Eduardo Enrí[email protected]
Muy infortunadas han sido las últimas declaraciones del presidente Enrique Bolaños sobre el sonado caso de la pensión vitalicia. Traer a colación, a manera de justificación, las injustas confiscaciones de que fue objeto, lo ponen, en el mejor de los casos, por encima de los otros confiscados, y en el peor, al lado de gente del nivel de Daniel Ortega y Arnoldo Alemán.
“Fui muy rico, muy millonario y en los ochenta, por tratar de recuperar la democracia, me quitaron absolutamente todo lo que tenía, ahora sólo vivo de mi trabajo”, aseguró el Presidente, que recibe 14 mil dólares al mes por su trabajo.
Don Enrique, que tanto ha proclamado que nadie debe estar por encima de la Ley, ahora resulta que sí puede recibir compensación en efectivo, aunque sea en cuotas de 80 mil córdobas mensuales, mientras el resto que fueron injustamente confiscados –muchos de ellos también por recuperar la democracia– tienen que conformarse con bonos.
Pero lo peor de todo es que si seguimos ese razonamiento, entonces todos los que han visto el Estado como un jugoso botín que les pertenece, tienen razón.
El triste comentario de don Enrique lo pone a la par de gente como Bayardo Arce y muchos otros sandinistas que han justificado la Piñata porque durante los 10 años de sandinismo supuestamente se “sacrificaron”, y además, hasta arriesgaron su vida –y eso nadie lo puede negar– para liberar al país de la dictadura somocista.
¿Qué le podemos reclamar a toda esa gente si lo único que hicieron fue cobrar el botín que les pertenecía por su lucha?
Igual Arnoldo Alemán y sus liberales, que alegan constantemente que “la democracia les cuesta” y que por eso tienen derecho a seguir viviendo del Presupuesto Nacional.
Ese es el problema de tener esa concepción del Estado. El botín te pertenece para hacer con él lo que te dé la gana, y como ha sido conquistado al enemigo, entonces se despilfarra y se derrocha.
Por eso es que los que vivieron la francachela transcontinental montados en la tarjeta de crédito de Arnoldo Alemán, cortesía del magro presupuesto de la República, ni siquiera padecieron resaca después de engullirse 10 mil dólares en licores, comidas y jugosas propinas a las muchachas del Lido, en París. Eso simplemente venía con el botín.
Para ser sincero, yo no creo que podamos comparar a don Enrique con los ex presidentes Ortega y Alemán. Yo creo que don Enrique es una buena persona y que quiere hacer un buen trabajo, quiere tener una buena Presidencia. Por eso, si reflexiona en su hamaca con una de esas tazas de café helado que tanto le gustan, va a llegar a la conclusión de que esos 80 mil pesos lo perjudican más de lo que lo benefician.
Y todavía tiene una excelente oportunidad para salir de este atolladero. Como él mismo dice, la pensión es legal, está en la Ley, pero esa ley puede ser reformada. Como Presidente tiene iniciativa de Ley. Él puede enviar una propuesta de reforma a la Asamblea para que las pensiones las reciban hasta el final de la vida laboral. Allá que manejen la papa caliente Ortega y Alemán, que también se benefician inmoralmente de esas pensiones, y de quienes sinceramente no espero nada bueno.
Para mientras, don Enrique puede donar esos 80 mil córdobas a un hospital diferente cada mes. Así nos quitamos esa triste imagen de que igual que los anteriores, toda su lucha era por el botín.