- Los sueños y las esperanzas del fin del comunismo se desvanecieron a medida que millones de alemanes orientales tuvieron que vivir en una realidad dura, nueva, distinta. El largo camino de la integración completa del Este con el Oeste de Alemania ya alcanzó éxitos notables, pero continúa
Alberto L. Alemán [email protected]
PRIMERA DE 4 ENTREGAS
BERLÍN.- Iba a ser maravilloso. La hermana mayor y rica los acogería en un abrazo protector y cual rey Midas, todo lo que tocase sería oro. Así se les prometió, o bien, eso fue lo que millones de alemanes orientales creyeron cuando fueron testigos entusiastas de la caída del muro de Berlín y de la reunificación tras 40 años de separación.
No fueron los únicos. El final de 1989 y 1990 eran tiempos de cambio vertiginoso, cuando las noticias del desmoronamiento de las repudiadas “democracias populares” en Europa del Este se sucedían una tras otra. Similares expectativas crecieron tras la vieja “Cortina de Hierro”.
La nueva “Primavera de los Pueblos” barría con el orden europeo de medio siglo y debía ser la alborada de un mundo mejor. El politólogo estadounidense Francis Fukuyama proclamó apresurado “el fin de la historia” y el triunfo de la democracia liberal a nivel planetario.
Pocos años bastaron para pasar de la euforia al desencanto. El nivel de desarrollo portentoso alcanzado por la República Federal Alemana (RFA) en décadas de duro trabajo, y a través de la economía de mercado, no podía ser trasladado automáticamente a la ex comunista República Democrática Alemana (RDA).
A doce años de la reunificación alemana, ocurrida el 3 de octubre de 1990, sensibles diferencias aún persisten entre el Este y el Oeste. Todo a pesar de los 70,000 millones de dólares que el gobierno federal gasta cada año para nivelar a los nuevos “Länder” o Estados con Occidente, de los estímulos generosos al capital alemán y extranjero para invertir en ellos, o del indiscutible avance material.
Índices más altos de desempleo, salarios más bajos, y, en consecuencia, ayuda social y al desempleo menores, son una realidad para millones de habitantes del Este, los llamados “Ossis”, término contrapuesto al de “Wessis”, aplicado a los del Oeste.
UNA PEQUEÑA MUESTRA
En febrero de 2002 el Estado occidental de Baja Sajonia tenía el desempleo más grande del Oeste con un 11 por ciento. Mientras tanto, el oriental Estado de Sajonia-Anhalt contaba precisamente con el doble. El promedio del desempleo en todo el Este era del 20.7 por ciento y el del Oeste, 9.2 por ciento (ver gráfica comparativa), según datos del Ministerio de Economía alemán.
Sajonia-Anhalt es el Estado menos rico de Alemania. Unos 35,000 jóvenes con educación huyen de esta región cada año hacia el Oeste en busca de mejores horizontes, según cifras citadas por el prestigioso diario conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ).
El éxodo también ocurre en los demás nuevos “Länder”, aseguran autoridades del Ministerio de Economía del Estado de Sajonia en Dresden.
Cosas buenas también las hay en Sajonia-Anhalt. Una de ellas es la mejor red de atención infantil de toda Alemania para madres que trabajan fuera de casa. Es decir, se asegura un lugar para cada niño en centros equivalentes a los CDI que hubo en Nicaragua.
“DDR, O LOS TONTOS DEL RESTO”
“Muchos dicen que los únicos que se quedan en el Este son el ´DDR´”, expresa con ironía Gabriele Zimmer, la presidenta del poscomunista Partido del Socialismo Democrático (PDS), en una entrevista con LA PRENSA.
Usa ella un juego de palabras en alemán: DDR, “Der dume Rest” o sea, “los tontos del resto”. A la vez, DDR son las siglas de la extinta República Democrática Alemana (Deutsche Demokratische Republik).
Para Zimmer y su partido, el cual cogobierna con los socialdemócratas la capital, Berlín, los ciudadanos del Este tienen menos oportunidades que sus contrapartes occidentales, y el gobierno federal asigna más contratos oficiales a las empresas del Oeste que a las del Este. Su opinión es compartida por muchos alemanes de la ex RDA.
ROSARIO DE QUEJAS
Como también solían hacerlo en los bares y en sus casas durante la RDA, los “Ossis” tienen un largo rosario de quejas.
Sentado junto a mí en un bar chileno de Friedrichshain, un barrio de la parte este de Berlín donde viví por dos meses a principios de este año, bebiendo ambos una copa de un buen vino, Christian, un joven estudiante en una universidad berlinesa, se desahoga: “No teníamos libertades antes. Ahora, no tenemos trabajo”.
“Fue una anexión (de la RDA a la RFA), nada más que eso”, asegura por su lado Kerstin, una berlinesa oriental doctora en matemáticas, una vieja amiga de mis tiempos de estudiante en Varsovia.
Agrega: “Antes no había algunas cosas en las tiendas, aunque tuvieras el dinero. Pero ahora todo es tan caro, están las cosas pero no tienes el dinero. Andas pendiente de dónde hay una oferta, todos corren. Entonces, es la misma cosa, al fin y al cabo fue un engaño”.
