Elías Corea F.
En la entrada del “Hotel Des Invalides” en París, donde reposan los restos de Napoleón Bonaparte, se aprecia el despliegue de una batería de cañones antiguos adornada con la siguiente leyenda: “estos son los cañones que han tronado en las grandes horas de la Historia de Francia”.
Son los cañones de Arcole, Austerlitz, Marengo, Eylau, Waterloo.
Napoleón, el genio militar que defiende a la revolución francesa contra toda Europa, inicia su fulgurante carrera en Tolon contra los ingleses, derriba tronos caducos y reestructura fundamentalmente la geopolítica europea. Sus sueños: estabilizar el oscilante equilibrio de las naciones del viejo continente y construir una Europa unida, fuerte y monolítica. El ocaso llega en Waterloo. El perfecto plan de batalla, la deslumbrante carga de caballería al mando de Ney, que hizo exclamar a Wellington: “Magnífico”, la histórica actuación de mi colega el Dr. Juan Bautista Larrey, médico de los ejércitos napoleónicos (inventor de la ambulancia, un carro tirado por caballos), recogiendo y curando heridos en medio del fragor de la batalla, impresionó al mismo Duque de hierro, quien mandó detener el fuego de las líneas inglesas para facilitar la tarea del valiente y humanitario médico, se estrellaron contra la prodigiosa habilidad del azar: lluvia nocturna, muro de Hugomont, hondonada de Ohain, Grouchy sordo al cañón, el guía de Napoleón engañándole y el de Bulow que le dirige bien, desembocan en el cataclismo maravillosamente conducido.
Víctor Hugo en su obra “Los Miserables”, dedica cincuenta páginas a la Batalla de Waterloo. De todo lo que he investigado es la descripción más vivida, más dinámica, más emotiva y vibrante de ese episodio bélico que costó sesenta mil muertos. Según ese gran escritor, el resultado de Waterloo es una victoria contrarrevolucionaria; es la Europa contra la Francia, es Petersburgo, Berlín y Viena contra París; es el 14 de julio de 1789 atacado a través de marzo y junio de 1815; es el zafarrancho de las monarquías contra el indomable tumulto francés.
El hombre que ganó la Batalla de Waterloo no es Napoleón derrotado, no es Wellington replegándose a las cuatro y desesperado a las cinco, exclamando: “Blucher o la noche”, no es Blucher que no llegó a batirse; el hombre que ganó la Batalla de Waterloo fue Cambrone, comandante del último cuadro francés, rodeado por los ingleses y conminado a rendirse, lanza su famosa frase desafiante a las bocas de los cañones que le apuntan: “Merd, la garde meure mais on ne rend pas”.
El autor es médico historiador.