Marco A. Valle Martí[email protected]
Las migraciones internas, en buena proporción, tienen dirección urbana, y no la búsqueda de mejores horizontes siempre en el ámbito rural. Pareciera que la gente cada día se desestimula a seguir en el campo, o dicho de otra manera, el campo la expulsa y, en vez de buscar nuevas rutas rurales, se deja llevar por los espejismos urbanos.
Comparando la población de ciertas ciudades en el período 1995-2002, se nota el proceso de urbanización acelerado, que no necesariamente lleva mejor calidad de vida a sus residentes. Ciudades como Matagalpa, Juigalpa, Masaya, Bluefields, Chinandega, Estelí, San Carlos, Diriamba, Jinotega, León, Jinotepe y, Granada, están recibiendo oleadas de migrantes que más que producir llegan a la rebusca, así como a explorar si consiguen algo en el mercado informal, se ubican en el primer lote de tierra que pueden, demandan servicios públicos que la ciudad no está preparada ni en capacidad de brindarlos y, al final engrosan el contingente de pobres urbanos que deambulan por las calles.
Lógicamente Managua se encuentra también entre estas ciudades. De un día para otro aparecen, crecen y se expanden asentamientos en los diversos distritos, cuyos habitantes frecuentemente no son managuas, sino que proceden de las zonas occidental y central. Es posible que, en esos asentamientos haya no menos de ciento treinta mil personas, representando aproximadamente veintiún mil familias que buscan la vida, sin que la mayoría pueda encontrarla, tal y como aparecen cotidianamente en los medios de comunicación.
Este fenómeno de las migraciones sobrecarga la pobreza existente en las ciudades, es decir a los pobres históricos se le suman nuevos pobres que llegan a profundizar los problemas, cuestión que se ahonda en la medida que se atrasa la solución de las trabas que tiene el campo.
Sin animo de criminalizar la pobreza, es una realidad que este panorama influye para que en esas ciudades se eleve el índice de violencia social e intrafamiliar. No se trata de decir que sólo los migrantes son actores de la violencia, sino que las oleadas provocan mayor crisis no sólo económica y de empleo, sino también de valores guías locales, solidaridad, cohesión social y estrés, en fin dificulta aún más las salidas que a la pobreza examinan las autoridades nacionales, locales y, organismos de la sociedad civil.
Midiendo la violencia por medio de la tasa de delitos por diez mil habitantes, en 2001, la mayoría de las ciudades mencionadas tienen índices preocupantes, Managua 208, seguida de Granada 102, Estelí 100, León 75, Carazo 67, Masaya 63, Juigalpa 43, Bluefields 27, San Carlos 21 y, Matagalpa 20. Se vislumbra, entonces, un proceso de urbanización del delito. Por ejemplo, el caso de San Carlos, tiene relación con migraciones a Costa Rica; Estelí recibe migraciones principalmente del norte del país y, Masaya tradicionalmente segura, también es receptor de migraciones e, igualmente su cercanía a Managua, en cierta medida, está afectando su seguridad.
Llamamos la atención sobre esta relación migraciones, ciudades y violencia, ya que la tendencia es sostenida y bajo ningún punto de vista conviene que se consolide. Hay que evitar que la considerable inseguridad ciudadana que se vive en Managua se riegue a otras ciudades. Más aún, hay que recobrar el sentimiento de seguridad de los y las managuas.
El autor es consultor en seguridad ciudadana.