Violeta Reyes de Padilla
Nuestro Señor Jesucristo fundó su Iglesia para continuar enseñando su Evangelio y llevar a los hombres al camino de la santidad por medio de la oración y los sacramentos. Los apóstoles, los primeros llamados recibieron la misión de predicar el Evangelio y el poder de perdonar los pecados y de convertir el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Jesús. Los obispos y sacerdotes, sucesores de esa potestad, son personas consagradas a Dios, ungidos con el óleo santo para dedicarse completamente al culto divino. Por eso el sacerdote no es cualquier cosa sino un hombre de Dios que se diferencia de los demás hombres por su ministerio sacerdotal.
Dios prometió que estaría con su Iglesia hasta el fin del mundo y las puertas del infierno no prevalecerían contra ella y así ha sido en estos dos mil años de existencia y continuará triunfante contra los ataques del demonio hasta el final de los tiempos.
La Iglesia Católica es santa porque su cabeza que es Cristo es santo. Nosotros los fieles bautizados formamos el cuerpo místico de la Iglesia y por eso cuando algún miembro sufre todo el cuerpo sufre y en estos momentos en que algunas ramas podridas han producido frutos malos la Iglesia entera está sufriendo y al mismo tiempo se está purificando.
La Iglesia es una institución divina porque su cabeza es Jesucristo, pero sus miembros somos humanos expuestos a caer en el pecado. El mundo actual se encuentra en un estado de amoralidad y de perversión que nos salpica a todos. Se crean leyes que van contra la naturaleza humana y algunos medios de comunicación extienden el mal con programas de violencia y pornografía. Son tiempos difíciles para todos, y para muchos que caen en el mal, aún para algunos ministros de la Iglesia que están enfermos del alma. Como buenos hijos de la Iglesia, no deberíamos tirar piedras cuando nosotros mismos no estamos exentos de pecado, sino rezar para que se curen las enfermedades y aportar con nuestras vidas un buen testimonio, ahogar el mal en abundancia de bien.
Hay un ataque deliberado y continuo contra la Iglesia Católica y aún, muchos que somos católicos la atacamos, el mundo quiere deshacerse de ella porque señala, y corrige lo malo, y enseña el camino de la santidad, que no es un camino de mediocridad, sino de exigencia y lucha para hacer el bien.
La Iglesia es santa, y los exponentes de la santidad de la Iglesia son los santos que han vivido a plenitud las enseñanzas de Cristo. Este mismo año el Papa Juan Pablo II ha canonizado a un grupo numeroso de hombres y mujeres que han vivido las virtudes en grado heroico. Únicamente la Iglesia Católica ha producido santos durante los 20 siglos que tiene de existir. Hombres y mujeres que han entregado sus vidas a la caridad y la enseñanza, fundando escuelas, hospitales, orfanatos. A la Iglesia le debemos la transmisión de la cultura a través de los tiempos.
Dirijamos nuestras miradas a la multitud de santos y de miembros de la Iglesia que dan un buen testimonio. ¿Por qué vamos a quedarnos sólo con las sombras del cuadro, cuando hay tantas luces que han iluminado y continúan iluminando generosamente el mundo? Sigamos el ejemplo de las legiones de santos que ha producido la Iglesia Católica. Seamos consistentes con nuestra fe, que más que para predicarla es para practicarla, así cambiaremos el mundo.
La autora es miembro de la ONG, ANIMU.