Seres excepcionales

Rosa María Vivas [email protected]

Desde mis años infantiles he apreciado en la literatura de diversos autores temas relacionados con la medicina y ciencias afines, recuerdo haber visto en una de mis pesquisas una escala de coeficiente intelectual, calificados en orden ascendente a descendente, en primer orden figuraban los dígitos que correspondían a los seres con inteligencia superior, mejor conocidos como “los superdotados” y por último la cifra correspondiente a los menos privilegiados intelectualmente hablando, descritos en la misma escala como “idiotas” o “imbéciles”, aunado a ese torcido término estaban los comentarios que en más de una ocasión escuché de algún extraño llamando a otro: mongolito.

Honestamente ignoraba el significado de ese término pero estaba segura que era empleado para ofender o denigrar a una persona, asumiendo —poco tiempo después— que sí existía un grupo reducido de personas designadas con ese nombre “oficializado” por la misma ciencia médica apelando que a las personas con Síndrome de Down se les llamaba así —mongolitos o mongoloides— por las similitudes físicas con los habitantes de un país asiático, Mongolia. Obviando, desde luego, la inclinación de nuestra sociedad de aplicar de acuerdo a sus conveniencias un término de dudosa interpretación.

Una persona con Síndrome de Down o Trisomía 21 —referente al cromosoma extra en el par 21 que origina la alteración genética— en Nicaragua desde que viene al mundo está destinada a enfrentarse a una serie de prejuicios y tabúes que se le atañen por su excepcionalidad. Desde los característicos rasgos hasta el posible déficit mental que pueda presentar son aislados y tratados de manera particular por ser precisamente diferentes, o reciben demasiada protección o se les niega una mínima atención y afecto. Ambas situaciones no son las idóneas ya que pueden afectar al niño en el desarrollo de su autonomía y habilidades particulares —en el primer caso— y en el segundo, sufrir un completo abandono moral y deplorable existencia pues la separación del mundo social al que todos los seres humanos estamos condicionados a interactuar es devastador especialmente para los niños(as), adolescentes y adultos con Trisomía 21.

Es preciso manifestar que la familia juega un papel importantísimo en los primeros pasos que un niño con Síndrome de Down deberá concretar para iniciar su cruzada por la ríspida senda del crecimiento en años posteriores, no debe excederse en la protección ni limitarse la atención sino encontrar un punto de equilibrio canalizado por el sentimiento afectivo, pues es indispensable que el niño perciba que es tratado como un ser humano capaz sin descalificarlo por su excepcionalidad.

No debemos ignorar que una persona con Síndrome de Down no es un ser inerte sino un ser humano, que no ignora el ambiente que lo rodea ni las acciones de quienes están a su lado, al contrario, de las personas más cercanas a él depende la imagen que el niño visualizará de sí mismo, si queda relegado a ser un objeto junto a la pared o una personita especial que es valorada; que si debe esperar a que una mano caritativa lo ayude a asearse, vestirse y alimentarse o en cambio, aprender el día de hoy a entrelazar las agujetas de los zapatos y mañana sujetar con destreza los cubiertos en la mesa; que si cree que es una persona anormal y extraña que es víctima de la indiferencia de los ignorantes o conoce una verdad que le corresponde, que es un ser humano con una excepcionalidad que merece respeto y confianza, que es capaz de incorporarse en la competitiva área laboral desempeñándose como artista de la madera, de la repostería u otros oficios… que es merecedor de amar y ser amado como cualquier ser afortunado…, y que sabe que aquel que rechaza a uno de sus semejantes con cualquier excepcionalidad sufre de aquella que es más severa… discapacitado para ser humano.

La autora es estudiante de Psicología.  

Editorial
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