Javier Gómez Biscarri*
El tipo de cambio euro/dólar superó por fin esa barrera psicológica del número “uno”: después de haber descendido a un abismal 0.82 dólares por euro, parece que la paridad se está situando, por ahora, alrededor de un dólar por euro. Analistas en Europa se mantienen cautos, mientras los americanos echan mano de un lenguaje pre-apocalíptico como no habíamos visto en mucho tiempo.
El New York Times tituló un reciente artículo “El euro sobrepasa al dólar en lo que es una victoria para los europeos”. Los Angeles Times (perdón por citar un periódico básicamente irrelevante, pero se da el caso de que estoy en Los Ángeles en estos momentos y me llega el diario local a casa) usó uno más moderado “El valor del euro supera al del dólar”. Incluso en Londres, donde quizás estén iguales de preocupados por la subida del euro que los americanos, el Financial Times dio una importancia capital al simbólico número “1”.
Pero seamos un poco serios. Dejemos de lado el que la razón de esta fortaleza del euro es la debilidad de la economía americana, sacudida por múltiples escándalos precisamente cuando parecía estar remontando la recesión y sufriendo, en palabras de George Bush, “la resaca después de un frenesí económico”. El hecho de que el euro haya pasado la barrera de un dólar por euro es igual de relevante que cuando pasó los 0.9 dólares por euro habiendo estado muy por debajo de ese valor.
Quizás se nos haya olvidado que la paridad inicial con la que nació el euro estaba significativamente por encima del mágico “uno”, con lo que el euro todavía es más débil en relación al dólar que cuando nació. Quizás se nos haya olvidado también que un euro equivale a 166.36 de nuestras antiguas pesetas o, dado el tipo de cambio unitario, que un dólar ahora cuesta 166.36 pesetas, lo cual no dice demasiado, ni es un número muy significativo ¿no? Recuerdo que hace unos años el número mágico era de 100 pesetas por dólar y… no pasó nada cuando la divisa americana dejó atrás ese número para no volver nunca jamás.
Tenemos que darnos cuenta que el valor nominal relativo de dos monedas, es decir, cuántos dólares nos dan a cambio de un euro, es prácticamente irrelevante a la hora de analizar las implicaciones económicas, que son las que al final importan. El verdadero índice de fortaleza de las monedas es lo que los economistas llaman el tipo de cambio real, que en palabras sencillas sería la respuesta a ¿cuántas cosas puedo comprar con un euro, cuántas podría comprar con un dólar y cómo se comparan las dos cantidades? Obviamente, aquí ya no sólo entra en juego el tipo de cambio oficial (ese “uno” infame) sino los precios de los bienes y servicios que compramos en Europa y los precios de esos mismos bienes y servicios en Estados Unidos.
Déjenme poner dos casos muy sencillos que deberían clarificar el porqué mi escepticismo sobre el famoso “uno”: ¿Qué pasaría si, al estilo de muchos países latinoamericanos, decidiéramos crear un nuevo euro que equivaliera exactamente a dos euros antiguos? Por supuesto, todos los precios dentro de España se dividirían por dos, los salarios se dividirían por dos, y la capacidad adquisitiva de nuestros salarios, en términos de productos nacionales, no cambiaría. Pero a la vez, el nuevo tipo de cambio en lugar de ser de un dólar por euro sería ahora de dos dólares por nuevo euro. Parece que la prensa americana, por lo menos a la vista de su reacción más reciente, comenzaría a pedir de nuevo la cabeza de Greenspan. Sin embargo, ¿sería el nuevo euro ahora doblemente poderoso? Claramente no. Y es que, como hemos dicho antes, no es el valor o el nivel del tipo de cambio lo que interesa, sino cómo cambia ese tipo de cambio en relación a cómo cambian los precios.
Otro ejemplo: si el euro pasa de valer 0.9 dólares a valer exactamente un dólar, pero los precios en Estados Unidos se multiplican todos por 1.11, en realidad al cambio los productos americanos siguen igual de caros para nosotros y, obviamente, nuestros propios productos siguen siendo iguales de caros; luego, realmente no ha pasado nada. De la misma forma, al duplicar el tipo de cambio al crear el nuevo euro no sucede nada si los precios se duplican (o al dividir el tipo de cambio por 166.36 no pasa nada si todos los precios también se dividen por 166.36… ¿les suena familiar?).
Si examinamos, por lo tanto, estos cambios relativos de precios y tipos de cambio, las diferencias en nuestras tasas de inflación parecen decir que nuestros precios están subiendo más rápidamente que los de Estados Unidos. Si cabe, esto es preocupante para nosotros en el sentido de que ahora nuestros productos están sustancialmente más caros para los americanos (por el doble efecto del tipo de cambio y porque nuestros precios están subiendo más rápidamente que los suyos) y los productos americanos están sustancialmente más baratos para nosotros.
La actual subida del euro, por tanto, debería ser más beneficiosa para la economía estadounidense que para las economías europeas, dado que se suma al efecto negativo de un diferencial positivo de tasas de inflación. Esto debería tener consecuencias expansivas en las exportaciones americanas y muy contractivas en las europeas, con lo que ayudaría a la economía americana a reactivarse y a la europea… a estancarse. Pero esto ya es cuestión de predecir el futuro y, por una vez y sin que sirva de precedente, este economista que suscribe se va a abstener.
La cuestión es que si queremos estar orgullosos porque un euro equivale a un dólar, allá nosotros. Pero no hay nada mágico en el “uno”, salvo quizás que es más alto que aquel doloroso “0.823” que pareció dar al traste con nuestras aspiraciones como europeos. Y al final tampoco pasó demasiado…
* Profesor del IESE (Universidad de Navarra).