Ser periodista en Nicaragua… no es fácil

Georgina Lupiac

En diversas ocasiones me pregunto el porqué es tan difícil para el gremio periodístico encontrar una fuente de trabajo en donde además de demostrar sus habilidades profesionales, le permita dignificarlo con una remuneración adecuada que le otorgue la satisfacción de brindar una vida digna a su familia.

Es comprobable que se debe tener una especial habilidad para realizar el trabajo periodístico que va más allá de los estudios universitarios, que hacen la diferencia entre ese gremio y expertos profesionales en cualquier otra materia, que pierden el control ante una cámara de televisión o ante un micrófono radial así como a la hora de expresar por escrito sus ideas y pensamientos.

Porque el periodista debe, además, ser capaz de captar el interés de la audiencia o del lector así como el dominio escénico en la televisión, que le permita coordinar sus ideas y mantener el control de sus emociones.

De tal manera que llegamos a la conclusión de que el periodista que mantiene como principios fundamentales en su trabajo, la ética, el profesionalismo y la objetividad, obtiene el respeto y admiración hasta de aquellos que de alguna manera se vieron vinculados a determinada información que es menester en el cumplimiento de su deber, además de convertirse en el arquitecto de tantos medios de comunicación de éxito y preferidos por el público, no necesariamente por el empresario radial o televisivo dueño del mismo, sino por el trabajo que cada periodista realiza

A pesar de tantas virtudes que se necesitan para ser un buen periodista, es lamentable que el fruto de su trabajo sea tan mal remunerado.

En la precaria situación económica del país, en donde el principal flagelo sigue siendo el desempleo, los periodistas dueños de pequeños espacios habían subsistido en el gobierno pasado como microempresarios, permitiéndose con modestia, llevar el sustento diario a sus familias.

Sin embargo, desde enero de 2002 fueron cambiadas las reglas del juego, y la estrategia del gobierno en esta materia fue totalmente opuesta a la anterior, lo que tomó desprevenidos a los periodistas que hoy están al borde de la desesperación.

La postura del gobierno actual al respecto se basa en que deben de cumplir con sus objetivos publicitarios con los recursos que tienen, siendo éstos menores que los años anteriores, utilizando el “rating” y la cobertura nacional como indicadores, variando drásticamente la estrategia publicitaria llevada a cabo antes, cuando dueños de medios y periodistas independientes eran beneficiados con el pastel publicitario, si no equitativamente —porque es bien sabido que algunos eran mayormente beneficiados que otros— sí con la oportunidad de trabajar para subsistir.

Estoy de acuerdo con que el gobierno no debe actuar de forma paternal, y estoy segura de que muchos colegas respetarán mi criterio cuando digo que hay vicios que se deben eliminar. El periodista debe dignificar su trabajo, destacar sus habilidades y borrar la imagen que se ha formado a su alrededor. Tampoco debe limitar sus expectativas de publicidad en el ámbito gubernamental, debiendo agudizar su ingenio para ampliar su mercado, siendo competitivo y de calidad. Sin embargo, me entristece la actitud del gobierno que en aras de mantener su imagen, inflexible, está trastocando el estómago del gremio, por lo que no es nada raro que reciba hiel en respuesta.

Sería de sabios que los funcionarios de gobierno puedan poner en práctica sus conocimientos técnicos y la aplicación de la mercadotecnia para lograr sus objetivos, dejando un espacio para la sensibilidad social que en países como el nuestro con una carga de extrema pobreza que venimos arrastrando por décadas, deben de tener para ostentar los cargos públicos.

Con todo el respeto que se merecen estos funcionarios públicos, les expreso mi criterio como parte de una agrupación gremial, y aunque hoy no sea mi caso de padecimiento extremo, como el que sufren muchos hombres y mujeres de prensa —que deambulan por las calles de Managua buscando el sustento diario, ofreciendo un servicio profesional y se les cierran todas las puertas— me uno a ese clamor gigante que exige respeto a la dignidad profesional.

La autora es periodista.  

Editorial
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