Humberto Belli [email protected]
La fascinación con el Estado, como la institución supuestamente llamada a solucionar nuestros males, ha sido una de las constantes más tercas de la historia latinoamericana. Nuestras culturas, con sus dosis de fatalismo y paternalismo, han tendido muchas veces a ver en el Estado-Providencia la agencia supuesta a moralizar la sociedad, erradicar la pobreza y garantizar el progreso. Dicha percepción llegó a penetrar todos los partidos e ideologías. Los más extremos fueron los marxistas, quienes vieron al Estado como al redentor de los pueblos. Pero muchos en la derecha y en los partidos liberales siguieron albergando sueños de prosperidad social dirigidos fundamentalmente por burocracias progresistas bien intencionadas. No en balde von Hayek dedicó su clásico, El Camino de la Servidumbre, “A los socialistas de todos los partidos”.
Las experiencias del siglo veinte golpearon dichos sueños. El fracaso y las limitaciones de los estados concebidos como gestores del bienestar social comenzaron a evidenciarse aún antes del estrepitoso desplome del comunismo. Las burocracias estatales tendían a convertirse en enjambres ineficientes, politizados, corruptos y caros. Con su certera intuición de escritor, el famoso escritor mexicano, Carlos Fuentes, calificaría al Estado benefactor como “El Ogro Filantrópico.” Un gigante bien intencionado que se convertía invariablemente en un monstruo torpe y dañino.
En Perú las investigaciones de Hernando de Soto, a mediados de los años ochenta, contribuyeron por su parte a demostrar cómo el intervencionismo estatal en lugar de fomentar el progreso lo frenaba. Las tribulaciones, mordidas y costos que tenían que atravesar quienes aspirasen a montar un pequeño negocio eran extraordinarias. De allí que la mayoría de los pobres hiciesen sus negocios en el sector informal, al margen de la ley.
Estas políticas eran, sin duda alguna, alentadas por los prejuicios antiempresariales. Los empleados del Estado-Providencia veían con desconfianza a las personas que querían producir y les sembraban el camino de obstáculos; desde licencias y trámites engorrosos hasta impuestos asfixiantes. El empresario no era el sembrador de progreso sino el posible explotador. Sus ganancias, supuestamente amasadas con el sudor ajeno, debían revertirse, en la medida de lo posible, al pobre, aunque a éste sólo le llegaran las migajas que caían del pan con que se quedaban los burócratas. El sistema de restricciones sobre el empresario tenía también un incentivo perverso: a más imposiciones estatales, más posibilidades de negociarlas con coimas.
No es sorprendente, entonces, que sociedades con este tipo de mentalidad y de estados se quedaran a la zaga y sus pobres no salieran de la pobreza.
Internacionalmente, una de las voces más preclaras que se alzó para proponer rutas alternativas al social-estatismo fue la del teólogo católico Michael Novak, quien recientemente recibiera en Nicaragua un doctorado honorario de parte de Ave Maria College of the Americas. Para Novak la esperanza de progreso y justicia social no radicaba en las burocracias filantrópicas sino en la actividad diligente y libre de millares de pequeños y medianos emprendedores. Ellos, no los estados, son los que crearían empleos productivos sin imponer cargas tributarias a la población. El mensaje de Novak no era teórico. Estaba refrendado en las mismas realidades del siglo veinte que en su lado brillante mostraban el éxito extraordinario que han tenido aquellas sociedades que han decidido fomentar lo que Juan Pablo II llamara “El derecho a la iniciativa económica”.
Efectivamente, otra de las grandes lecciones del siglo veinte es que las sociedades que mayores avances han tenido en erradicar o minimizar la pobreza, son las que han creado las condiciones más favorables para el florecimiento empresarial.
Desafortunadamente, la nostalgia por el social-estatismo perdura. Al menos eso parece advertirse al leer el comentario que ofreciera a LA PRENSA Juan Bosco Cuadra. (El Mensaje de Novak y el Rol del Estado, 5 de junio.) Equivocadamente, dicho artículo atribuye al Sr. Novak un menosprecio por el papel del Estado que no ha sido parte de su mensaje. Novak, lejos de minimizar el papel del Estado, apunta a que éste asuma el papel que le corresponde. Porque su función no es producir riqueza ni invadir la esfera de acción de los particulares, sino crear condiciones óptimas para que la extraordinaria capacidad creativa y generativa que Dios ha derramado en ricos y pobres pueda llenar la tierra de sus frutos. Esto implica, entre otras cosas, la existencia de un Estado, pequeño pero efectivo, que vele por la ley y el orden, que proteja la propiedad privada, y que ayude al pobre a convertirse en actor económico.
¿Queremos ayudar al pobre? Facilitemos, entonces, en lugar de dificultar, la actividad empresarial y abramos las puertas de los sistemas económicos, y de la educación, para que cada vez más pobres puedan convertirse en empresarios.
El autor es presidente de Ave Maria College of the Americas y miembro del Consejo Editorial del LA PRENSA.