El cocinero, mejor conocido como “La Ñoca”, distribuye la comida entre unas 60 personas que integraron la expedición

Investigadores abren trocha en la Indio Maíz

Gabriela Roa Romero [email protected] SEGUNDA ENTREGA Mejor que las aventuras de Indiana Jones para encontrar el arca perdida en medio de la selva, fue la experiencia de un grupo de investigadores que recorrieron en un mes la Reserva Biológica Indio Maíz en busca del paraíso perdido en la colita de Nicaragua. Un total de 60 […]

Gabriela Roa Romero [email protected]

SEGUNDA ENTREGA

Mejor que las aventuras de Indiana Jones para encontrar el arca perdida en medio de la selva, fue la experiencia de un grupo de investigadores que recorrieron en un mes la Reserva Biológica Indio Maíz en busca del paraíso perdido en la colita de Nicaragua.

Un total de 60 personas, entre ellos 23 investigadores, 17 cargadores, 16 militares y 4 guías entraron a la reserva un cuatro de mayo por el Río Bartola.

Días antes, los investigadores debieron navegar más de 15 horas desde el puerto de Granada para llegar hasta San Carlos y luego tomar un bote por el Río San Juan y descansar una noche en El Castillo.

Una vez dentro de la reserva, los expedicionarios comenzaron a caminar desde la zona conocida como La Boca de Bartola hasta Dos Bocas de Bartola, donde descansaron una noche.

“Atravesamos unas lomas horribles, todo mundo iba con calambres, además que llevábamos demasiada carga a tuto”, relató Fabio Buitrago, director ejecutivo de la Fundación Amigos del Río San Juan (Fundar).

Al día siguiente caminaron unas ocho horas sobre cuestas y ríos hasta llegar al campamento uno, que tuvieron que ubicar un poco antes de lo previsto, porque la cantidad de carga no les permitía aligerar más el paso.

En cada campamento estuvieron un promedio de tres noches, para que los diferentes grupos de investigadores hicieran su trabajo: descubrir las bellezas naturales que guarda la reserva.

En el campamento uno tuvieron que mandar cargadores de vuelta a Dos Bocas de Bartola con carga, porque llevaban demasiado peso, “recuerdo que un investigador llevaba una valija y eso era incómodo”, dijo.

Así que solicitaron al personal que se dejaran únicamente lo indispensable, su equipo de trabajo y tres mudadas máximo, el resto se les devolvió.

Para construir cada campamento una escuadra de exploración de unas ocho personas caminaba adelante de la expedición rompiendo camino con ayuda de mapas, GPS y brújulas.

Estas personas se encargaban de armar siempre cerca del río dos champas principales, donde se acomodaba la mayor parte de la gente en hamacas, la cocina, la letrina, y después cada militar hacía sus champas individuales.

Un par de horas después de oscurecer, el día terminaba para los expedicionarios, que yacían dormidos en sus hamacas para iniciar otra jornada con la aurora de un nuevo día.

“En el segundo campamento se nos perdieron 35 libras de arroz, de modo que en el tercero casi la pasamos sin comida, a punta de sopa de machaca (un tipo de pescado) y tomando avena simple y café amargo, porque se nos acabo el azúcar”, relató.

José Solórzano, mejor conocido como “La Ñoca”, era el cocinero de la expedición responsable de preparar los alimentos para las 60 personas.

Cuenta “La Ñoca” que esos días que no tuvieron alimentos, todos andaban viendo luces de bengala.

Pero hubo días en que la naturaleza los proveyó de chancho de monte, pavo y pescados de río, que acompañaban con arroz, frijoles, pastas o plátano cuando había.

Camino al tercer campamento, la lluvia comenzó a arreciar y los ríos se desbordaron, “cuando comenzamos a caminar llevábamos el agua al tobillo, y después de dos horas la teníamos al cuello, ahí se mojaron todas las cosas, como la motosierra, papeles y otros artículos”.

Como en este trayecto debían cruzar el Río Caño Blanco, el personal del Ejército se encargó de poner las cuerdas con arneses para sujetar al grupo.

“Hicimos el campamento tres cerca del río, y al cabo de unas horas éste se llevaba las champas, así que tuvimos que desarmarlas y subirlas unos 20 metros. Aquí casi no pudimos trabajar debido a la lluvia”, recuerda Buitrago.

Para el 16 de mayo ya habían llegado al campamento cuatro, donde unos ocho investigadores terminaron su trabajo y salieron de la reserva, entre ellos Buitrago que regresó a su casa pesando 20 libras menos y con los pies agrietados, después de pasar varios días bajo la lluvia.

Pero el 15 de mayo ingresó otro grupo de investigadores por el Río Caño Negro, y se aprovechó para trasladar los alimentos que hasta les causaron indigestión a algunos expedicionarios de los que llevaban varios días sin comer.

El doctor Guillermo Lacayo, que acompañó la expedición, explicó que la mayoría de los participantes de esta aventura sufrieron de hongos en los pies por la humedad de la zona.

Algunos debieron quedarse en hamaca un par de días con los pies secos, al aire libre y con tratamiento contra los hongos para recuperarse y seguir la expedición.

Además, enfrentaron problemas digestivos como acidez, diarrea o parásitos, debido a que no están acostumbrados a las condiciones en que se cocinaba.

Lacayo fue contratado para velar por la salud de los participantes, sibre todo en caso de accidentes con serpientes venenosas que abundan en la zona, y no perdieron la oportunidad de presentarse ante algún expedicionario.

Parece que lograron domar la selva salvaje, al recorrer con éxito un total de 35 kilómetros a pie hasta el campamento cuatro. Al menos esa es la cifra que apunta el mapa, aunque debido a las cuestas se calcula que los investigadores caminaron el doble.

Pero de ahí en adelante, el Río Caño Negro premió a la expedición, y prestó sus aguas para que se pudieran recorrer los 35 kilómetros restantes en bote.

El recorrido continúa en el campamento cinco, siempre con unas 60 personas debido al intercambio de investigadores que se dio a mitad de mes, sin mencionar los que se quedaron para hacer el recorrido completo.

Al llegar al campamento seis, un 22 de mayo, el grupo se redujo casi a la mitad, porque salieron varios investigadores, y como ya no ingresaba más gente se decidió reducir el número de militares y cargadores.

Los que se quedaron hasta el final de la expedición cuentan que en el campamento seis la lluvia se incrementó, y se decidió dividir a los investigadores y mandar a un grupo un poco más al sureste.

Finalmente, la reserva despidió quizás con llanto a sus visitantes el 29 de mayo, los que partieron hacia San Juan del Norte, donde descansaron una noche para iniciar el largo viaje de regreso a casa bajo el encanto de volver algún día.

Cabe señalar que muchos de los investigadores que participaron en la expedición (30 en total) son jóvenes con mucho empeño, cuatro de ellos son mujeres con verdaderas agallas.

Los investigadores que se abrieron trocha en medio de la selva le entregarán a Nicaragua un reporte de las especies que guarda en la colita de su territorio.  

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí