. Ganaron los primeros.
Mi padre siempre me decía: “Te voy a enseñar, pero no como carrera, porque te lo digo por experiencia, es una profesión muy ingrata, uno tiene que seguir una carrera profesional porque este país no está preparado aún para los pianistas ni para los compositores”.
UN PIANO QUE ESPERA
“A veces me siento ante el viejo piano a reconfortarme con el espíritu romántico de mi padre, pero a pesar de que domino notación musical, la falta de práctica hace que ejecute al oído. Traté de que mis hijos aprendieran, pero les pasó las mías: al llegar a la universidad se olvidaron del piano” (Carlos Tünnermann Bernheim).