Adfell Vega
El contexto en el que se aplica la Administración de Recursos Humanos está representado por las organizaciones y las personas. Las organizaciones están conformadas por personas, de las cuales dependen para conseguir sus objetivos y cumplir con su misión. A su vez, las organizaciones son un medio para que las personas alcancemos nuestros objetivos individuales.
Plantear esta relación dialéctica donde organizaciones y personas se necesitan mutuamente para constituirse como tales, ha significado debates muy intensos en el ámbito de la teoría organizacional. Los paradigmas que consideran a los seres humanos como recursos productivos o agentes pasivos cuyas actividades deben planearse y controlarse estrictamente, desafortunadamente continúan teniendo vigencia en nuestro país y se convierten en el peor obstáculo para alcanzar niveles deseados de competitividad en el mercado nacional y regional.
En este artículo, propongo algunas reflexiones que nos invitan a cuestionar la forma tradicional de entender y administrar las organizaciones y sustituirla por una nueva concepción o nuevo debate donde se muestre que capital-trabajo no son fuerzas que se anulan sino que se afirman y se complementan a pesar de sus contradicciones.
Esta discusión teórica, no tiene cabida si la relación no se plantea a la luz de la ciencia de la cognición, de los paradigmas, esquemas y representaciones individuales que necesariamente tenemos que modificar para abrir este nuevo capítulo.
En la actualidad con la llegada del tercer milenio, la globalización de la economía y la fuerte competencia, se nota cierta tendencia en las organizaciones exitosas a no administrar personas ni recursos humanos, sino a administrar con las personas.
Este planteamiento introduce un elemento crucial en el debate sobre la teoría organizacional que encierra una nueva concepción del ser humano, una nueva forma de relacionarnos con los trabajadores y de recibir sus aportes.
Esta nueva concepción supone considerar al trabajador como una persona profundamente diferente entre sí, dotada de personalidad propia, con una historia particular y diferenciada, poseedor de habilidades, conocimientos, destrezas y capacidades indispensables para realizar con éxito su labor.
En las organizaciones inteligentes todos aprendemos de todos, los expertos enseñan a los novatos y los novatos enriquecen con sus experiencias la visión de los expertos. Esta cátedra de humildad que ha sido tomada como lección en muchas organizaciones importantes de Japón, Europa y Estados Unidos, sigue siendo un tema pendiente en la cultura organizacional nicaragüense.
Los gerentes de nuestras organizaciones no logran comprender que enseñar implica necesariamente aprender y desestiman los aportes de sus trabajadores por considerarlos fuera de lugar y “atrevidos”, en vista que el jefe cree tener siempre la “situación bajo control” y muchas respuestas para todo.
Para convertir organizaciones tradicionales en organizaciones inteligentes, el principal reto estriba en redimensionar el papel de los seres humanos en las organizaciones, no como recursos humanos organizacionales, sino como seres extraordinariamente diferentes, capaces de dotarla de inteligencia, el talento y el aprendizaje indispensable para estimular la renovación y competitividad constante que exige un mundo lleno de cambios y desafíos.
Obviamente las cogniciones entre directivos y trabajadores no se encuentran a un mismo nivel y el trabajo para los próximos años consiste en redefinir los códigos y pactar los significados para que podamos tener dentro de las organizaciones un lenguaje común que nos beneficie a todos y al país.
El punto de partida para poder lograrlo es conocer respetuosamente el nivel en el que se encuentran los trabajadores, ¿cuáles son sus representaciones sobre la organización y sobre la vida? ¿Cómo están resolviendo los problemas en su vida y dentro de la organización? ¿Cómo es el sentido común? ¿Cuáles pueden ser sus aportes para la organización?
Sólo después de este diagnóstico estableceremos las condiciones para la reciprocidad entre directivos y trabajadores. El nivel de madurez adquirido planteará una nueva dimensión de las relaciones donde los trabajadores serán percibidos como socios de la organización, capaces de invertir esfuerzo, responsabilidad y compromisos para generar ganancias.
El mundo está pasando por grandes cambios y transformaciones económicas, políticas, sociales, tecnológicas y culturales cada vez más rápidas e imprevisibles. Las organizaciones no pueden seguir el ritmo de esas transformaciones y en ocasiones tardan mucho en incorporarlas a sus comportamientos y a su estructura.
En Nicaragua el problema se centra en que muchas organizaciones no se enteran de que el mundo cambia y, en consecuencia se olvidan de cambiar o sencillamente no lo desean.
El autor es investigador para Asuntos Empresariales.