Douglas [email protected]
BARCELONA.— Treinta años después del descubrimiento del caso Watergate en Washington, que obligó al presidente Richard Nixon a renunciar en 1974, las reglas básicas del ejercicio periodístico siguen siendo sencillas y podríamos darle a la población un servicio muy importante si consiguiéramos aplicarlas de forma correcta.
Dos reporteros muy persistentes, Carl Bernstein y Bob Woodward, interesados en indagar y verificar una serie de hechos para el diario The Washington Post, lograron descubrir el espionaje del gobierno republicano en la oficina electoral del Partido Demócrata y a la vez fomentaron la misión investigativa del periodismo.
Desde entonces cobró fuerza la independencia como un mandamiento del periodismo, elemental para que éste cumpla su deber de servir a la ciudadanía, informándola de cuanto sucede, ajustándose a hechos confirmados y exponiéndolos de forma equilibrada, sin resaltar datos a conveniencia propia ni de poderosos.
Ha sido difícil, sin embargo, tener un periodismo más leal al ciudadano que al poder político, porque ha predominado la fidelidad a partidos e ideologías, o a campañas patrióticas como hemos visto cada vez que comienza una guerra.
Si el periodismo se empeñara en contar lo que pasa, con profesionalidad, dejando que los hechos hablen por sí solos, “puede con frecuencia mejorar la vida de los ciudadanos”, dice Luis Foix, director adjunto del diario español La Vanguardia.
Juan Luis Cebrián, del diario El País, insiste en ser rigurosos en la verificación rigurosa y exhaustivos en las pruebas, advirtiendo que los periodistas deben cuidarse de “no cambiar su condición primaria de testigos por la de jueces”.
Cuando decidieron investigar a fondo el Watergate, los dueños y la dirección de The Washington Post se aferraron a la tesis de que “un diario es una empresa mercantil, y como tal se debe a sus clientes, pero es también un órgano de opinión pública, por lo que su obligación es servir, antes que nada, a los ciudadanos”.
Cuando cayó Nixon creció la percepción de que el periodismo era un poder, capaz de quitar y poner mandatarios, pero también despertó el interés de las organizaciones políticas por afinar los mecanismos para la utilización de los medios informativos.
“No conozco a muchos periodistas a los que les gustaría ser políticos, pero sé por experiencia que a muchos políticos les gustaría hacer editoriales, chistes, titulares y portadas que cantaran las excelencias de su gestión”, comenta Foix.
Para Ben Bradlee, director de The Washington Post, una de las glorias del periodismo es que sobrevives a la gente que está en el poder.
El periodismo es más una actividad de servicio a la sociedad que un poder; y su función ha sido distorsionada por las manipulaciones políticas y porque los periodistas hemos aceptado, en ocasiones, renunciar a la labor de investigar y explicar al público lo que ocurre con apego estricto a los hechos.