- Lo más próximo al bateador perfecto
Edgard Tijerino M. [email protected]
Como dice García Marquez en su “Otoño”, Ted Williams conoció la ventaja de vivir como un Rey sin la calamidad de serlo.Como bateador, el no quería tanto sino que quería más. Era capaz de asombrarnos bateando efectivamente en las tinieblas, produciendo una música mortífera para el pitcheo enemigo.
El ¿cómo domarlo? nunca tuvo respuesta y en algunos Juegos de Estrellas mostró su grandeza deslumbrante, fundamentalmente, en los que realizaron durante 1941 y 1946, es decir, un año antes e inmediatamente después de permanecer tres años en la Guerra funcionando como piloto.
UNA SUPER-TEMPORADA
Para muchos, 1941 fue el año cumbre del béisbol. Los Yanquis se coronaron en la Liga Americana con 101 triunfos, Joe Dimaggio conectó de hit en 56 juegos consecutivos y fue campeón impulsador con 125, Bob Feller logró 25 triunfos, Ted Williams conquistó el cetro de bateo con 406 puntos y fue líder jonronero con 37.
En el Juego de Estrellas en el “Briggs Stadium” de Detroit el 8 de julio, 55 mil aficionados estaban hundidos en sus butacas mientras la Liga Nacional tenía ventaja de 5 por 3 al llegar el noveno inning. El equipo que reunió a Bobby Doerr, Joe Gordon, Ted Williams, los hermanos Joe y Dom Dimaggio, Bill Dickey y Rudy York, entró a su último turno buscando cómo voltear la pizarra contra Claude Passeau de los Cachorros.
Dos jonrones del fogoso short de los Piratas, Arky Vaughn y la tropa de la Liga Nacional parecía encaminarse a su cuarta victoria.
UN FINAL DE ALARIDO
De pronto, los bateadores de la Liga Americana se encabritaron, palpitaron y aullaron. Con un out, Ken Keltner disparó hit como emergente, y Joe Gordon continuó con otro cohete… Passeau, levemente alterado, boleó a Cecil Travis para llenar las bases, y ahora debería enfrentar a Joe y Ted. ¿Se imaginan eso? El hombre en racha y el que buscaba los 400 puntos.
Passeau estaba en el laberinto frente a dos “Minotauros” y lo sabía muy bien, pero tomó el riesgo sintiéndose tan capaz como Feller, el abridor del juego que sólo permitió un hit en tres entradas… Dimaggio se precipitó y su roletazo al short, pareció apto para terminar el juego con un doble play. El intermedista Billy Herman tiró desviado a primera anotando Keltner la cuarta carrera y quedando dos en circulación para el turno al bate de Ted Williams. Con conteo de 2 bolas y un strike, Williams conectó una pelota a lo profundo de las tribunas del jardín derecho para sepultar a la Liga Nacional 7 por 5.
OTRO IMPACTO
En 1946, después de la guerra, el Juego de Estrellas fue programado en el Fenway Park de Boston, el mejor escenario imaginable para Ted Williams. Boston estaba al frente de la Liga Americana en ruta hacia 104 victorias y el boleto para la única Serie Mundial que Ted pudo jugar en su carrera.
El “Monstruo” Ted conectó 4 hits en 4 turnos incluyendo dos jonrones, y con 5 carreras empujadas y 4 anotadas, se robó el show durante una paliza de 12 por 0, con el abridor Bob Feller, apuntándose la victoria.
Williams atravesó por un drama en el Juego de Estrellas de 1950, efectuado en el Comiskey Park de Chicago. Realizando una gran atrapada sobre un largo batazo de Ralph Kinner en el propio primer inning, Ted se fracturó el codo izquierdo, pero decidió permanecer en el juego conectando un hit en 4 intentos. Con jonrones de Ralph Kiner en el noveno y Red Schoedienst en el décimocuarto inning, la Liga Nacional obtuvo la victoria 4 por 3… Williams tuvo que ser operado dos días después y se perdió la mayor parte del resto de la temporada.
LA PROEZA DE HUBELL
En el Juego de Estrellas de 1934, Carl Hubell, un zurdo de 31 años, estremeció al béisbol ponchando en línea a cinco futuros miembros del Salón de la Fama, con el más grande bateador de todos los tiempos a la cabeza, Babe Ruth. Siempre que se trata de hacer un recuento de proezas en Juegos de Estrellas, esos cinco ponches de Hubell, destellan escarcha, resplandecen frente a nuestro desorbitado asombro. Pitcher con una alta cuota de astucia y un control admirable, Hubell sacó el máximo provecho de ese lanzamiento difícil de ejecutar y más difícil de batear que es la screwball.
Ante 48,363 impresionados aficionados en el Polo Grounds, Hubell ponchó consecutivamente a Babe Ruth, Lou Gehrig, Jimmie Foxx, Al Simmons y Joe Cronin, quienes se vieron más impresionados.
Con dos a bordo sin out en el primer inning, Ruth vino al bate… Obviamente, ponchar a Ruth era lo último en la mente del gran pitcher. Hubbell, de hecho, estaba pensando en la posibilidad de un doble play. El zurdo dice haber utilizado tres screwballs seguidas y Ruth no pudo mover su bate. El sólo se paró ahí y se ponchó. Luego Lou Gehrig abanicó para poncharse con cuatro lanzamientos… Ahora estaba Jimmie Foxx, y todos sus swings fueron en falso. Lució tan mal como un borracho tratando de cruzar al otro lado en la Esquina de Times Square a las 11 de la noche… Un gran scone.
En el siguiente inning, se poncharon Simmons y Cronin. Esta proeza ha quedado como una referencia en la historia de los Juegos de Estrellas. El tiempo pasa, pero los cinco ponches de Hubell, permanecen inalterables en la montaña de la grandiosidad.
EL JONRÓN DE RUTH
Babe Ruth no llegó con muletas al primer clásico en 1933, pero evidentemente, a los 38 años, ya había visto pasar sus mejores días y el museo de Cooperstown le estaba haciendo señas.
En el primer juego de Estrellas, Ruth se voló la cerca en el tercer inning con uno a bordo contra Bill Hallahan para proporcionarle a la Liga Americana una ventaja de 3-0, que garantizó la victoria por 4-2.
Fue ese el primer batazo de circuito completo que se conectó en estos clásicos, y el único del “Gran Bambino”. Un asterisco más en su fulgurante carrera.
Ruth participó en el segundo Juego de Estrellas, pero ya con los músculos cansados y una telaraña en los ojos. Se fue en blanco en dos turnos, y cerró así sus presentaciones en estos clásicos.
Su nombre no aparece entre los jonroneros y empujadores más temibles, ni los bateadores de mayor furia en los duelos de Superastros, pero descargó el primer jonrón, y eso fue suficiente… No necesitaba más.