La dura realidad

Jorge Salaverry*

Hay personas que huyen del silencio como de la peste, porque éste invita a la observación sosegada y a la reflexión, dos actividades que tienen la posibilidad de hacernos conocer mejor una realidad que a veces preferimos ignorar. Quizás por eso sea que el relativo silencio que se produjo en el ambiente poco después de la destitución del procurador especial, doctor Alberto Novoa, no fue bien recibido por algunos, ya que los obligó a ponerle atención a la dura realidad económica del país.

Y cuando nos enfrentamos a esa amarga realidad, tenemos dos caminos: lamentarnos de nuestra suerte y echarle la culpa al gobierno de que el país “no arranque”, o acometer con seriedad, inteligencia y responsabilidad la ardua tarea —que nos corresponde a todos— de trabajar para salir adelante. El primer camino es el más fácil, pero también el más improductivo. El segundo requiere esfuerzo mental, disciplina, trabajo, y mucha paciencia. Es difícil, pero es el único real y no demagógico.

Espero que no se me malinterprete. No estoy insinuando que se suspenda la lucha contra la corrupción. Los que se sienten amenazados por ella son quienes plantean la situación en términos excluyentes, y dicen que: o nos dedicamos a perseguir ladrones o nos dedicamos a producir. No es cierto que debamos escoger una cosa o la otra, porque ambas son necesarias y simultáneamente posibles.

La situación económica está difícil, y lo estará por un buen rato. Es preciso que lo sepamos, porque los nicaragüenses, al igual que todos los latinoamericanos, somos, por desgracia, muy dados a aceptar las “soluciones” propuestas por demagogos, politiqueros, y seudo redentores. Nos encanta la cultura del molote y de la plaza, y nos inclinamos a creer que el progreso y el bienestar son producto del brazo justiciero de un líder enérgico, gritón y carismático, y no la consecuencia de un arreglo institucional adecuado y de una cultura de trabajo inteligente, paciente y constante que construye sin ruidos ni desplantes cantinflescos.

Los miembros del gobierno anterior que injustamente critican al actual por la situación económica, no tienen mucho de qué jactarse. El ingreso per cápita apenas si creció en unas pocas decenas de dólares en los 5 años que estuvieron en el poder, y las exportaciones en 2001 fueron casi iguales a las de 1997, el primer año de ese gobierno. Por otro lado, los enemigos abiertos y solapados de la economía de mercado, que se agrupan en torno al Frente Sandinista, añoran la omnipresencia del Estado en la economía y viven anhelando un “cambio de sistema.”

Pero hay todavía otros que, si bien no se consideran enemigos de la economía de mercado, demuestran una gran ignorancia de lo que ella es. Esos creen, por lo visto, que quienes estamos a favor de ella, quisiéramos que desapareciera el Estado para que sólo quedara el mercado. Nada más absurdo que eso, por supuesto. Nosotros creemos que el Estado debe existir y dedicarse a hacer bien lo que en verdad le corresponde, pero sin interferir con la operación del mercado. También creen que estamos en contra de cualquier tipo de planificación, lo cual es otro absurdo. (La semana pasada escuché a un conocido economista decir por televisión la siguiente ridiculez: “En los Estados Unidos, donde el capitalismo está más desarrollado, las empresas planifican su producción; no lo que les diga el mercado”). ¡Qué tontería! Estamos, eso sí, decididamente opuestos a cualquier planificación que se haga en contra de la competencia, y por eso nos oponemos a leyes que, con el pretexto de proteger a los productores de un determinado sector, lo único que hacen es restringir la posibilidad de que algunas empresas puedan competir en los mercados internacionales.

La planificación estatal o de cualquier otro grupo, por muy tecnificada que pretenda ser, no puede jamás ser un sustituto ni remotamente adecuado de la libertad de iniciativa de los miles y miles de personas que conforman una sociedad. La capacidad de identificar oportunidades de nuevos negocios y de organizarlos competitivamente, radica en la libertad de esos miles y miles de personas que operan dentro de un Estado de Derecho, pero al margen de cualquier organismo planificador. La posibilidad, entonces, de que Nicaragua pueda, no sólo superar la difícil situación económica actual, sino también salir del subdesarrollo, radica, fundamentalmente, en la libre iniciativa de sus ciudadanos, que es sinónimo de decir que radica en la operación de una economía de mercado.

* El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa

y catedrático de la Universidad Thomas More.
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Editorial
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