Carlos D. Quintana
Todo el efecto cataclismo que han ocasionado en los estratos sociales y estructuras de nuestro país los increíbles casos de corrupción propiciados y realizados durante la anterior administración liberal, vinculando a poderes del Estado y a entidades religiosas, obliga urgentemente a realizar un drástico golpe de timón en las directrices del liberalismo; manejado actualmente por individuos de hábitos gangsteriles, élite perniciosa que además de tener secuestrado al partido lo desprestigian en toda forma imaginable.
¿Acaso son verdaderos militantes los que forman la dirigencia actual de la principal agrupación liberal (PLC)? ¡No! Se sabe que algunos fueron de marcada militancia sandinista, otros advenedizos desertores de otros partidos, otros oportunistas, etc., todos con el padrón de un común denominador: la caza del Estado botín tan lamentablemente perniciosa y tradicional en nuestros países hispanos una vez que se conquista el poder. Con esto no debemos generalizar, también hay en la dirigencia y en las filas de nuestro partido ciudadanos probos y honestos que deben sacudirse la escoria de quienes los contaminan con la corrupción.
Se aproxima la fecha memorable del 11 de julio, hay rumores de un plebiscito renovador, hay fuertes inquietudes a exponer en la gran asamblea liberal. Es una fecha muy apropiada para la reflexión y solución de ciertas actitudes servilistas y borreguiles y de la endémica codicia, ensoberbecimiento y embriaguez de poder generado por el caudillismo, que con sus actitudes personalistas y señalamientos dedátiles tanto daño y desprestigio han ocasionado a la verdadera esencia filosófica liberal.
Con cierta clase de dirigentes no necesitamos adversarios políticos, ellos se encargan de autodestruir ahuyentando a los correligionarios y simpatizantes y muy contrario a lo que piensan esos pocos, el partido nos cuesta y pertenece a todos los que en él militamos y por el que trabajamos. Debemos ser participativos, debemos inyectar savia nueva, no viciada, a nuestras estructuras, debemos unirnos, fortalecernos políticamente y recordar que con nuestro silencio y falta de beligerancia estamos propiciando y fomentando la destrucción del liberalismo y facilitando peligrosamente una futura victoria al frentismo que tantos efectos catastróficos dejó recientemente en nuestra nación.