Concordia fluvial tico-nica a la vista

Norman Miranda C.*

La camorra litigiosa tico-nica sobre el Río San Juan concluirá dichosamente pronto, toda vez que el acuerdo recientemente anunciado por los cancilleres Caldera y Tobar goce de la aquiescencia de los operadores políticos, con los que hay que contemporizar.

Es axiomático en Derecho Internacional que la vía jurisdiccional no es inexorable, sino auxiliar. Lo deseable y el primor es que las controversias entre Estados se solucionen de común acuerdo, así se ahorran un tedio en La Haya, que para Nicaragua sería el tercero en cascada en dos años.

El acuerdo en cuestión tendrá, según se dijo, un enfoque funcional y pragmático, amén de un qui-pro-quo para Nicaragua: los soldados nicaragüenses podrán incursionar, también armados, en territorio costarricense, por uno de los afluentes del San Juan. ¿Para qué? Poco importa, al Derecho Internacional le basta con que haya un “Doy y Das”.

Pero primordialmente, el acuerdo se cimentará sobre la premisa de la soberanía de Nicaragua en el San Juan; así ésta quedará salvaguardada cuando se conceden permisos a Costa Rica, como parte de la cortesía de fronteras.

Permitir no es lo mismo que reconocer. Nicaragua no debe reconocerle a Costa Rica la navegación armada en el San Juan porque ello crearía derechos para la nación del sur, pero puede permitírsela, porque el permiso, que no hace nacer derechos para el beneficio, es un ejercicio de soberanía; en efecto, sólo quien tiene derechos (derechos soberanos, en este caso), está en capacidad de concederlos.

En recaudo a lo anterior recuérdese que en Derecho Internacional, el epítrope que versa sobre el paso de contingentes armados extranjeros, es un acto de cortesía y hospitalidad del Estado condescendiente y no por ello éste se despoja de su soberano derecho de admisión. Como este tipo de permiso ya está normado en el mar territorial (artículos del 17 al 32 de la Convención sobre el Derecho del Mar), puede convenientemente extrapolarse a las vías fluviales nacionales fronterizas o cuasi-fronterizas que de alguna manera, como el San Juan, tengan vocación internacionalizante. El San Juan, aunque es un río nacional, tiene una vocación de servicio internacional (binacional), similar a otros ríos el Mekong en Asia, el Mosa y el Rhin en Europa, y el Danubio entre el Ulm y el Mar Negro, todos los cuales se caracterizan por tener espacios de consistencia internacionalizante, integrando culturas, ideas y pensamientos entre sus ribereños. Lo que la naturaleza une la civilización no debe desunir.

Traigo oportunamente a colación los acuerdos Schengen de la Unión Europea. El régimen Schengen permite, inter alia, que la policía de Bélgica, por ejemplo, persiguiendo a criminales en ese país, incursione (lógicamente con sus armas de reglamento) en el territorio de Holanda, si los criminales en su huída incursionan en territorio neerlandés. Se trata de cooperación internacional transfronteriza contra el crimen y no por ello Holanda, en el ejemplo dado, retumbará protestando violación a su soberanía territorial.

Insto, pues, a que demos un hálito in primus a la iniciativa tico-nica que según parece, terminará de transarse en Nicaragua el próximo 20 de junio, entre los presidentes Bolaños y Pacheco.

Hay que terminar con el “cainismo fluvial” que desde 1998 envenena la agenda tico-nica. Atrás las arengas patrioteras azuzadas por los gurúes de la soberanía a ultranza, risible en nuestra época de Cosmópolis, de mundialización de los problemas.

Los hipersoberanistas, pletóricos de pasión pero de razonamiento primitivo, sacan dividendos demagógicos de su histriónica conducta. Las exaltaciones archinacionalistas nos presentan la soberanía como un sacramento político.

La soberanía surgió basada en el modelo de Westfalia del siglo diecisiete, se fundamentó entonces en el equilibrio de las potencias europeas. Pero los procesos de mundialización han demostrado que el ultrasoberanismo, paradigma westfaliano, es un achaque senil esclerótico de la moderna integración a la que los centroamericanos debemos tender si queremos ser parte de la proa del mundo actual; de lo contrario, Centroamérica seguirá pareciendo ser un grotesco enano de cinco cabezas.

El acuerdo tico-nica que sobre el Río San Juan se está forjando es un necesario cambio de paradigma, un rompimiento de las diminutas cadenas de Liliput que han atado durante los últimos cuatro años las relaciones con nuestros vecinos costarricenses.

* El autor es especialista en Derecho Internacional.  

Editorial
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