El cumpleaños de Nicolás

Jorge Ramos Avalos

En memoria de nuestro amigo Tony Oquendo

No es la primera vez que lo pienso. La idea lleva varios meses dándome vueltas en la cabeza. Quizás el único sentido de esta vida es vivirla, intensa, plenamente. Y ya.

Mientras veía a mi hijo Nicolás celebrar su cuarto cumpleaños con una treintena de amigos —unos divertidos e incorregibles traviesos— caí en cuenta que era ahí donde tenía que estar. Ahí. No en la oficina, ni escribiendo y mucho menos en una tienda o arreglando algún desperfecto de la casa. No. Era ahí donde tenía que estar; disfrutando las risas sobre una resbaladilla, los clavados en la piscina y el maquillaje de pizza y pastel en esas caritas despreocupadas.

¿Trivial? Sin duda. Pero era importante para Nicolás, para mi esposa Lisa, para mí. Esa mañana recordamos las 19 horas de parto un domingo de mundial hace cuatro años. Nicolás tuvo el buen tino de nacer poco después del último de los tres partidos de fútbol del día y solo unos minutos antes de que su madre se arrancara por el dolor todos y cada uno de sus largos cabellos color marrón. Nicolás nació un domingo de fútbol. Y eso me alegra.

Por unos momentos dudé en quedarme en la fiesta infantil de Nicolás. Tal vez me debo ir a la oficina para no llegar tan tarde, pensé. Pero luego encontré la pregunta apropiada: ¿qué hubiera hecho Tony? Y rápidamente llegó la respuesta. Tony se hubiera quedado en el cumpleaños de su hijo.

Tony era una de esas personas que encontró balance en su vida. Supo equilibrar como un malabarista el trabajo, el amor y el juego. El éxito —creo—no está en ser muy bueno en una sola cosa sino en saber exprimir lo mejor de varias. Y Tony le sacó jugo a la vida. Supo combinar una siempre ascendente carrera profesional —dirigía una cadena de televisión—con una vida familiar de envidia —sus grandes compañeros eran su esposa Tere y sus dos hijos, Víctor y Julián— y aún le quedaba tiempo para pescar, remar, ver partidos de fútbol americano y uno que otro amanecer desde el balcón de su casa, disfrutar una copita de vino tinto y compartir con sus amigos.

Tony sabía jugar. Cuando el básquetbol le desmoronó las rodillas, aprendió a pegar unos derechazos de miedo en el tenis y unos swings bastante respetables en el campo de golf. Pero su actitud —relajada, segura, sencilla— iba más allá de los deportes. Era míster cool. Tony, jugando, le quitaba la importancia a lo que no tenía. Los títulos, la fama y el dinero nunca le impresionaron y siempre tenía una broma para el mesero, el asistente o la del café. Además, en la ruleta de reparticiones le fue bien; casi siempre era el más alto del grupo y mis amigas aseguran que se sabía guapo. Sin duda, las canas y las finas corbatas nunca estuvieron de más.

Pero el corazón no le aguantó. Y se nos fue. Así, en un abrir y cerrar de ojos, se nos fue. Los buenos se van jóvenes, dicen los creyentes. Apenas alcanzó a rascar los 54 años. Son los que no creen tanto los que no se explican por qué él y por qué ahora. Lo más sorprendente de la muerte de Tony —además de su brutal rapidez— es la cantidad insospechada de gente a la que tocó —nunca había visto tantas personas en un funeral— y las lecciones que todos estamos aprendiendo de él. Ese flaco sí que sabía cómo vivir.

Sin quererlo, Tony ha enviado a varios a hacer citas con el cardiólogo y nos ha forzado a reexaminar la forma en que vivimos. La vida y la muerte a veces se tocan. La falta de tiempo, el estrés, las boberías y las enormes presiones de trabajo nos chupan por dentro. Pero de alguna forma —aún tengo que descubrir cómo— Tony supo vivir sin prisa. Sabía bajarse del mundo para disfrutar los momentos importantes.

¿Qué hubiera hecho Tony? Me pregunto a cada rato. En la fiesta de cumpleaños de alguno de sus hijos, estoy seguro, lo hubiera cancelado todo para quedarse con ellos.

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Editorial
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