El diputado del FSLN Nelson Artola demandó el jueves pasado en la Asamblea Nacional la destitución del presidente Enrique Bolaños, porque éste, según el parlamentario sandinista, es incapaz de resolver el problema de los caficultores. Sin embargo, el directivo sandinista de la Asamblea Nacional, René Núñez, declaró que la bancada de su partido no tiene nada que ver con la petición de Artola, lo cual, sin embargo, es poco creíble por el mecanismo de verticalidad con que actúan y hablan los miembros del FSLN.
Ese mismo día, LA PRENSA advirtió en su opinión editorial que liberales y sandinistas podrían estar resucitando la idea de una Constituyente para acortarle el período presidencial a Bolaños, de modo que la solicitud de Artola bien pudiera ser un primer paso para ir creando el ambiente propicio para la consecución de ese fin.
El diputado Artola —que es uno de los sandinistas más activos en la Asamblea— no es ningún tonto, por lo que consideramos muy difícil que pueda haber pensado que sus palabras no serían interpretadas como la posición oficial de su bancada, especialmente en un asunto tan delicado como ese. Es más; tal como lo denunciara el diputado Miguel López, de la bancada azul y blanco, la petición de Artola se da inmediatamente después de una reunión que Arnoldo Alemán sostuvo el miércoles pasado con Tomás Borge, Bayardo Arce y otros dirigentes sandinistas. De manera que todo parece indicar que el pacto Alemán-Ortega está vivo y coleando y que se está aprovechando de la difícil situación del país para tratar de alterar el orden constitucional.
Por supuesto que la petición del diputado sandinista es descabellada, pero además injusta, porque se basa en el problema del café, que, como todos sabemos, es consecuencia de los bajos precios del mercado internacional y no ha sido creado por el gobierno actual. En todo caso, lo que corresponde al Ejecutivo es, dentro de sus posibilidades, ayudarle a los caficultores como en efecto lo está haciendo.
Por sentido de justicia y responsabilidad es necesario reconocer que el gobierno que preside Enrique Bolaños no sólo tiene escasos seis meses de estar en el poder, sino que además recibió las arcas del Estado saqueadas, en un entorno nacional e internacional caracterizado por precios bajos en los productos de exportación y por una recesión económica mundial. La base productiva del país, que fue arrasada desde sus mismos cimientos por el partido del diputado Artola en los 10 años que desgobernó Nicaragua en los años ochenta, no fue reconstruida ni siquiera en lo mínimo durante los cinco años del gobierno de Alemán. Tanto las exportaciones del país como los ingresos de los nicaragüenses se mantuvieron estancados en el período del gobierno alemancista. Y para colmo de males, son ellos mismos quienes en la Asamblea Nacional están ahora impidiendo la posibilidad que se reactive la economía nacional al no querer aprobar las reformas tributarias solicitadas por el Ejecutivo.
De un país como Nicaragua, que tiene un PIB per cápita que es la mitad del de Honduras y 6 veces inferior al de Costa Rica; que exporta hoy lo mismo que hace 25 años, y que todavía tiene una de las deudas externas per cápita más grandes del mundo, no puede esperarse que se recupere en seis meses. La situación económica es difícil, y propuestas como la del diputado sandinista Artola, lejos de ayudar a resolverla, tienden a complicarla y a agravarla. Pero no puede esperarse otra cosa de políticos que no parecen satisfechos con haber destruido el país en el pasado y quieren volver a hacerlo.
El pueblo nicaragüense ha sufrido muchísimo por la actuación de individuos irresponsables y corruptos como Alemán y Ortega. No es justo que ambos personajes estén ahora removiendo las aguas para causar mayores dificultades. No hay soluciones mágicas a los problemas de Nicaragua. Pero al menos con la lucha contra la corrupción del gobierno que está llevando a cabo el actual gobierno y que cuenta con el apoyo de la mayoría de la población, se está saneando la administración pública y se ha restituido la respetabilidad internacional de Nicaragua. Algo que por lo visto molesta a políticos tradicionales como el diputado sandinista Nelson Artola.