Juan José Rodríguez Bustos
La calidad, como sinónimo de valoración de las cosas, nos permite decidir acerca de cuál de ellas es mejor que otras. La calidad, una cualidad propia de la materia y actualmente de los servicios prestados sirve, por ende, para discernir acerca de qué es lo que más conviene adquirir.
Sin embargo, la calidad, en abstracto no existe. Para emplearla como característica de valor, debe en primer lugar medirse, es decir, cuantificarse, y en segundo lugar compararse con relación a algo o con algo, el estándar, para poder establecer si determinada magnitud cumple con el mismo o no. A todos los bienes o servicios que cumplen con el estándar se les acredita el galardón ISO 9001 o ISO 9002.
Dichos galardones se han establecido para identificar a aquellas empresas que cumplen las normas de fabricación (ISO 9001) o de servicios (ISO 9002), por lo que no son equivalentes, ya que la fabricación comprende la calidad en las materias primas, los procesos de fabricación, el índice de rechazos, el tiempo de reemplazo, etc., es decir, está vinculado estrictamente a los productos. El ISO 9002, por el contrario, se relaciona con los servicios, es decir, la atención personal al cliente, el ambiente en el que se atiende, el tiempo de espera para ser atendido o para brindar el servicio solicitado, la seguridad de los tiempos de entrega, etc. Una empresa fabricante puede tener galardones en ambos campos, si brinda al público servicios relacionados al producto que fabrica.
Esta reflexión sobre la calidad es motivada por las críticas expuestas al proyecto de Informática Educativa que promueve el MECD con el apoyo del BID. En el reportaje especial de LA PRENSA del 11 de junio alguien expresó que poseían el galardón ISO 9002 y que éste era igual al ISO 9001, lo cual es una falsedad absoluta, como se ha demostrado.
Pero el problema de fondo no es la confusión acerca de la calidad que muestra el entrevistado, sino el hecho que su oferta fue descalificada por no cumplir con un requisito para la licitación. Si me rechazan o no gano, no vale… pareciera ser la razón que esgrimimos todos los habitantes de Nicaragua, independientemente de las esferas, políticas, comerciales, etc., cuando por cualquier razón no resultamos electos en determinado certamen.
Esta reflexión está relacionada con las exigencias propias de la licitación en particular. Teorizando acerca de los requisitos, en todo proceso se especifican las condiciones de obligatorio cumplimiento para poder participar en una licitación en particular. Si un interesado no cumple con determinadas condiciones, la oferta será descalificada de inmediato, de manera que es inútil hacer el esfuerzo. Esto no ocurre en procesos de licitación pública, nacionales o internacionales, puesto que será rechazado por los demás oferentes en el momento que se revisen todos los parámetros, normalmente en público ante los demás.
Otro caso sería que una determinada restricción haya sido impuesta durante el proceso. Si se cambian las reglas del juego, todos los oferentes que se consideren lesionados están en el derecho de apelar ante los organismos competentes acerca del hecho. Del fallo del árbitro dependerá si uno o varios oferentes se retiran definitivamente del proceso o si continúan en el mismo. Si éste fue el caso del entrevistado, es decir, si hizo uso de la apelación y fracasó, debería aceptar con espíritu olímpico el fracaso y el mismo debería de servirle para reorientar sus estrategias empresariales, para hacer más competitiva su empresa.
Personalmente considero que no es justo ni leal atacar un magnífico proyecto de desarrollo que actualmente impulsa el MECD, con conceptos confusos o erróneos, tratando de empañar la transparencia del proceso o la actuación de sus funcionarios.
El autor es Ingeniero Civil y Master en Economía.