Condenados a negociar y a acordar

Nicaragua no es el único país en el mundo que siempre está comenzando, y que nunca avanza de manera consistente e irreversible hacia el crecimiento económico, el progreso social y el desarrollo cultural. Pero es muy probable que sea uno de los pocos países que sufre crónicamente este síndrome de Sísifo.

Tampoco es la nicaragüense la única nación de la Tierra que no pierde la oportunidad de perder las oportunidades. Pero la realidad es que, en sucesivas ocasiones históricas: al terminar la Guerra Nacional, a mediados del siglo 19 y durante la república conservadora de los treinta años; cuando triunfó la revolución liberal de 1893 y se abrió el país al desarrollo capitalista; al finalizar la intervención armada norteamericana y la guerra nacional antiimperialista, en 1933; después del derrocamiento de la dictadura somocista, en 1979; y luego de la derrota electoral de la dictadura sandinista, en 1990, Nicaragua tuvo en sus manos la posibilidad de constituirse sólidamente como un país libre y democrático, y avanzar hacia el desarrollo y la prosperidad, pero en todos esos casos, por una u otra razón, las oportunidades se perdieron.

Ahora la nación pareciera estar de nuevo ante la encrucijada de avanzar, o seguir estancada y más bien retroceder. Otra vez Nicaragua aparenta no tener capacidad de erguirse por sí misma, de aprovechar sus propios recursos y fuerzas, ni siquiera de cumplir unos requisitos mínimos que son indispensables para ingresar en el club internacional de triste reputación que está integrado por los países muy pobres y altamente endeudados (HIPC, por sus siglas en inglés), membresía que le permitiría a Nicaragua alcanzar los beneficios de programas de asistencia económica internacional en condiciones muy favorables.

No obstante, el Gobierno del Presidente Enrique Bolaños ha despertado una gran esperanza entre la mayoría de los nicaragüenses y en la comunidad democrática internacional, a pesar de los inobjetables lastres que él arrastra debido a que formó parte del gobierno escandalosamente corrupto del ex presidente Arnoldo Alemán, y porque subió al poder en hombros de un partido (el PLC) que está carcomido por los vicios del “presupuestivorismo”, el pactismo y la corrupción. Sin embargo, las credenciales de honestidad personal del Presidente Bolaños, la enérgica lucha contra la corrupción que impulsó en los primeros cinco meses de su Administración, el estilo de gobernar totalmente diferente a los avasallamientos del ex presidente Alemán, y sobre todo la imperiosa necesidad de cambio que hay en la sociedad, lo ha hecho acreedor a un nivel de credibilidad sin precedentes.

Ahora bien, lo ideal sería que el Presidente Bolaños pudiera transformar las instituciones (Asamblea Nacional, Corte Suprema, Poder Electoral, Contraloría y Fiscalía) que han sido envilecidas por el pactismo, el partidismo y la corrupción, pero eso es imposible. Bolaños tiene que gobernar de conformidad con el ordenamiento legal establecido y luchar contra la corrupción y el partidismo de las instituciones contemporizando con los políticos que controlan y explotan esas instituciones. Y de manera muy específica e inmediata, para hacer frente a la dramática situación de dos mil millones de deuda interna que le heredó el gobierno anterior, de seiscientos millones de dólares perdidos durante la vorágine de la corrupción, de una acrecida e impagable deuda externa, Bolaños necesita que sus propuestas de reformas presupuestaria y tributaria sean aprobadas por los mismos diputados de los partidos que mantienen cautivas a casi todas las instituciones estatales.

Bolaños tiene, pues, que negociar con los partidos liberal y sandinista, no sólo porque la democracia funciona mediante la sucesión de negociaciones y acuerdos, sino porque está obligado a hacerlo, aunque no sean esos los actores políticos con los que cualquier gobernante decente quisiera negociar.

Pero si bien es cierto que el Presidente Enrique Bolaños está condenado a negociar y a entenderse con las cúpulas liberal y sandinista, debe hacerlo en forma transparente y en alrededor de acuerdos de verdadero interés nacional. Lo que no tiene por qué hacer Bolaños, y nadie lo puede obligar, y toda la gente que confía en él lo repudiaría si lo hiciera, es pactar con los libero-sandinistas para detener la lucha contra la corrupción y para mantener y proteger la dominación partidista sobre las instituciones de la República.  

Editorial
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