Waterloo, fin del imperio napoleónico

Mario Sandoval Aranda

Hoy 18 de junio se cumple el 187 Aniversario de la Batalla de Waterloo. Como consecuencia en el Congreso de Viena de 1815, se especificó lo que en la Batalla de Waterloo se decidió; el fin del imperio napoleónico y restaurar en sus legítimos reinos a quienes habían sido echados por las bayonetas y los cañones del más grande usurpador conocido hasta hoy en la historia: Napoleón Bonaparte. Quien mediante su genio militar arrancó de sus cabezas las coronas a los reyes, y las puso en las cabezas de sus hermanos, hijastros y generales, pero que pagaría más tarde en la forma más cruel la venganza de la realeza, muriendo en cautiverio, durante 6 años humillado y vejado en la isla de Santa Elena, en pleno Océano Atlántico el 5 de mayo de 1821.

Mientras estaba en el destierro, sonaban los violines y los violonchelos a los acordes de los valses. Después de largos años de guerra, renacía la alegría; bailaban reyes, reinas, príncipes y lindas princesitas en los salones de mármol de los palacios de la romántica Viena, después de las sesiones. En el Congreso de Viena se cambió el mapa político de Europa, se reformó el sistema institucional con nuevas Constituciones Políticas, acordes con la época, para establecer una era de paz y estabilidad a los nuevos Estados, restableciendo a los antiguos soberanos, pero ahora dentro del marco de la legalidad constitucional.

Este Congreso fue brevemente interrumpido por el regreso inesperado de la isla de Elba de Napoleón. Viéndose obligadas las naciones coaligadas a defenderse del tirano agresor a quien declararon: “Fuera de la Ley. Presa Libre y Enemigo perturbador del Reposo del Mundo”. La batalla decisiva fue en Waterloo. El día anterior llovió intensamente, inundando los campos de fango. Todo estaba preparado por Napoleón, para el día siguiente del histórico 18 de junio de 1815. El alto mando francés tuvo la última reunión para trazar las estrategias. La principal ofensiva consistía en impedir que se reagruparan los aliados y atacarlos directamente al centro para dividirlos, lanzar a Blücheral Rhin y a Wellington al mar. Posesionarse de Quatre-Brass y Bruselas. Reírse de los vencidos, salvar su imperio y seguir imponiendo su voluntad a la realeza.

Sus generales le aconsejaron que aplazara el ataque para el siguiente día, por las condiciones del terreno, que imposibilitaban la movilización de la artillería y la caballería. No hizo caso. Dice un refrán que “Dios ciega al que quiere perder”. Sabiendo Wellington que Napoleón desesperado lo buscaría, se dedicó a esperarlo en las sólidas posiciones de las colinas. A las 11 de la mañana impaciente ordenó el avance de las vanguardias al rugir de sus cañones.

Como a las 2 de la tarde la batalla era una carnicería, los franceses llenos de fanatismo por su emperador en olas humanas trataban de tomar las colinas, siendo rechazados por el austríaco Schwarzenberg, quien hábilmente se replegaba, y mediante maniobras envolventes los copaba, quedando aislados. Mientras Wellington desde las alturas los destrozaba. Como a las 4 de la tarde todos estaban extenuados y comprendían que el que tuviera refuerzos ganaría. Como a las 5 de la tarde, la llegada de Blücher con su atronadora caballería después de burlar a Grouchy, selló para siempre el fin de poder y gloria de Napoleón Bonaparte. Participaron más de 140 mil combatientes entre franceses, ingleses, rusos, austríacos, alemanes, belgas, españoles y polacos. En ninguna batalla han peleado tantos extranjeros juntos por eso los menciono; con más de 70 mil muertos, para que germinara con su sangre la semilla de la paz y de la libertad bienhechora de los pueblos.

El autor es escritor y abogado.  

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí