Luis Sánchez S.luis.sá[email protected]
Según el Diccionario de la Lengua Española, caos es el “estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la constitución del cosmos”. Pero también dice que, figurativamente, caos es “confusión, desorden”. En este sentido, seguramente, es que LA PRENSA tituló el martes de esta semana que en la Región Autónoma del Atlántico Sur había un caos, porque algunos activistas del FSLN y Yátama estaban y todavía están provocando disturbios políticos en Puerto Cabezas.
Según la mitología clásica griega, en el inicio del tiempo reinaba el Caos: todo era una masa informe, los elementos estaban en confusión, el Sol no estaba suspendido en el espacio, el mar no tenía orillas, el frío se confundía con el calor, los cuerpos pesados se mezclaban con los livianos… hasta que una divinidad superior separó al Cielo de la Tierra (éstos, después contrajeron matrimonio), a las aguas de la tierra y al aire puro de la atmósfera irrespirable. Dominado, el Caos se casó con la negra Noche y procrearon al Destino, el Sueño y la Muerte.
Hesíodo, el gran poeta e historiador de la antigua Grecia que vivió en el siglo VIII antes de Cristo, escribió en su “Teogonía” que el Caos era el despertar del abismo profundo e insondable, del que surgieron Gea (la Tierra), Erebo (las Tinieblas Infernales), la Noche (Reina de las Tinieblas e hija de Cielo y Tierra) y el Tártaro (residencia de los condenados, en el abismo de los Infiernos). El Caos “es una especie de espíritu abstracto e indeterminado, una confusión de los elementos y de la materia antes de la creación”, escribió Hesíodo. Y mucho tiempo después, en el siglo XVI después de Cristo, Rafael de Urbino representó al Caos en el instante en que Dios separa la luz de las tinieblas, una imagen trepidante de la que Miguel Ángel se apropió para desarrollarla genialmente en la Capilla Sixtina, del Vaticano.
En el lenguaje político se dice que en un país o lugar hay una situación de caos cuando se encuentran en estado de absoluta ingobernabilidad, no hay autoridad, las instituciones se han derrumbado, las turbas saquean y provocan toda clase de violencia, y en fin, cada quien hace lo que quiere y lo que puede. En este sentido, el caos es, según definición del maestro Guillermo Cabanellas, “el estado de un país luego de ciertas revoluciones o malos gobiernos, por efecto de la indisciplina, subversión, inmoralidad, terror, hambre, u otra causa de magnitud y estragos similares”.
Caos hubo en Nicaragua a mediados de julio de 1979, cuando se derrumbó el régimen somocista. Pero es obvio que ahora, en la Costa Atlántica lo que hay no es un caos, afortunadamente, sino simples conatos de disturbios debido a las luchas por el poder entre sandinistas asociados con yátamas versus liberales arnoldistas (seguidores del ex presidente Arnoldo Alemán).
Los nicaragüenses somos así: exagerados, tremendistas, grandilocuentes. Aquí, un político se roba un millón de dólares, pero se jacta de que se robó cien millones. A cualquiera le roban cien córdobas en el mercado, y denuncia ante la Policía que perdió 10 mil, un montón de dólares y quien sabe cuántas alhajas valiosas. Es un rasgo de la identidad cultural del nicaragüense. Por eso es que muchas veces ni nosotros mismos damos crédito a lo que decimos.