Caudillos y caciques

Luis Sánchez S.luis.sá[email protected]

A los líderes del PLC y el FSLN, Arnoldo Alemán y Daniel Ortega, se les considera como caudillos políticos. Inclusive, el vicepresidente de la República y directivo del Partido Liberal, doctor José Rizo, dijo esta semana que hace falta una reforma a los Estatutos de su partido para eliminar el caudillismo.

Pero yo no estoy de acuerdo con que Alemán y Ortega sean caudillos. A lo sumo son caciques. Caudillo fue Moisés, quien liberó al pueblo judío de la esclavitud en Egipto y lo condujo hasta la frontera de Canaán. Y Josué, quien llevó a la nación elegida a la tierra prometida. Y Darío de Persia, que cuando avanzaba sobre Grecia hacía oír a los griegos “pasos de animal grande”. Y Julio César, el conquistador romano de las Galias y de la fabulosa reina egipcia Cleopatra VII. Y Gengis Kan, quien expandió el dominio de su pueblo desde las profundidades de Mongolia hasta las orillas del Danubio. Y Atila, rey de los hunos, que sometió al imperio de Oriente y avanzó hasta las colinas de Roma, donde sólo pudo ser frenado por la cruz del papa León I, el Grande. Y Carlomagno, forjador del gran Estado europeo que unió a las naciones de Austrasia, Neustria, Borgoña, Auvernia, Aquitania, Septimania y Provenza.

Y fueron caudillos Manco Cápac I, quien sacó a su tribu de una islita del lago Titicaca y la llevó a fundar el extenso y poderoso Imperio de los Incas; y los próceres americanos: Washington, Bolívar, San Martín, O’Higggins, Artigas, Nariño, y Morazán, el adalid de la unión centroamericana…

¡Pero Alemán y Ortega…! Éstos no son caudillos, sino caciques.

Y si bien es cierto que en algunos países hispanoamericanos se usa la palabra cacique como sinónimo de caudillo, no es lo mismo. Según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, caudillo es quien encabeza, guía y manda a la gente de guerra, en tanto que cacique es la “persona que en una colectividad o grupo ejerce un poder abusivo”. Y caciquear es mangonear, “intervenir en asuntos usando indebidamente autoridad, valimiento o influencia”.

El caciquismo, al que los estudiosos de la cultura política nicaragüense erróneamente llaman caudillismo, es una forma tosca de mandar y gobernar heredada de la conquista española; viene desde la época en que el adelantado, gobernador o virrey llegaba a América junto con un grupo de sus parientes y amigos cercanos, investido de un poder total que imponía a sangre, fuego y espada. Y en la forma terrible de gobernar de Pedrarias Dávila —primer gobernador español de Nicaragua— combinada con las tradiciones salvajes de los caciques indígenas, se originaron los métodos arbitrarios y deleznables de ejercer el poder que han practicado caciques políticos como Zelaya, Somoza, Ortega y Alemán.

Algunos investigadores atribuyen origen mexicano a la palabra cacique. Pero Joan Corominas dice en su Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana, que dicha palabra viene del taíno de Santo Domingo, y que así se llamaban los reyezuelos indígenas.

Como sea, el hecho es que los caciques políticos contemporáneos son individuos habilidosos, inescrupulosos y codiciosos, que hacen cualquier cosa con tal de subir al poder y mantenerse en él, y que se imponen a su partido o a toda la nación aparentando gozar de un amplio respaldo popular, el cual mantienen a base del servilismo de sus allegados, la demagogia, la repartición de prebendas y la generalización de la corrupción.  

Editorial
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