La conferencia nacional católica de Estados Unidos, que se reunió en Dallas, Texas, el jueves y el viernes de la semana pasada, y en la que participaron unos 300 obispos y cardenales de ese país, tiene sin dudas una significación histórica internacional debido a la naturaleza de los problemas que se discutieron en ella y al hecho de que en la actualidad hay una nueva relación —compleja y difícil— entre la religión y la comunicación.
Tal como lo informamos el sábado recién pasado, aunque la Iglesia Católica de Estados Unidos no acordó, como se esperaba, una tolerancia cero con los abusos sexuales cometidos por religiosos —incluyendo su expulsión de las estructuras eclesiales—, sin embargo admitió su responsabilidad por esos hechos bochornosos, pidió humildemente perdón a las víctimas y excluyó a los culpables de toda relación con la feligresía.
Ahora los acuerdos de los obispos y cardenales estadounidenses tendrán que ser ratificados o rectificados por el Vaticano, que tiene un interés particular en la situación de la Iglesia de Estados Unidos, al grado de que el papa Juan Pablo II llamó a su presencia a la jerarquía católica estadounidense, hace un par de meses, para instarla a afrontar la realidad de sus problemas y a resolverlos de conformidad con los cánones del catolicismo y los principios fundamentales de la ética cristiana.
Al inaugurar la conferencia de Dallas, el jueves pasado, el presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, monseñor Wilton Gregory, Obispo de Belleville, Illinois, reconoció que “la Iglesia Católica de Estados Unidos atraviesa una crisis muy grave, tal vez la más grave que hayamos conocido”, y prometió tomar medidas para ayudar a los feligreses a recuperar la fe y la confianza en la jerarquía católica. Aseguró que “la crisis se sustenta en una profunda pérdida de confianza de los fieles en nuestro liderazgo”, lo que atribuyó “a nuestra incapacidad para enfrentar el delito del abuso sexual de niños y jóvenes por parte de sacerdotes y personal eclesiástico”.
Ante ese pronunciamiento valiente y honesto del jefe de la Iglesia Católica de Estados Unidos, se esperaba que la conferencia de Dallas aprobaría la propuesta de tolerancia cero, pero en todo caso se ha dado un paso muy importante para tratar de revertir la grave pérdida de confianza de los fieles a la que se refirió monseñor Gregory, que no se debe sólo a los abusos cometidos por una minoría de sacerdotes y obispos (en el caso de Estados Unidos, 250 acusados, entre un total de 46,000) sino también al empecinamiento de sus autoridades en negarlos y en atribuir las denuncias a supuestas campañas malévolas de los medios de comunicación.
En todo caso, el pronunciamiento del Presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos debería ser aprovechado por las jerarquías católicas de otros países, donde algunos sacerdotes y obispos también se han visto envueltos en líos de abusos sexuales o en asociación con políticos corruptos, pero en vez de rectificar sus errores han atacado indiscriminadamente a los medios de comunicación. Es cierto que hay algunas personas y sectores políticos interesados en desacreditar a la religión en general y a la Iglesia Católica en particular, propalando abusos inexistentes, exagerando algunos problemas, denigrándola con frases infamantes y coprológicas, o distorsionando actividades que hacen las parroquias para obtener fondos honestamente. Pero en términos generales, los medios de comunicación no inventan los problemas de algunos sacerdotes y obispos, sino que son ellos mismos los que se han involucrado en situaciones escabrosas que los periódicos están obligados a reportar, como cualquier otra noticia de interés público.
Hace algún tiempo, el filósofo francés, André Malraux, advirtió que el siglo XXI se caracterizaría por una irresistible tendencia hacia nuevas formas de religiosidad y procesos de desecularización, así como a una actitud de los medios de comunicación social más crítica frente a las religiones y más intervencionista en el comportamiento de los religiosos y de las autoridades eclesiásticas.
Eso, precisamente, es lo que está ocurriendo ahora, y frente a esta ineludible realidad lo correcto es que haya una actitud más transparente de los religiosos, y que a su vez los medios de comunicación tengan un comportamiento más objetivo, veraz y respetuoso hacia lo religioso.