Gonzalo López [email protected]
Con frecuencia se lee en periódicos y por observación en la vida cotidiana la real y cruel historia de distinguidas personalidades de la vida nacional solicitando ayuda al gobierno o a instituciones, pues la viudez o mísera pensión no les permite vivir la última etapa de la vida dignamente.
El periodista Tijersol, profesores Chow-Díaz, Rivera, el poeta y catedrático Ciro Molina, la Sra. Vaughan de Leytón, etc. son apenas unos pocos de los miles de ciudadanos notables que laboraron arduamente durante décadas forjando una nación, creando capital intelectual para las futuras generaciones, y que hoy viven oprimidos por la asfixia económica de nuestros tiempos.
¿Acaso no supieron que existe un instrumento que alivia el impacto económico que la muerte ocasiona a los que dependen del salario del jefe de familia?
Este vehículo económico vital es el Seguro de Vida. Es el producto más útil creado por la inteligencia humana por dos razones primordiales: primero, brinda seguridad económica al (los) sobreviviente(s) del núcleo familiar cuando el fundador desaparece de la escena. La otra razón es tanto o más poderosa que la primera, el aportar dinero para la jubilación. Las cuotas que dan protección al hogar en caso de muerte conllevan la doble función de crear un fondo para el retiro.
La industria del seguro de vida tiene muchos siglos de existencia, la primera compañía se fundó en el siglo XIV (año 1310) en Brujas, Bélgica y ya en la Antigua Babilonia, en 1750 a. de C. el rey Hamurabi ordenó en su famoso Código la protección de los ciudadanos en indigencia, viudas y huérfanos especialmente. Los costos de protección de los necesitados eran compartidos por todos los habitantes.
La experiencia nos dicta que el hombre muere primero; la esposa, después de toda una vida de sacrificios y luchas al lado del esposo es abandonada, al final de la vida, en la peor situación económica; no parece muy sensato sobre todo cuando el marido obtuvo un alto nivel de escolaridad y educación.
El seguro de vida surgió cuando hombres y mujeres vivían en el temor de los estragos que produce la muerte. Se nutrió de compasión por el menos afortunado; las personas buscaron formas prácticas de aliviar la pesada presión financiera que la muerte provoca, de los hombros débiles de los individuos y la distribuyeron en los hombros fuertes del grupo.
Un plan de Seguro de Vida debe comenzar a temprana edad, con el primer salario, apartando entre cinco y diez centavos de cada córdoba que pasa por nuestro bolsillo, cantidad destinada como una obligación sagrada al hombre (o mujer) envejecido(a) del mañana.
La próxima vez que un agente de Seguros de Vida se acerque al hogar, atiéndalo con esmero, bríndele cariño, ofrézcale su tiempo como se lo da al médico o al abogado, trae una misión muy noble: protegerla del desamparo y cubrirle una vejez digna.
El autor es profesor de Español, Univ. Ave María, San Marcos.