Las aceras

Marco A. Valle Martí[email protected]

Las aceras, paradas de buses, estadios, campos de juego, parques, calles, plazas y, costas, son una muestra de espacios públicos, que bien ubicados, construidos, mantenidos y asegurados, pueden desempeñar un papel productivo como soporte para el desarrollo y fortalecimiento de lazos comunitarios que están bastante debilitados en nuestro país.

Si recorremos mentalmente la geografía nacional encontramos que los espacios públicos están descuidados y, en muchos casos se han convertido en guarida de pandilleros, basureros, o en un peligro para peatones y usuarios, ya sea porque su piso está lleno de huecos y monte, ladrillos quebrados, se inundan en invierno, o simplemente no existen donde se necesitan. Algunos estadios de béisbol, costas y parques están en, más o menos, buen estado, mientras las aceras se ven y disfrutan más en los departamentos que en Managua. Las iglesias son las mejor cuidadas y mantenidas.

En el caso de las aceras, por ejemplo en Managua, la escena cotidiana es un río de personas que desde que salen de sus casas van toreando los vehículos —en particular buses y taxis— para que no las atropellen debido a la falta de aceras y el congestionamiento del tránsito. También, cuando llegan a la parada renuevan su inseguridad, ya que los buses se medio detienen y el que se descuida puede ser arrollado, sin excluir los delincuentes que están a la caza de la ciudadanía, la mojada que se dan debido a que la mayoría de las paradas no tienen techo para guarecerse, la basura y pestilencia que son un atentado a la salud, o, el manjol sin tapa que puede convertirse en lecho mortal.

En Estelí, Masaya, León, Carazo, Rivas, y Chinandega, cuyas cabeceras son atravesadas por una carretera internacional las escenas son parecidas a las de Managua. No hay aceras, los camiones y buses transitan a velocidad prohibida, no se respetan las paradas, en fin la ley es la del “sálvese quien pueda”, yéndole peor a los niños, adolescentes y, personas de avanzada edad.

Las aceras como espacios públicos pueden ser testigos de mucha gente caminando al ritmo de cada cual, de grupos conversando, parejas paseando, uno que otro niño corriendo y tropezando, lo mismo que alguien por ahí mirando y buscando a quien preguntarle una dirección y, no digamos cierto “mago” o trabajador informal que persigue ganarse la vida abriendo la “suerte” de los transeúntes. Y todo ello dentro de cierto aire de seguridad que fortalece los lazos comunitarios nacionales, en la medida que las personas se desplacen sintiéndose relativamente tranquilas; o sea despreocupadas de que algo les puede suceder en el camino.

Mas casi siempre son olvidadas, sin percatarnos que las aceras pueden ayudar a desarrollar vínculos de solidaridad, siempre y cuando estén en condiciones dignas de la ciudadanía. Son una expresión de desarrollo humano, del mismo modo que otros espacios públicos, si no pensemos en las de los países que están en primeros lugares a escala mundial.

Si las aceras —que son un espacio de transito rápido— juegan ese papel, ya no digamos de los otros lugares que permiten con más tiempo, el auge y la estabilización del entramado de diversos tipos de relaciones, que también son base —y consecuencia— de la construcción de una sociedad sana.

El autor es consultor en seguridad ciudadana.  

Editorial
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