En una conversación informal con un alto funcionario de la Oficina de Prensa del Gobierno Federal y periodistas alemanes, les relaté esto. Admitió el funcionario que las cosas no son fáciles, pero a la vez preguntó: “¿Podía hacerse de otro modo?”
No pude responder a la inquietud, puesto que mi amiga tampoco ofreció una alternativa, tan sólo sabía lo que no le gustaba de la nueva Alemania.
Muchos “Wessis” no comprenden estas quejas. “Cuando hablo con gente del Oeste, ellos me dicen “¡Tú quieres el regreso de tu RDA, eh!”, señala Renate (su nombre es realmente otro), una traductora que trabaja para el gobierno. “No, no quiero de regreso mi RDA, pero sí la seguridad laboral de esos tiempos”.
Con casi 50 años en 1990, cuando desapareció el estado comunista, la mamá de Renate perdió su empleo en una de las fábricas estatales cerradas por irrentables. Nunca volvió a hallar un trabajo regular. Dos años más de espera y podrá jubilarse, es su única opción.
El nuevo sistema donde la competencia, la eficacia y el alto rendimiento abren las puertas del éxito, ha desafiado la habilidad de adaptación de los ciudadanos de la ex RDA, acostumbrados a la sobreprotección social del Estado.
¡A TOMAR LA INICIATIVA!
El presidente socialdemócrata de la Cámara de Diputados o Bundestag, Wolfgang Thierse, él mismo un “Ossi”, criticó recientemente a quienes se lamentan.
“Quejarse en los bares no conduce a nada ahora, así como no dio nada en la RDA”, dijo, y llamó a usar la iniciativa para “aprovechar las oportunidades” del capitalismo.
La polémica no parará por ahora. En una columna de opinión para la edición polaca del semanario “Newsweek”, la escritora Ewa Maria Slaska compara los cambios en el Este de Alemania y su natal Polonia, ofreciendo la visión de un observador extranjero inmerso en el mundo alemán (Slaska reside en Berlín):
“Ambos países salieron del segundo mundo al mismo tiempo. Los polacos se vieron en un mundo en el cual nada los protege, pero también nadie les prohíbe nada. Entendieron que la nueva situación los alienta a tomar la iniciativa. Los alemanes de la RDA entraron a formar parte de un rico Estado occidental en el cual, según las promesas de los políticos, recibirían todo, aunque desde el comienzo, estaba claro que nadie las cumpliría. El año 1989 fue para Polonia una invitación a tomar la iniciativa, y en la RDA, a la pasividad”.
Para unos, es ésta una injusta apreciación subjetiva. Para otros, unas palabras que reflejan una incómoda verdad.
AVANCE INCUESTIONABLE
A pesar de los lamentos, es imposible negar el increíble avance económico, social, político y cultural del Este y de sus habitantes.
Cientos de miles de millones de dólares en subsidios y pagos diversos de la RFA han producido un boom de inversiones y construcciones nuevas que han cambiado el panorama urbano de Berlín Oriental y las ciudades del Este.
Nuevas autopistas y carreteras, mejores sistemas de transporte urbano, nuevos modelos de trenes supermodernos cubren hoy el territorio de lo que fue la RDA. Y en la ciudad, los Trabant, emblemáticos carritos de producción socialista, se ven ya muy poco. Microbuses Robur (que aún circulan en Managua) no se ven en absoluto, ni los camiones IFA. Al menos en Berlín.
Las grandes compañías alemanas como Siemens, Audi, Volkswagen, Allianz y otras han abierto fábricas o hacen negocios en los nuevos Estados. Las extranjeras también han hecho inversiones, como Micro Devias, el fabricante de chips rival de Intel. Todas aprovechan la abundante mano de obra muy calificada disponible.
En lo político, los orientales tienen los mismos derechos que los occidentales previstos en la Constitución; viajan frecuentemente a cualquier parte del mundo sin las restricciones de la era comunista, cuando la tenencia de pasaportes era restringida.
Muchos políticos nacidos en el Este ocupan hoy altos cargos en los principales partidos políticos. Dos ejemplos: la diputada Angela Merkel es la presidenta de la Unión Cristiano Demócrata (CDU), la principal fuerza de oposición; el diputado Wolfgang Thierse, del gobernante Partido Socialdemócrata (SPD), preside el Bundestag o cámara baja parlamentaria.
El partido que ha capitalizado el descontento de los orientales es el heredero del otrora Partido Socialista de la Unificación Alemana (PSUA), comunista, el Partido del Socialismo Democrático (PDS). Con más del 20 por ciento de los votos ciudadanos, formó una coalición de gobierno local con el SPD en Berlín, un hecho que desató una polémica pública.
El carismático líder del PDS, Gregor Gysi, a quien en gran medida se le atribuye la modernización del partido y su transformación en una fuerza importante, es senador y ministro de Economía en el gobierno de la capital.
LA PRENSA solicitó varias veces una entrevista con Gysi, pero su vocero, Christoph Lang, nos hizo saber que el senador, debido a una apretada agenda, no tenía posibilidades de hacerlo.
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